CrónicasSalud

Mañana lánguida en una EPS

Por: Randy Goméz Africano

Esto no está tan lleno como en otros días ajetreados, donde filas prominentes alcanzan a tener como hogar la acera durante la mayor parte del turno, que culmina el recibimiento de muestras a las 10.

Los vigilantes atienden despreocupados y con cierta distracción a cualquier humano que arribe. Vestidos con chaquetas que gritan sofoco visual, solo son rigurosos para exigirte con fuerza:

-Por favor, me colabora con el tapabocas.

Entro sin hacer aquella fila, evitando que el sol del verano costeño y la ansiedad de la espera me ataquen. En un momento de buena suerte, la atención de la recepcionista que recibe a los pacientes fue fluida conmigo al darme mi turno. Ella parece ser el único atisbo de amabilidad en este ajetreado sitio.

-Turno XX, módulo 3-me dice la señorita.

Ahí me sumerjo en ese cuarto blanco con paredes empañadas por incontables e indistinguibles carteles de campañas sobre salud, cada uno sobrepuesto a otro, al borde de la conversión en un collage. Todavía diviso entre los carteles de la pared alguna información, nunca falta el consejo, la prevención de complicaciones, la explicación de algún servicio, la invitación a comprarlo y la foto de una familia que contradice en actitud cualquier enfermedad de la que se habla ahí. Mis ojos envueltos entre tanta simpleza ubicada en un desorden como ese pierden el norte y se contaminan, enloqueciendo las pupilas y el enfoque.

El ambiente que era de un espectado frío de clínica, lo calienta el apretón que causa una pequeña muchedumbre. Algunos transitan tropezándose entre sí y otros ocupan las hileras de sillas plásticas azabache que colman y tapan las baldosas blancas con pequeños peñones transformados en puntos sin patrones que forman el piso. Las filas de la izquierda tapan la entrada de varias puertas, como las de los sanitarios; las de la derecha cercenan el espacio de la fila que da al mostrador de cada módulo y aprietan a las sillas pegadas a la pared.

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Los personajes en esa muchedumbre eran los comunes en el diario vivir del azote que da una trajinada sala de espera: Señoras de gran edad con el paso lento, y en algunos casos, el cuerpo raquítico amoblado por músculos colgantes y cabellos con poco arreglo; hombres a los que la vida les aplicó aquella misma regla estética o les proveyó de la panza que crece con el número de sus edades, siempre acompañados por el pantalón de tela y camisa de botón motosa; niños que en semblante exhiben prominente habito de correr y saltar, obligados a la quietud por sus madres con un sentado indeseado o con algún duradero e hipnótico uso de celular; algún caballero obrero esperando con ropa precedente a una cambiada para comenzar un día más de trabajos; uno que otro joven con el celular como única entidad que requiere su atención; y alguna mujer opulenta, delgada, con gafas y semblante duro saliendo por el pasillo a paso firme, que emana desprecio y deseo de no rozar a ningún otro de los demás personajes mientras lo ejecuta.

Aquella penúltima figura, inerte, y congelada en la misma postura como una estatua de cera, me empieza a acompañar cuando me siento en la silla más pegada al mostrador del módulo 3, ubicada en la esquina debajo del televisor anunciante de cada turno, y donde un vidrio me separa de recibir una atención que siempre el papel ínfimo con el número del turno augura que llegara rápido para ejecutarse en el punto de atención.

Aquel mostrador, y su distribución en la sala, trataba de vender la idea de que era la ubicación y guarida de tres módulos independientes, cómodos y autónomos. Pero no era más que una poco presente, y a la vez, intrusiva y accidentada mesa gris de acero deleble que no llegaba a medir los dos metros, donde los tres letreros que indican cada módulo están casi chocando por su apretada distribución, y donde la mujer del módulo 2 atiende apretada a través de un hueco que se encuentra entre los dos vidrios que tiene cada espacio de atención del mostrador.

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Detrás de aquellos espacios se encontraban las estelares de la novela que es la cotidianidad de la atención en una sucursal de las entidades promotoras de salud. Las damas que se encargan de atender cada paciente que se posa al frente de ellas.

