Antes de los cubanos metieran cinco carreras en línea a los mejicanos, pasaron ocho entradas de cálculo defensivo y yerro ofensivo.
Por Ever Mejía
Un batazo desata la carrera de los hombres que están en las bases llenas, al segunda base se le escurre la pelota entre las piernas, dos hombres más llegan al home, un espectador esquiva el bate volador que cayó en las graderías, el jardinero central hace una larga carrera con salto incluido para atrapar una pelota espectacular, un corredor roba la segunda base, un bate golpea la rodilla de un adversario, el público hace la ola en el estadio.
Dicho así, un partido de béisbol tiene una intensidad constante. Pero no es así. Estos hechos, los más destacados, transcurren de forma aislada durante tres o cuatro horas. El resto del tiempo, el partido es de extremo cálculo del lanzador y su equipo defensivo para no errar, y de imposibilidad de los bateadores para golpear con efectividad. El periodista Alberto Salcedo dice que la quintaescencia del deporte es la pifia, en especial en el béisbol, donde “se es una megaestrella con un promedio de bateo de 0,300, es decir, bateando de hit en apenas tres de cada diez turnos”.
Por ejemplo, en el estadio Edgar Renteria, Cuba-México se definió en la quinta entrada, donde los cubanos metieron cinco carreras. En las ocho entradas restantes primó el cálculo defensivo y el yerro ofensivo. Ceros por todos lados. Los asistentes del encuentro (en su gran mayoría) fueron neutrales, veían el partido por puro amor al béisbol, es justo en ese momento cuando un deporte mide sus fuerzas y su capacidad de atracción: atraer gente sin el fanatismo del escudo y la bandera de por medio.
El béisbol es un deporte conversacional para el espectador: un ojo en el partido y otro en los amigos. Entonces da tiempo para hablar de aquel partido memorable, del último gran viaje entre ellos, del sancocho de la próxima semana.
Lo anterior no es en demérito de este deporte espectacular, que es espeso, pero sabroso. Además de permitir la conversación, el béisbol también tiene momentos de grandes tensiones que hacen que la euforia se despierte y que son dignas de levantarse y aplaudir. Hay que estar allí cuando un batazo supera al jardinero central o cuando la pelota escurridiza pasa en medio de la primera y la segunda base o cuando el lanzador y el bateador se juegan la pelota decisiva. O mejor, cuando se aproxima el bateador estrella y las bases están llenas: mi hermano, en esa instancia sí hay que suspender la conversación y poner los ojos en el partido, que lo que viene es bueno.











