La obra, que será inaugurada en diciembre, tiene 26 mil metros cuadrados, fuente luminosa longitudinal con cambio de luces, un cubo de cristal de 6 metros de altura y 300 metros de área con mirador-restaurante en la azotea que conecta con la Casa Catinki.
Por Rafael Sarmiento Coley
“Para mí, desde cuando estaba pelao, siempre fue un sueño caminar en Barranquilla por una plaza grande, sin el peligro de ser atropellado por aquellos coches de antes, por los carros de esa época y hasta por los burros en los que vendían verduras y vísceras de vacas y cerdos…bueno, ahora después de viejo aquel sueño se ha cumplido, Dios mediante, en diciembre es una realidad”.
Eduardo Verano De la Rosa, quien el 31 de diciembre culmina su segundo mandato como Gobernador del Atlántico, reconoce que en estos cuatro años “me ha rendido más el trabajo, no tanto porque hemos destinado mayor tiempo y una inmensa energía, como por el formidable equipo humano con el que contamos desde el arranque; por la resiliencia que encontramos en unos alcaldes, quienes a pesar de las adversidades, de la escasez de recursos y algo de abandono por parte del Estado central, entendieron que, trabajando unidos, el esfuerzo daría mejores resultados. Y así fue”.
Llegaron los árboles

Tan pronto llegaron los primeros árboles, de inmediato los operarios e ingenieros agrónomos se pusieron manos a la obra. La dinámica es culminar antes de diciembre la siembra de los 258 árboles.
Lo nuevo e interesante es que este fin de semana llegaron los últimos 10 mil árboles, de un total de 258 mil que tendrá este nuevo destino turístico barranquillero, con 236 metros cuadrados desde la Catedral Metropolitana María Reina hasta el Banco de la República, entre carreras 45 y 46. Serán 230 metros de largo por 86 de ancho

La Plaza tendrá amplias zonas peatonales llenas de sombra a toda hora, lo que se convierte en una bendición para propios y extraños en épocas de intenso calor.
No son árboles frutales. Son para dar sombra y mejorar las condiciones climáticas en un vasto sector de la ciudad. “En un comienzo pensábamos sembrar mangos, papayos, limones, ciruelos, marañones, en fin, nuestras frutas tropicales”.
Habría sido algo fantástico. Por fortuna para el Distrito, en una gira que realizaron el Gobernador Verano y dos de sus amigos arquitectos y expertos en urbanismo, recorrieron una veintena de ciudades y en ninguna había un árbol frutal en una calle, en un parque, es decir, en la vía pública.
Uno de los expertos en urbanismo, que ya se había ‘caleteado’ cómo era el asunto, le contó la historia de una multimillonaria multa que tuvo que pagar el gobierno de uno de esos países del primer mundo, porque quiso hacer un parque con árboles frutales exóticos, especialmente del tercer mundo, “que son unos frutos dulces”. Con tan mala suerte que la fruta madura nadie las cogía del árbol. Caían al piso. Hasta cuando una señora de cierta edad pisó un mango madurito y rodó como 20 kilómetros por encima de otras frutas podridas. Con el lamentable resultado de quedar con tibia, peroné y cuatro costillas rotas, lo que, sumado a su avanzada edad, a los pocos días murió. La solución fue agotar todas las motosierras de las ferreterías de Europas (y tal vez hasta los ‘paracos’ colombianos aprovecharían la oportunidad para vender el stop que tenían en uso y ya estaban bastante gastadas). Y a derribar cuanto árbol frutal había en parques y vía pública.

«Fue duro al principio convencer a mucha gente para sacar adelante el proyecto. Al final del día, todo se dio», recuerda Eduardo Verano De la Rosa.
Por eso en la emblemática Plaza de la Paz de Barranquilla los arboles que sobresaldrán son los muy ‘ñeros’ robles y matarratones, el alistonia (que tiene la virtud de no perder sus hojas en ninguna época del año por lo cual es muy apreciado por su frondosidad perenne), el San Joaquín, uvita playera.
La fuente longitudinal

No es fácil imaginar el sacrificio de lograr y sostener un vivero que produzca hasta 500 árboles por mes para el mercado nacional e internacional, como el que está en el centro del Atlántico. De allí vinieron los de la Plaza de la Paz. Claro que el sacrificio bien vale la pena. Los dueños están forrados de plata.
Una de las bellezas de la Plaza de La Paz será el Cubo de Cristal, de varios niveles y una azotea desde donde se podrá apreciar todo el entorno y saborear lo mejor de la culinaria costeña. El Cubo de Cristal conectará con la recuperada Casa Catiski que será un museo moderno, y con escenarios para artesanías y ferias.
Sin duda, lo que tiene descrestado a Eduardo Verano es la Fuente Longitudinal, con cambio de luces sincronizados, con movimiento de agua y sonidos, y en medio de todas esas atracciones pequeñas piscinas para que los niños puedan disfrutarlas a su antojo. Tendrá un teatrino y una media torta para presentaciones artísticas y culturales.
Habrá una zona especial, un punto multidimensional del sabor de la culinaria local e internacional. El proyecto total requirió de una inversión de $34 mil millones, y será, a no dudarlo, el cierre con broche de oro del cuatrienio de Eduardo Verano De la Rosa, que ha dejado una huella en cada uno de los 22 municipios atlanticenses: parques, escuelas, nodos del Sena, formidables vías de comunicación y, lo más importante, la recuperación de la confianza de la comunidad en sus gobernantes.