Resguardadas están en ese agujero arropado por el vidrio del mostrador, que al observarlo con detalle crea una fotografía para poner en la página de un diccionario donde se da la definición de sobrecupo. Tienen una marea y varios muros con papeles, folders e instrumentos de oficina dispersados rodeando cada extremo donde puedan emplazarse y maniobrar en el lugar.

Son cuatro damas algo joviales, tres recepcionistas y una especie de jefe que maneja asuntos de números vestida con ropas de terapeuta detrás de ella. La trifecta de los módulos está envuelta en sus apretados uniformes de pantalón negro y camisa de cajeras de bancos, donde la figura de lo que queda de sus cuerpos alguna vez delgados se manifiesta con la asfixia de la tela.

Tienen en sus rostros la amargura como ley, y la desolación se presenta en cuanto a la presencia de algún maquillaje y semblante de disfrute. Solo se alegran cada que sus labios se abren para verborrear chismes con la jefa. Cada que veo algún humano para que estas lo atiendan siempre están con el cuerpo y la silla mirando hacia otro lado, perdiéndose entre líneas de texto de paquito de calle o programa horrido de chismes como imagínate; niña; esto le paso a; este estuvo en algo con este otro personaje irrelevante; este estuvo vacilando con esta otra, se los encontraron en tal lugar

La jefe parece guardar en su cara una actitud de universal vecina volátil, aquella que puede pasar de la amabilidad, a causa del cotorreo, al más fulminante de los fruncidos y alzadas de la voz. Al frente la aguarda su computador en una mesa también apretada dentro del agujero y adherida a la pared color nieve. Atrás las susodichas comadronas del chisme y subordinadas de ella, esperando alguna historia u orden. Al lado, un pequeño de apenas un poco más del par de años de vida, aparente retoño, busca brincar y jugar con sus miradas y sonrisa de travieso. Su madre intercala entre restregar la mesa apretada con el ratón y agarrarlo de su ínfimo brazo, soltándole de vez en cuando algún firme:

– ¡Ya! ¡Quieto!

En aquel momento, esperando, resignado a ser un espectador mientras la figura inerte que está a mi lado continúa emulando una estatua con su posición y actividad, entra a la escena uno de los personajes habituales de esta novela. Es una mujer adulta promedio, algo cercana de las cuarenta primaveras, gruesa en el torso y las piernas, el pelo de un rubio mal teñido, con el maquillaje también ausente, y el sudor a veces brotando en su pecosa y ahuecada piel de la cara.

Su destino es el módulo pegado a mi silla azabache, al que me indicaron arribar al escucharse mi llamado. Ella se aproxima con la cara seria y hasta apacible, con las cejas y los parpados en la relajación. Se nota en ella una actitud de humano forzado u obligado. Nadie, más allá de los niños que juegan a causa de su inocencia, viene a estos lugares por el gusto y con un semblante de placer. Al llegar y emplazar las manos en la mesa, comienza el rito:

-Buenas, señorita, vengo para que me realicen unas evaluaciones para un control.

-Buenas, ¿tiene las ordenes? -responde la mujer del módulo 3.

-Si, aquí se las doy, señorita-dice la señora.

Le da las típicas y habituales hojas color amarillo caqui donde la entidad siempre ordena cada procedimiento que pueda alcanzar a poseer y apenas ejecutar. La mujer lo toma con sus cada vez más venosas y desgastadas manos, y hace una cara de aburrimiento al leerlas, rezando con un tono amargado y dispuesto a llegar a un grito:

-Señora, esta orden no es válida para que sea atendida aquí, le faltan datos y no hay confirmación ni orden de que usted deba ser atendida.

-Cómo así, señorita. Si la doctora y la EPS me dieron la orden de venir a esta sede-responde la señora, con la voz subiendo a cada segundo.

-Como puede ver en estas partes de la orden se ordenan cosas que no podemos atenderle aquí. Tampoco señala que esta sea el sitio para venir-dice la mujer del módulo mientras resalta unos cuantos lugares de la hoja con un marcador color purpura fuerte.

