“¡Mama, qué, ¿moto?!”, grita uno de los hombres desde la acera de enfrente, mientras acelera dos veces en neutro, como si en vez de moto tuviera en sus manos un gallo fino.
Por Katia Rebollo.
Alrededor del hombre hay otros motociclistas con las mismas características. Jeans muy desgastados, camiseta larga, chaleco, casco, penetrante olor a mofle, a sudor, a sol, a pavimento, a polvo, a sal.
Se agrupan, se abren, agitan los brazos ante todo lo que se mueva a su alrededor, gritan de lejos o a centímetros: “¡Doña! ¿Necesita una moto?” “¿Para dónde va, compañero?” “En dos mil lo llevo, está barato”. Es un coro automatizado, una danza de movimientos rutinarios. Pero, como si ya tuvieran un chip incrustado en el cerebro, sus posturas cambian, el movimiento de sus pies se hace distinto, se convierten en gallos que cortejan y son capaces de abrir calle de honor en lo que consideran su corral al ver que una chica linda se aproxima. Hasta el casco deja de ser lo que es para convertirse en una especie de cresta sobre sus cabezas. Como si de una pelea de espuelas y cantos con pecho henchido se tratara, quien diga más piropos se lleva la carrera, a ver qué otra cosita puede llevarse.
Toda la escena parece una obra de teatro, pero describir lo que sea bello o mejor para ellos no es precisamente la idea de esta crónica. Con sueños truncados y escasez de empleo, buscan sobrevivir como servidores en un medio de transporte que se ha convertido en un verdadero drama social sin mayor regulación ni control público. Viven al límite de la clandestinidad.
En el año 2011, en Barranquilla, el entonces alcalde Alejandro Char firmó el Decreto 001 que prohíbe circular con parrillero hombre en diferentes partes de la ciudad. La medida, que fue tomada para bajar los índices de criminalidad que azotaba al “mejor vividero del mundo”, produjo toda suerte de reacciones que evidenciaron las grandes diferencias sociales y económicas que hay entre las Localidades de Barranquilla.
Diez años después, el mototaxismo sigue siendo un medio de transporte informal, salvaguardado por la misma gente de los barrios populares, donde es considerado como un medio que salva o saca de apuros al que lo usa y al que lo brinda. Esa necesidad social ha normalizado un problema mucho más grande que se oculta bajo la prioritaria movilidad. Con mayoría de hombres ejerciendo el mototaxismo, nos adentramos a un tema que no nos deja a las mujeres caminar las calles con la tranquilidad que merecemos.
Acoso callejero
El acoso callejero es un tipo de violencia sexual que limita los tiempos y la manera como las mujeres habitan los espacios públicos. El acoso vulnera, humilla e invisibiliza. No es fácil determinar el límite en el que las palabras dejan de ser respetuosas y se convierten en abusivas, sobre todo cuando las dice alguien que se muestra como el servidor de un medio de transporte. Y lo más difícil es la falta de evidencia probatoria que hace verídico un testimonio. Los mototaxistas que irrespetan a las mujeres se agarran de ofrecer un servicio para atacar con palabras disfrazadas de supuesto cortejo.
Es tan rutinaria y generalizada esta realidad, que las mujeres parece que no tuviéramos otra opción sino la de aceptar el irrespeto y el acoso como piropos mal formados, normalizados y aceptados en la cotidianidad.
Esto no solo existe ni proviene de manera exclusiva del mototaxismo, también se da en las obras de construcción, en las oficinas más encopetadas o en cualquier lugar donde haya hombres sin niveles de consciencia social. Solo que subirse a la moto de un acosador es llegar a un nivel de indefensión crítico, al que muchas mujeres tienen que verse expuestas en Barranquilla, debido, a que el mototaxismo es un mal necesario como medio de transporte que soluciona los graves problemas de movilidad que hay en varias zonas de la ciudad.
La ley 1257 de 2008, por la cual se dictan normas de sensibilización, prevención y sanción de formas de violencia y discriminación contra las mujeres, presenta en el Artículo 29 el acoso sexual como delito, siempre y cuando sea probado, mientras que el acoso callejero no está tipificado como delito, y por ende suele pasarse por alto y restar importancia si no hay pruebas.

