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Pólvora, gloria y lona: los rounds de Miguel Ángel ‘El Ñato’ Guzmán

De aguatero y costalero a entrenador de campeones, su vida ha estado ligada al boxeo y al sacrificio.

Por Ricardo Bustamante

Es un luchador de la vida. Desde que despunta el alba, cuando el sol apenas es una línea tímida sobre el horizonte de Barranquilla y las calles guardan el frescor de la madrugada, su mente ya está de pie, lista para el combate diario. Porque para él, la existencia nunca ha sido un paseo plano, sino un cuadrilátero empedrado de vientos en contra. Nada de lo que se propuso fue fácil; cada logro tuvo el precio de una gota de sudor o de lágrimas invisibles. Por eso, quizás por una complicidad inevitable del destino, este hombre eligió como trinchera vital el más rudo, sacrificado y honesto de los deportes: el boxeo.

Su nombre es Miguel Ángel Guzmán Ortega, pero en el argot del Caribe, en las esquinas donde se respira pólvora y gloria, todos lo conocen, lo respetan y lo buscan bajo un solo sobrenombre: ‘El Ñato’.

El primer asalto: frente a frente

Durante un poco más de una hora lo tuve a mi lado. Es un hombre de mediana estatura, con la piel curtida y trigueña de quien ha caminado bajo el sol de Curramba. El origen de su apodo salta a la vista tan pronto se le contempla el rostro: su nariz es amplia, achatada, un sello de fábrica. Es como si la vida misma, en un asalto de advertencia, lo hubiera bautizado a golpes de realidad antes de subirlo al ring.

‘El Ñato’ llama a las cosas por su nombre, sin aderezos, anestesias ni alardes. Pone las palabras crudas y de frente sobre la mesa, con la seguridad descarnada de quien da por sentado que su interlocutor conoce, al derecho y al revés, tanto los misterios del pugilismo como las cicatrices de su propia trayectoria.

Confieso, con la guardia baja, que en mi caso no era así. De él nada conocía; y del boxeo, apenas lo que un ciudadano de a pie asimila a través de los titulares de la prensa o las pantallas de televisión.

Paradójicamente, ese vacío se convirtió en mi propio reto. Conocer las entrañas de un entrenador de boxeo y descifrar el alfabeto de las narices chatas me encendió la curiosidad de investigador y, por contera, me empujó a escribir estas líneas. Por momentos, ante mi evidente analfabetismo boxístico, me sentí apenado frente al maestro. Pero disimulé. Recurrí a la vieja astucia a la que acude todo púgil cuando recibe un viaje violento en la zona blanda: me amarré al contrincante, busqué el clinch, me alejé intentando tomar aire y esperé que el impacto del desconocimiento se disipara de mi cuerpo.

Con ‘El Ñato’ Guzmán no hay espacio para el aburrimiento: se aprende a golpes de anécdotas, y su animosidad, un fuego que no se apaga, contagia de inmediato.

Inicios en el barrio de las pasiones

Hoy por hoy, ‘El Ñato’ es el excelso entrenador de boxeo de la Selección Atlántico, pero para entender el roble hay que mirar la semilla. Nació bajo el frío aséptico del Hospital de Barranquilla el 6 de diciembre de 1964. Creció y se hizo hombre correteando las calles del populoso barrio Las Nieves, donde el carácter se forja en la esquina.

Su mente se pulió entre las aulas de dos planteles educativos: el Bienestar Social de la Policía y el Carlos M. Palacio de la Universidad Libre, alternando los cuadernos con los sueños de grandeza.

Primero fue el balón, luego la lona

Antes de los guantes, en el pecho del niño Miguel Ángel habitó el fútbol. De hecho, después del boxeo, el balompié es la otra actividad de la tierra que ama con locura. Es un seguidor acérrimo, de los que sufren y cantan, del Junior de Barranquilla.

Sin embargo, los hilos invisibles del destino ya tenían trazada otra ruta para él, una que olía a resina y linimento.

