Daba la impresión de que era eterno: cantante e intérprete de todas las décadas a partir de 1960. Italiano de Galípoli, Apulia, región sureña que forma el talón de la ‘bota’ de Italia. Nació el 19 de abril de 1945 como Piero Antonio Franco De Benedictis y, a corta edad, llegó a Argentina con su familia. Todos dábamos por descontado que era argentino. Así lo indicaban su ritmo musical, el uso del voseo y esa pronunciación tan particular de los nacidos y criados en la región rioplatense.

Su cara, los lentes diminutos y redondos, los bucles coronando como una aureola su cabeza, la eterna guitarra y su sonrisa congelada en satisfacción ayudaron a conformar en él una representación gráfica que habría de perpetuarse como un icono de la informalidad, de la protesta social y del inconformismo latinoamericano. Bastaba verlo para reconocerlo: aquella imagen terminó siendo inseparable de sus canciones y de una época en la que la música también servía para expresar lo que muchos no se atrevían a decir.
‘Mi Viejo’, su canción más universal, se convirtió, al poco tiempo de ser lanzada al mercado, en un himno mundial para los padres y abuelos de todos nosotros, mortales del mundo. Piero, que también tuvo nacionalidad colombiana, le cantó a la injusticia y a la desigualdad. Otras de sus canciones quedaron grabadas en el imaginario popular y atravesaron tres generaciones, tales como ‘Si vos te vas’ y ‘Llegando llegaste’, ‘De vez en cuando viene bien dormir’, y ‘Tengo la piel cansada de la tarde’. Fueron canciones que encontraron un sitio en la memoria sentimental de millones de personas y que, con el paso de los años, conservaron intacta esa capacidad de regresar a nosotros.
Hay un verso en “Mi Viejo” que es bellísimo y poético que describe una forma de andar extremadamente lenta, pausada, elegante y sin ninguna prisa. Es pura metáfora visual que retrata ancianos que caminan absortos en sus pensamientos:
“Viejo, mi querido viejo
Ahora ya caminas lerdo
Como perdonando el viento.”
Su vida íntima no fue traspasada por las noticias, tampoco por chismes ni murmuraciones faranduleras. Su público, afinando los ojos y viendo su magra y sencilla figura corpórea, podía adivinar que Piero no necesitaba de mucho para vivir feliz. Nunca mostró apetencia por el dinero, jamás perfiló como suyo un automóvil lujoso, un avión privado, joyas, mujeres bonitas y glamorosas a su lado. También se podría descifrar en Piero que, al momento de ser contratado por un empresario para un concierto, no se extendiera en exigencias ni trabas para aparecer en escena. Su imagen pública, lejos de los excesos y las vanidades que suelen acompañar a la fama, parecía corresponderse con la sencillez de sus canciones y con la manera franca en que se relacionó con su público.
Piero, cantante, intérprete y compositor, es inmortal. Se fue su cuerpo, pero sus canciones estarán en nuestros corazones por siempre. Paz a su memoria y vida eterna para este italiano-argentino, que supo transmitir los anhelos de los latinoamericanos.











