Por: Francisco Figueroa Turcios
La noche del miércoles 13 de mayo de 2026 en el viejo y sentimental templo del fútbol en Colombia, el estadio Romelio Martínez tuvo el vértigo de esas historias que parecen escritas por un guionista obsesionado con el drama.
Y en el centro de la escena apareció el uruguayo Lucas Monzón, un defensor que en el partido Junior y Once Caldas tocó el cielo y el infierno en apenas noventa minutos de locura futbolera. Era, quizá, el mejor partido de Lucas Monzón desde que llegó al Junior de Barranquilla. En sus 47 apariciones con la camiseta rojiblanca nunca había mostrado una actuación tan completa, tan intensa, tan cargada de emociones. Pero el fútbol, caprichoso y despiadado, decidió convertirlo en protagonista absoluto de una noche que nadie olvidará fácilmente.
El partido comenzó cuesta arriba para Junior. Apenas a los 14 minutos, Pipe Gómez , silenció parcialmente el estadio Romelio Martínez al poner en ventaja al Once Caldas. La serie se apretaba y los fantasmas comenzaban a caminar por las tribunas.

Sin embargo, Junior reaccionó con rebeldía. A los 40 minutos, tras un tiro de esquina, Brayan Castrillón capturó un rebote y lanzó un pelotazo largo. Luis Fernando Muriel luchó la pelota con un defensor rival y el balón quedó servido para Lucas Monzón.
Entonces ocurrió lo inesperado: el zaguero uruguayo se transformó en delantero. Paró el balón con el pecho y remató de primera, con una técnica exquisita, para firmar un golazo monumental que levantó al estadio de sus asientos. Fue un instante de redención y gloria.

Mientras el marcador se igualaba, Lucas Monzón también se hacía gigante en defensa. Cortaba, anticipaba, metía el cuerpo como un león acorralado defendiendo su territorio. El público juniorista veía en él a un guerrero charrúa dejando el alma sobre el césped.
La ilusión se agrandó a los 65 minutos cuando Cristian Barrios marcó el 2-1. Con el global 3-1, Junior acariciaba la clasificación a semifinales para enfrentar a Independiente Santa Fe. El Romelio cantaba, soñaba y celebraba anticipadamente.
Descenso de la montaña rusa...

A los 84 minutos, otra vez apareció Pipe Gómez. En una jugada desafortunada, Lucas Monzón terminó introduciendo el balón en su propia portería. Del héroe que había marcado un golazo al villano señalado por el empate. El fútbol tiene esa capacidad cruel de cambiar los papeles en cuestión de segundos. Y todavía faltaba el capítulo más angustiante.
Cuando el reloj marcaba el minuto 90+4, Lucas Monzón derribó en el área a Dayro Moreno. El árbitro Carlos Betancur no dudó: penalti. El estadio quedó paralizado. Lucas Monzón se tomó la cabeza; el peso de la tragedia parecía caer completamente sobre sus hombros.
Junior tuvo un ángel vestido de arquero: “San Silveira”

El portero uruguayo Mauro Silveira —convertido en “San Silveira” por la devoción rojiblanca— detuvo el cobro desde el punto penal ejecutado por Dayro Moreno y evitó el naufragio. El Estadio Romelio explotó en un rugido de alivio, mientras Lucas Monzón respiraba nuevamente después de caminar al borde del abismo.
Cuando el partido parecía caminar hacia un desenlace dramático, apareció la figura salvadora de Mauro Silveira, quien detuvo el cobro desde el punto penal de Dayro Moreno y evitó que Once Caldas igualara la serie para forzar la definición desde los doce pasos.
Aquella atajada tuvo el tamaño de una clasificación y el peso emocional de un desahogo colectivo. Para Monzón, que había vivido una auténtica montaña rusa durante el partido, la intervención de Silveira terminó siendo el abrazo silencioso que lo rescató del abismo y permitió que su gran actuación no quedara atrapada en una tragedia futbolera.
En un estadio Romelio Martínez sacudido por la tensión y el nerviosismo, Silveira se convirtió en muralla y héroe. Y seguramente, cada vez que Lucas Monzón recuerde aquella noche de cuartos de final, habrá una imagen imposible de borrar: el vuelo del arquero uruguayo desviando el penal que mantuvo vivo el sueño rojiblanco.

Así terminó la noche del defensor Lucas Monzòn: entre la gloria y el error, entre el aplauso y el sufrimiento. Una noche donde el fútbol mostró su rostro más humano, ese donde un mismo jugador puede tocar el cielo y rozar el infierno en cuestión de minutos. Porque hay partidos que duran noventa minutos… y otros que terminan convertidos en cicatriz y memoria para toda una hinchada.
Cuando el árbitro Carlos Betancur señaló el final del partido entre Junior y Once Caldas, Lucas Monzón seguramente entendió que había vivido una de esas noches que marcan para siempre la carrera de un futbolista. En el mismo partido conoció la gloria del gol, el peso del autogol, el miedo del penalti y el alivio de la salvación.

El viejo Estadio Romelio Martínez fue testigo de una montaña rusa emocional donde el defensor uruguayo Lucas Monzòn cayó, se levantó y volvió a caer, hasta que apareció la mano salvadora de “San Silveira” para rescatarlo del infierno.
Porque así es el fútbol: un territorio donde en apenas noventa minutos un jugador puede convertirse en héroe, villano y sobreviviente, mientras una ciudad entera contiene la respiración al ritmo impredecible de la pelota. Junior jugará el sábado en Bogotá a partir de las 8.30 de la noche la semifinal ante Independiente Santafé …











