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Negocio electoral

Por Jorge Guebely

El exceso de degradación material y humana de los colombianos constituye el territorio propicio para prostituir y ganar elecciones. Huaca electoral de la derecha nacional. De liberales y conservadores adictos a la corrupción, a comprarlo todo, a chantajear a todos. Adictos al uso y abuso ofensivos de la miseria física y mental de los colombianos.

La tienen fácil. Fácil ganar el voto de un indigente, basta un mendrugo. Fácil ganar el voto de un hambriento, basta un pan. Fácil ganar el voto de un pobre, basta un tamal. Fácil ganar el voto de un desempleado, basta un empleo chatarra. Fácil ganar el voto de un excluido, basta una promesa. Fácil ganar el voto de un desesperanzado, basta un sueño. Úlceras del estómago que degradan la moral del más fiero, pero garantizan el éxito de los más inmorales del poder político.

Existen también úlceras de la mente que suelen ser peores que las del estómago. Segregan el arribismo, deplorable cáncer psicológico, enfermedad incurable. Por arribismo se entregan votos al mejor postor. Sin escrúpulos, el arribista adhiere al más brillante promesero. Sin sensibilidad, el arribista pisotea al más débil con tal de relumbrar ante el más fuerte. Su necesidad patológica de triunfar prostituye su deteriorada dignidad humana.

Un país, poblado por enormes ejércitos de indigentes y miserables, de pobres y desempleados, de arribistas e inescrupulosos, de excluidos que perdieron el derecho y el instinto a la dignidad humana, al respeto por su ser, se convierte en territorio de elecciones podridas. Elecciones donde se pavonean las mentiras y las ilusiones. Elecciones de plutócratas, de poderosos económicamente, no de demócratas.

Plutócratas nacionales que han gobernado desde siempre, desde los primeros días de la conquista hasta hoy. A veces, en nombre de un dios violento; otras, en nombre de un pueblo esclavizado mental y materialmente. Plutócratas que ponen muy bajos precios a la dignidad humana nacional: casi todos por un mendrugo, un tamal, cincuenta mil pesos, un empleo chatarra… Conocen perversamente la desvalorizada consciencia de los excluidos colombianos. Conocen también sus altos niveles de ignorancia política y humana.

Sólo la educación podría salvarnos de este infierno electoral. Educación liberadora de las mentiras oficiales, de los engaños plutocráticos. Educación capaz de develarnos que: “La dignidad no tiene precio. Cuando alguien comienza a dar pequeñas concesiones, al final, la vida pierde su sentido” como lo pensaba José Saramago. Educación para la vida en un país donde la vida vale menos que un tamal y la muerte es un negocio electoral.

jguebelyo@gmail.com

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