Por: Francisco Figueroa Turcios
El 10 de octubre de 1990, el destino irrumpió a balazos en la vida de Miller Soto Solano.
Tenía apenas 15 años y compartía con sus compañeros de clases en las instalaciones del Instituto Cristo Rey, en las afueras de Fonseca, La Guajira, sobre la vía que conduce a Barrancas. Era una mañana como tantas otras, hasta que el estruendo de las armas convirtió los patios del colegio en el escenario de una tragedia.
Eran las 11:15 de la mañana. Ocho hombres armados llegaron al plantel educativo. No buscaban a cualquiera. Tenían un objetivo preciso: Miller Soto. En cuestión de minutos, la tranquilidad escolar se hizo añicos. Los hombres irrumpieron en los patios, localizaron al adolescente y se lo llevaron hacia la zona montañosa aledaña al municipio. Cerca de él estaban sus hermanos menores, William y José Francisco. Los secuestradores no se metieron con ellos.
Miller Soto fue arrancado de su entorno, de sus compañeros, de sus sueños adolescentes y de aquella vida que apenas comenzaba a descubrir. Nadie podía imaginar que, en medio de la persecución que se desataría después, recibiría dos disparos que marcarían para siempre su existencia.
Las directivas del Instituto Cristo Rey alertaron inmediatamente al Departamento Administrativo de Seguridad (DAS). Varias patrullas salieron tras los secuestradores. La persecución condujo hasta el sector de Los Pondores, en jurisdicción de Conejo, corregimiento de Fonseca.
Allí se produjo el primer enfrentamiento armado. En medio del cruce de disparos, Miller recibió dos impactos de bala. Uno le atravesó la región abdominal y le lesionó el hígado. El otro alcanzó su columna vertebral y cambió para siempre su relación con el mundo: no volvería a caminar.
La silla de ruedas, compañera inseparable…

A los 15 años, cuando la vida apenas comenzaba a desplegar ante sus ojos el horizonte de las ilusiones, Miller tuvo que aprender a convivir con una realidad que jamás había imaginado. La silla de ruedas se convirtió en compañera inseparable de una existencia que había quedado partida en dos: antes y después de aquella mañana de octubre.
Pero la historia de Miller Soto no terminó en Los Pondores. Tampoco quedó sepultada entre las detonaciones de aquella persecución. Treinta y seis años después, el propio protagonista volvió sobre ese capítulo de su vida con palabras que condensan el dolor, la memoria y la esperanza.
«Hoy 10 de octubre cumplo 36 años en una silla de ruedas. Ese día me secuestraron y me dispararon. Tenía 15 años y no sabía lo que me deparaba el destino, pero siempre entendí que aquello no sería el desenlace».
En esa reflexión hay mucho más que el recuerdo de una tragedia. Está la voz de un hombre que se niega a permitir que el peor día de su adolescencia sea la última palabra de su historia.

Miller Soto Solano nació en Barranquilla. Por sus venas corre sangre guajira. Sus padres son guajiros: José Soto Bernardinelly (Alcalde de Barrancas (1990-1993) e Ivón Solano (Hija del poeta guajiro Guillermo Solano Figueroa).
El muchacho que fue sacado a la fuerza de un colegio de Fonseca es hoy abogado, docente y doctor en Derecho y Economía de la Empresa. Su recorrido académico y profesional habla de una vida que continuó avanzando, incluso cuando sus piernas dejaron de hacerlo.
«El secreto es no concentrase en la discapacidad, sino en otras actividades más importante de la vida. Hay personas que cuando sufre en una discapacidad se concentran en ella y creen que la forma de susperarla es tratar de no ser discapacitado. Lo más importante es ser consciente del nuevo rol en la vida y buscar otra hoja de ruta en la vida», es la reflexión que hace Miller Soto.
Nueva página en su hoja de ruta…

Y ahora, en una nueva página de su trayectoria, Miller Soto asume una responsabilidad institucional de alcance nacional. El 1 de septiembre de 2026 tomó posesión oficial del cargo de vocero del presidente de la República y del Gobierno nacional, una función orientada a centralizar la información institucional y reducir las confusiones en torno a los mensajes oficiales.
La escena parece escrita por un narrador que conoce los caminos imprevisibles de la existencia: el adolescente que un día fue sacado de su salón de clases por hombres armados hoy tiene la responsabilidad de comunicar los mensajes del poder público.
No se trata de borrar el pasado ni de convertir el sufrimiento en una anécdota. Se trata de comprender que, después de una herida capaz de transformar una vida entera, también pueden abrirse caminos de aprendizaje, trabajo y servicio.

«Hoy soy el vocero del Presidente Abelardo de la Espriella y de un gobierno que me enorgullecen. Estoy agradecido con Dios», expresó Miller Soto.
En sus palabras, la fe aparece como una forma de interpretar el camino recorrido y de mirar el presente. No borra los recuerdos de aquel 10 de octubre ni devuelve los pasos que perdió a los 15 años. Pero acompaña al hombre que, tres décadas y seis años después, contempla su historia desde otra perspectiva.
Fonseca conserva la memoria de aquella mañana en que la violencia entró en un colegio y convirtió a un estudiante en víctima de un secuestro y de las balas. Miller Soto, por su parte, lleva consigo las huellas de una tragedia que no escogió y cuyas consecuencias lo acompañarán toda la vida.
Sin embargo, su historia no cabe únicamente en el relato de los hombres armados, la persecución y los disparos. También está hecha de formación, disciplina, trabajo y convicciones.
Treinta y seis años después, la silla de ruedas sigue allí. También permanece el recuerdo de un adolescente que ignoraba lo que le esperaba al otro lado de aquella mañana. Pero el hombre de hoy puede mirar hacia atrás y reconocer que el desenlace no quedó escrito en Los Pondores.
Porque aquella mañana de octubre la violencia intentó imponerle un destino. La vida, con sus caminos difíciles y sus oportunidades inesperadas, le permitió escribir otros capítulos.
Y mientras el calendario vuelve a señalar el 10 de octubre, Miller Soto Solano recuerda los 36 años transcurridos desde el día en que recibió los disparos que le impidieron volver a caminar. Su historia sigue adelante, sostenida por una convicción que el tiempo no consiguió arrebatarle: una tragedia puede cambiar el rumbo de una vida, pero no tiene por qué escribir su última página.











