Por Jorge Guebely
Horrorosos tiempos donde lo peor es lo mejor; lo mediocre, lo excelente; la podredumbre, el buen ejemplo. Donde la música se rebaja a sonsonete; el sonido, a ruido; y el arte, a mercancía.
De tanto comercio, perdemos la sensibilidad. Descendemos a la sensiblería, al sentimentalismo. Otra enfermedad del alma. Expulsados del paraíso original, nos ahogamos en lo anodino. Nos hundimos en la brillante babaza.
Me salva momentáneamente un golpe de azar, un inesperado poemario, “Amores pasajeros”, escrito por Rubén Darío Rodríguez, conductor de taxi. A pesar del inmenso ruido, conserva la sensibilidad, la virtud de percibir y expresar lo bello en un mundo cosificado. “… ser sensible es tener una percepción interna de la belleza, tener el sentido de la belleza.”, afirmaba Krishnamurti.
Basta su doloroso lenguaje para sentir la esquiva belleza. Duelen sus versos cuando teje el abandono del ser amado:
“Jamás dolió tanto una calle / hasta ayer / cuando se iba con tus pasos”.
Punza profundamente la ausencia del abandono: “Siento el vacío / de un hondo abismo…”.
Y se vive la muerte humana provocada por la soledad del amor.
“Mi alma se abrazó a tu cuerpo / y en este ser no se contempla nada / nada más que un armazón de huesos.”.
Aún en los poemas moderados por la razón, no se sacrifica la belleza. La madre en el recuerdo se describe con insólitas imágenes redimidas por la lozanía del lenguaje y la irrupción de lo bello:
“Mi madre se perdió en el camino / con sus ojos nocturnos, / la escucho recogiendo / los desórdenes del cosmos / acomodando aquí y allá / las lejanas estrellas.”.
Contrasta bellamente la lejana armonía del niño con el ruidoso adulto de hoy:
“Ahora, el bullicio citadino, / asediado por el ruido de las motos, / del vehículo que rechina en el asfalto, / por los pitos que taladran el oído, / tan lejano al relincho de un potro, …”
Ni siquiera la fealdad del ruido marchita la belleza del lenguaje. Contrasta y respira. Se emparenta con Lord Byron cuando dice:
“Para mí, las altas montañas guardan su sensibilidad; por el contrario, el barullo de las ciudades humanas no me sirve más que de tortura”
Deplorable cosificación. Tiempos en donde el ruido se confunde con la palabra de algún dios. De tanto perreo musical, el concierto de Brandemburgo de Juan Sebastián Bach resulta insoportable. Se degrada la sensibilidad, pero persiste la belleza. Lo confirma el poemario, “Amores pasajeros”, escrito por un conductor llamado Rubén Darío Rodríguez.