– Pero ¿cómo hacemos con eso? Si a mí me dijeron que tenía que ser aquí-dice la señora.

La mujer ejecuta los reclamos con la exaltación y disgusto en su voz cada vez más, aproximándose al accionar de un grito. La conversación genera una tensión a todo el ambiente de la sala empañada. La mujer que la atiende solo responde con formalidad y un tono agresivo en su hablar: <Señora, ya le dije que no puedo hacer nada>, mientras cada reclamo era más rápido y se convertía la discusión en un círculo de las mismas frases y los mismos argumentos.

No hubo forma de parar el bucle de este espectáculo, hasta que la mujer del módulo, de estatura promedio, delgada, también con alguna peca en su piel y rubia como su enfrentada, se levanta con rapidez, furia y disgusto en el semblante. Se dirige a la mujer con actitud de ataque y se la lleva hacia la mitad de la sala, después de que uno de los vigilantes, debiendo estar el laburo afuera, pasara a su lado, dirigiéndose al fondo. Ahí ella con el movimiento de sus brazos, gestos de hartazgo y molestia, y palabras que se pierden al invertir el volumen de su disputa, sin escucharse la exposición de lo que tenía su fuerte lenguaje al dar sus argumentos, hace que la señora torne, con un ceño fruncido y entrecierre de los parpados, su semblante en resignación y resentimiento. Sin una conclusión de la que podamos enterarnos, la señora pasa la puerta de cristal con disgusto, para marcharse sin una solución clara, la actitud de riña no explotada y una misión involuntaria para encontrar un lugar donde puedan atenderla, a pesar de la confusión que el médico y la entidad causaron con la orden.

Ni yo ni algún otro coaccionado a presenciar aquella disputa, por su necesidad de estar y ser atendido, pudo idear algún destino o ayuda para ella. Solo me quedó a mí y a ellos el teorizar a dónde pudo ir al pasar la puerta de cristal y tomar la ruta hacia la calurosa calle.

****

Suena el llamado a través de un sonido de dos notas, un tipo de den-don. Me levanto de la silla azabache y me dirijo al módulo que me dijo la mujer encargada de la recepción. Al llegar, la misma mujer que acababa de estar al borde de una riña con alaridos reza, sin sentarse y voltear a observarme:

-Cuál es su turno?

-Turno XX

-Vaya al módulo 1-dice con una voz de amargo desagrado.

Al instante, arrugué la piel de mi rostro e hice girar mis ojos para fraguar una expresión del disgusto, algo parecida al semblante de aquella mujer. Reviso el papel y aquella marca lo mismo que el televisor anunciante enseñó con el llamado:

Turno XX, módulo 3.

Tenía ardiendo la furia. Me puse a pensar lo que la lógica primero lanzó dentro de mi imaginario: Por favor vieja. Que la señora y tu hayan tenido aquel problema no te otorga un derecho a tratarme así y no atenderme, haciéndome pasar a otro módulo.

Pero no repliqué aquello que la señora ejecutó con su disgusto, uno que estoy imitando al recibir ese trato. Solo giré y me dirigí al módulo que señaló. Allí su compañera, una mujer de eterno semblante de amargura, con desolación en la piel si de algún arreglo y buen dormir se tratase, me atiende. Pregunta mi actual posesión de la muestra y las típicas órdenes color caqui, lo que le confirmo, para al final rezar la misma frase que condena a una espera de siempre variadas duraciones:

-Espere a que lo llamen con su nombre.

En aquel momento paso al lado derecho y me siento en una de las filas de sillas azabache que posee. El baño está pegado y no se puede abrir del todo a causa de la obstrucción. Al mismo tiempo se escucha el alarido doloroso, agudo y deprimente de un niño, que termina llegando a pasar minutos en su duración. Llegaba a ser como el grito de una Laura Palmer en el mundo inverso de Twin Peaks, o como el audio de una lenta escena de muerte después de ser hallado por Bon en The Walten Files, en un rincón oscuro y ambientado por decoraciones de fiesta.