Fue el recordado Eliécer Escorcia quien lo descubrió y lo llevó de la mano hacia el universo del pugilismo. A Eliécer los triunfos en el ring y la gloria deportiva le fueron esquivos en su época de competidor, pero el destino le tenía reservada una esquina superior: la de ser un adiestrador de raza. Dueño de una disciplina férrea y un rigor inquebrantable, Escorcia compensaba cualquier revés del pasado con un conocimiento profundo del oficio y una mística espartana que sabía inocular en sus pupilos.

Él vio en el joven Miguel Ángel la arcilla dispuesta para el combate.

Miguel Ángel tenía condiciones, coraje, pero el boxeo es un deporte de milésimas de segundo y verdades amargas. En una de sus peleas amateurs, un boxeador del club del profesor Pedro Marchena, un muchacho de apellido Luna, metió de forma ilegal un pulgar en su ojo. El daño fue irreversible. Aquel golpe sucio lo incapacitó definitivamente para continuar combatiendo en el tinglado, pero, paradójicamente, le abrió las puertas de la inmortalidad abajo del ring.

El bautismo: aguatero, costalero y cutman

El destino de ‘El Ñato’ Guzmán estaba sellado para el llamado “deporte de las narices chatas”. Si no podía usar los guantes, usaría la cabeza y el corazón.

Arturo Meza, entonces presidente de Procobox, leyó el hambre de triunfo en sus ojos y le dio la primera oportunidad: ser el aguatero de sus boxeadores. Aquello no era un trabajo menor; era el hombre que refrescaba el infierno de los peleadores entre un asalto y otro.

Con el tiempo, su disciplina lo llevó a encargarse de una tarea fundamental para la anatomía del triunfo: subir y bajar los sacos o costales, esos pesados cilindros de lona que les sirven a los atletas para desarrollar la potencia de pegada, pulir la técnica de golpeo y ensanchar la resistencia cardiovascular.

El aprendizaje no se detuvo. Guzmán Ortega recuerda con reverencia al profesor panameño Lázaro Fruto, el maestro que le enseñó el arte sagrado de vendar.

“El propósito de una buena venda”, explica hoy ‘El Ñato’ con precisión quirúrgica, “no es estético. Es proteger los nudillos, estabilizar las muñecas y evitar lesiones devastadoras en cada impacto”.

De ahí, el salto natural fue convertirse en cutman, ese término anglo que define al hombre milagroso de la esquina: el asistente técnico encargado de detener las hemorragias, tratar las heridas abiertas, bajar las hinchazones con la plancha de hierro y aplicar la vaselina justa sobre el rostro para que los golpes del rival resbalen.

Para perfeccionar esa ciencia del dolor y el aliento, ‘El Ñato’ no dudó en armar maletas y pulir sus conocimientos en las exigentes escuelas de México y Panamá.

La fragua del sacrificio

Pero el prestigio actual no cayó del cielo. Sus inicios en aquella triple trinidad de oficios —aguatero, costalero y encargado de vendas— estuvieron cubiertos por el manto del sacrificio absoluto.

En esa época, ‘El Ñato’ vivía en la Ciudadela 20 de Julio. La distancia desde su casa hasta el Coliseo Cubierto era un abismo imposible para sus bolsillos vacíos; en incontables ocasiones, al no contar con las monedas mínimas para el pasaje del bus, recorrió esa enorme distancia a pie, gastando la suela de los zapatos bajo el calor asfixiante de la ciudad.

Para cuadrar las cuentas del hambre y sostener el hogar, ‘El Ñato’ tuvo que alternar el gimnasio con el volante: fue taxista de la Estación Radio Reloj. Manejar en el caos urbano era la única vía para llevar el sustento diario a su mesa.

Hoy, Miguel Ángel recuerda aquellos días con una mezcla de nostalgia y orgullo; sabe que había una fuerza impulsora interna, un motor invisible pero indomable, que lo empujaba a avanzar y le prohibía terminantemente desfallecer.

El olor a gloria: recuerdos y triunfos

La memoria de Guzmán Ortega es un álbum de páginas doradas. Evoca con especial afecto su entrañable amistad con el púgil sucreño Rodolfo Blanco, una de las leyendas nacionales.

Blanco se coronaría, andando el tiempo, como el décimo cuarto campeón mundial de boxeo que tuvo Colombia, una hazaña conquistada en junio de 1992 en Bilbao, España.