Para la muestra, un botón
Víctima del acoso callejero en el mototaxismo clandestino, Yelizza Tapia a quien en el mundo del arte conocemos como Yelo, actriz y madre de un hermoso niño, nos comparte su experiencia.
El estallido resuena, retumba en los oídos de Yelizza, su respiración es cada vez más densa, vibra por todo su cuerpo una y otra vez. Está completamente paralizada, los nervios le impiden pensar con claridad, la herida no para de sangrar.
“Si hubiera salido con tiempo, nada hubiera pasado…”, recuerda Yelizza, madre y actriz, como si ser acosada fuera su culpa. Ese día iba tarde, había llovido y jugaba la Selección Colombia (lo que genera caos en algunas partes de Barranquilla y deja calles solas en otras), por lo que decide pedirle el servicio a una moto que iba pasando.
Identificó que era mototaxi porque siempre llevan un casco adicional colgado de uno de sus brazos. El tipo se detuvo, aceptó llevarla, pero, cuando ya iban llegando al lugar donde ella le indicó, aceleró y se fue de largo. Frenó mucho más lejos, en una zona donde las casas no encienden sus luces de terraza y los árboles tapan la claridad de los faros. Temió lo peor, así que se aprestó a bajarse rápido y pagar. Cuando Yelizza extendió la mano para darle el dinero del servicio, el tipo la agarró con brusquedad y con la otra mano sacó una navaja de las que usan en las peluquerías. En ese instante es cuando se percata horrorizada de que el sujeto venía con el pene afuera y ahora pretendía que ella se lo agarrara.
Yelizza trató de soltarse, pero él la agarró más fuerte. Ella tenía un brazo libre, “pero te aseguro que ni me acordaba, solo quería alejarme y no ser obligada a tocar esa cosa. También tenía mucho miedo de que me cortara”. En un momento sintió que todas sus fuerzas se desvanecían, pero hizo un último esfuerzo descomunal que le permitió zafarse y correr.
Por falta de pruebas y de testigos, el caso fue archivado. Yelizza quedó con un trauma, no quería salir a la calle, veía una moto y se le alteraban los nervios.

¿Como mujeres, qué debemos hacer en una situación así?
Es mentira decir “yo pude hacer esto, pude hacer esto otro”. En situaciones como la que narra Yelizza solo se activa el modo supervivencia. Por mucho que creas que lo puedes agredir, el hombre puede ocasionarte un daño físico. Se trata de defenderse como sea, a golpes, luchando, gritando para que nos escuchen, pero peleando. Debemos pelear.
También es mentira que el hombre está para protegernos. Es lo que casi siempre pensamos porque es lo que nos han querido enseñar. Pero historias como esta impulsan a las mujeres a aprender a defenderse y no confiar. No hay sexo fuerte. Tampoco débil.
Yelizza necesitaba llegar rápido, estaba corta de tiempo. ¿Y por eso un hombre decidió vulnerarla y violentarla? El acoso callejero es una realidad, y no, no les damos permiso para aprovecharse, ni para preguntarnos sobre nuestra sexualidad, ni para hacer amistad o para determinar qué tan bonitas estamos.
No necesitamos que nos hagan sentir incomodas y pequeñas, ni que utilicen sus cascos como crestas y sus cuerpos como animales de corral que corretean como tiranos de gallinero. Somos mujeres y exigimos respeto.


Esta crónica es resultado del Laboratorio de Crónica cultural La Barranquilla que suena. Proyecto ganador del Portafolio de Estímulos Germán Vargas Cantillo 2020, de la Secretaría de Cultura de Barranquilla.
Este Laboratorio fue organizado por la Fundación La Cháchara, con la participación orientadora de los reconocidos periodistas Rafael Sarmiento Coley (El Búho), Rainiero Patiño, Carlos Polo, Andrés Ibáñez (Satírico), y el fotógrafo Haroldo Varela, creador de la imagen del proyecto. El proyecto fue liderado por el periodista y docente Jorge Sarmiento Figueroa. Producción, Nátaly Acosta. Gerencia, Nira Figueroa Turcios.
Cuenta con el respaldo de

Y la alianza con los medios alternativos y comunitarios de Barranquilla, especialmente












