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Pomposa estupidez

Jorge Guebely 

Duele ver la tierra arrasada por el fuego, múltiples incendios en suelo colombiano. Señal de la absurda huella de la especie humana sobre el Planeta: se autoproclama la más inteligente, pero actúa como la más ignorante.

Pomposa estupidez. Destruye la tierra, origina las apocalípticas imágenes. Prefiere devastar el Amazona para sembrar coca, contaminar ríos para explotar oro, usar combustible fósil sin importar la ruina planetaria. 

Nada parece salvarnos de la estolidez en los poderosos. Por sus intereses económicos: guerra en Ucrania, genocidio en Gaza, arsenales nucleares, Estados asesinos. Apocalipsis previsto en la ciencia ficción literaria de Cormac McCarthy, en su inquietante novela, “La carretera”, Premio Pulitzer de la literatura norteamericana.

Basta entrar en sus páginas para fundirse en una atmósfera espantosa. Se vive y siente la destrucción del planeta después de una hecatombe nuclear: temperaturas desbordadas, mundo en ruina, personajes envueltos en polvo nuclear, atmósfera venenosa y gris, sin luz solar, ninguna luz atraviesa el catastrófico ambiente.

Casi todos los organismos vivos destruidos, edificaciones devastadas, sobrevivientes en sombras. Sin alimentos para los seres humanos, incendios activándose en todas partes. Las personas aún vivas se atacan entre sí como fieras hambrientas, se desgarran por los últimos puchos de vida. 

Horrendo panorama posnuclear, bien podría ser pos-calentamiento global, producto de la codicia, enfermedad exclusiva del terrorista humano, de su insólita estupidez, del soberbio animal con delirios de grandeza.

En mitad del desastre, McCarthy muestra la resistencia humana. El amor de un padre en desesperación por conservar a su pequeño hijo, por preservarle la vida en medio de la muerte, salvarlo de la catástrofe. Padre recorre con su hijo un incierto trayecto, una carretera sin contenido, sin horizonte.

Inquietante metáfora del nihilismo humano, moral de los poderosos. Todas las guerras son posibles con tal de aumentar el poder económico, de imponer el poder político. Chata moral del estúpido cleptómano: poseer sin límites para enlatarse en lo poseído.

Turbadora novela de ciencia ficción con capacidad de visualizar el futuro, para alertar a la especie de su ignorancia esencial, de su enorme e intrascendente incoherencia.

Pero no existe ningún antídoto contra la codicia de los poderosos, contra su bárbara megalomanía, contra su inhumana patología; excepto, el desastre. Verdaderos mosquitos que, después de perder su condición original, revientan de tanto chupar sangre.  

Perdida la sensatez original, cualquier ser humano se convierte en presa de la infinita estupidez. Lo dijo brillantemente Einstein: “Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro”.

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