‘El Ñato’ estuvo allí, en la génesis de ese mito. Recuerda con nitidez el 21 de marzo de 1985, cuando acompañó a Blanco como asistente en su encarnizada pelea contra José Iriarte. También estuvo en su esquina, dándole aire y curando sus heridas, en el legendario combate frente a Betulio González, celebrado el 28 de noviembre de 1988 en Maracaibo, Venezuela.

Con la voz cargada de emoción, Guzmán asegura que la mayor satisfacción que le ha dejado el boxeo no son las medallas, sino la gente valiosa que se cruza en el camino.

Fue justamente en las vísperas de esa pelea entre Blanco y Betulio González donde conoció al promotor Alberto Agámez Berrío. La química fue tan inmediata y los lazos de amistad tan entrañables que terminaron convirtiéndose en familia: la esposa de Agámez es, hasta el sol de hoy, la madrina de bautismo de Miguel Ángel, el hijo mayor del ‘Ñato’.

De las grandes escuderías a Probox

El recorrido del estratega continuó en las grandes ligas del boxeo rentado. Tras sus directrices iniciales en Procobox junto a Arturo Meza, pasó a las filas de Cuadrilátero, la mítica cuerda de Billy Chams Salum.

Bajo ese sello, Chams conquistó su primer título mundial gracias a las manos de Fidel Bassa, un humilde empleado de la bodega de los almacenes de Billy, quien el 13 de febrero de 1987 paralizó a Barranquilla al derrotar al campeón del peso mosca de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB), el panameño Hilario Zapata.

‘El Ñato’ estuvo allí, respirando el humo y la gloria de esa noche inolvidable.

Sin embargo, los ojos del entrenador brillan con una intensidad distinta cuando habla de Juan Carlos Devia Camacho y de la empresa Probox. Es allí donde cosechó sus mayores y más grandes logros como estratega principal en la esquina.

Bajo su tutela y el ala de Probox, se forjaron guerreros de la talla de la campeona mundial Enis Pacheco y el estilista Likar Ramos, nombres que inscribieron sus letras de oro en el deporte colombiano gracias a la pizarra táctica de Guzmán.

El presente: la Selección Atlántico

El presente encuentra a Miguel Ángel Guzmán Ortega en el lugar que se ganó a pulso: liderando como entrenador principal a la Selección Atlántico de Boxeo.

De sus manos y sus gritos de aliento desde la lona ya han salido seis campeones, y su ambición sigue intacta; espera seguir conquistando coronas mundiales y regionales a base de lo único que conoce: trabajo sordo, lucha diaria y sacrificios sin quejas.

‘El Ñato’ hace un alto para hacer justicia histórica y enfatiza que fue Julio Torres, durante su gestión como presidente de la Liga de Boxeo del Atlántico, el hombre que creyó ciegamente en su ojo clínico, permitiéndole escoger sin presiones a los peleadores que hoy conforman el exitoso combinado departamental.

El rincón de la calma: dulce hogar

Al final de la jornada, cuando el eco de los golpes contra los costales se apaga y las luces del gimnasio se extinguen, el guerrero regresa a su puerto seguro.

Desde hace 39 años, ‘El Ñato’ vive felizmente casado con el amor de su vida, Mercedes Lora Sierra. Ella ha sido su vendaje en los momentos de dolor y su aplauso en la victoria.

Junto a ella edificó su mayor tesoro, tres nombres que menciona con el pecho inflado de orgullo y felicidad: sus hijos Miguel Ángel, Jeison Jaír y Andrea Estefanía.

Es Miguel Ángel ‘El Ñato’ Guzmán. El hombre que demostró que se puede perder un ojo, pero jamás la visión de la gloria; el taxista que caminaba por falta de monedas y que hoy viaja por el mundo colgando medallas en el pecho de sus muchachos.

Un auténtico e imprescindible luchador de la vida.

Sobre el autor

Autor periodístico y literario nacido en Barranquilla. Bachiller del Colegio San José S.J., abogado con especialización en Derecho Laboral y Penal. Ejerció como catedrático Universitario y Operador Judicial. Desde 2020 disfruta su pensión.
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