Al mismo tiempo, el otro vigilante escaso y poco presente se va con rapidez del lugar para ejecutar una desaparición que se volvió irrelevante y, a la vez, causa de duda. No se puso en el puesto de el que hace unos minutos dejó en abandono, a causa del paso sin razón de él y su compañero a la zona de las extracciones del líquido intravenoso carmesí. Su compañero, al fondo, se explaya en su conversación a volumen alto con un caballero desconocido, de una voz de anciano y aura de veteranía y perpetrador de bochinches.

****

Grita una mujer desconocida y aleatoria:

– ¡Rogelio González! ¡Rogelio González!

Me levanto de la silla azabache que obstruye la entrada los baños y doy una serie de pasos al fondo. Paso el agujero de la mesa que compone los impostados módulos de atención y doy con la fuente de las conversaciones y los ruidos.

-Ella se encontró con este y tuvieron tremendo chicharrón-dice el vigilante mientras las médicos y el señor se ríen.

Eran ellos, asentados en una pared donde había un mesón con una cantidad ínfima de diferentes elementos para la atención de un lugar donde toman muestras, esperando ser limpiadas. El vigilante miraba a los lados y hablaba con risas y semblante pretencioso, mientras que, a su lado, sentado en una silla negra volteada, con un cojín apretado y viejo del mismo color. Era el señor, un encargado de limpieza que parecía llevar minutos ahí sin moverse, sonriendo y cotorreando; y sin voltear a realizar las labores que la realidad, detrás de él, lo llaman.

Al momento las dos médicos van caminando entre las salas de atención, respondiéndole al vigilante, con ambas emulando la misma actitud y gestos de él. Se comportaban más como las estereotípicas mujeres conversadoras que laboran en las peluquerías, ambas tenían un aura de aquello.

La médico que me atiende, a través de su cotorreo ycon la notoria disposición de sus instrumentos, no hacía más que demostrar que ella y su colega no tenían nada que envidiarle sus homólogas mientras practican esas labores estilísticas.

Ella extrae mi sangre carmesí, voluminosa y grasosa como si estuviera practicándome una manicura en medio de una mala iluminación, sentado en un sillón viejo y escuchando gritos de muerte lenta infantil, chismes de trabajadores y jefes que intercambian el trabajar con el relajo y la exposición de los cuentos irrelevantesde los trabajadores de la salud; teniendo al miedo de que mi sangre empezara a salirse causada por la distracción de aquella médico arrasando con mi sensibilidad.

****

Al regresar de la sala, un poco más tranquilo a causa del fin de esa escena, se produce el clásico procedimiento que da el final de estas atenciones. Es una simple secuencia, contradictoriamente rápida si se rememora el resto de los protocolos que hay en esta o cualquiera de las sucursales de la entidad.

La mujer del módulo 1, menos amargada, todavía volteando al medio lado al mismo tiempo que se escuchan más chismes de sus tres comadronas, me entrega la hoja típica para buscar los resultados, y reza con un tono más benévolo que el de sus compañeras y ella durante esta y aquella jornada, la frase:

-Resultados en 24 horas. Puede consultarlos por la web. Que tenga buen día.

Salgo hacia la puerta de cristal, con tal de regresar a la arteria azotada por el calor para seguir con mi cotidianidad. En ese momento veo cómo el vigilante desparecido y unos paramédicos ansiosos traen el cuerpo de una mujer lesionada, con un semblante de apuro, pero tranquilo, queriendo pasar aquella puerta para comenzar la atención y cualquier situación que he divisado y vivido en esta sede, empezando porque están entrando a una sala de toma de muestras, no la de urgencia.

Los rodeo y, finalmente, especulando que pasará con aquello que acabo de captar, me voy del lugar y abandono la escena. Una escena que hizo parte de la novela que estas paredes acaloradas de aquella sede por las inconveniencias presencian provistas por los rollos de la administración, y los ritos de sus trabajadores, víctimas y verdugos en varios niveles y dependiendo de cada aspecto. Aquellas chocantes experiencias que acabo de vivir son la novela común, y tal vez más suave, de cualquier mañana en la sede de una entidad promotora de salud.

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