Por Oscar Tobón
Una de estas tardes, mientras observaba cómo los encargados de mantener en buen estado las canchas del estadio de tenis del Country Club de Barranquilla, donde se juega actualmente el Mundial juvenil de tenis Barranquilla 2015, imaginé escuchar una voz suave, cadenciosa y alegre -como es la gente de la región Caribe-. La voz me decía: «¡Hey!, tú, periodista, ¿quieres saber mi historia?”.
Al principio me sentí temeroso, porque era el estadio el que me hablaba. Luego me sentí emocionado y me dejé llevar por una profunda curiosidad de saber cómo había llegado a ser parte de esta hermosa tierra aquel mágico templo del deporte blanco de nuestra ciudad. «Adelante, amigo, soy todo oídos», le respondí. La voz comenzó su relato: “Llegué a este mundo en 1954, mi padre fue Mario Zepenfell, quien era gran amante del tenis, y decidió que debía haber un escenario adecuado para la práctica del deporte. Él consiguió la ayuda de mister Hert y mister Moloy, quienes actuaron como padrinos de la ocasión y pusieron toda su experiencia para mi nacimiento.
«Ellos pensaron elaborar mi cuerpo en una superficie que se adaptara bien a esta clima tropical, y decidieron traer el polvo de ladrillo para que luciera como me encuentro hasta hoy. Coincidió que, en el momento en que fui concebido, el polvo de ladrillo era la superficie más barata que podían encontrarse en el mercado. Después levantaron tribunas, palcos, camerinos y todo lo que está en mi entorno y así fui siendo reconocido como uno de los estadios más importantes del país.
«En 1961, después de 7 años de haber venido a este mundo, fui presentado en sociedad internacionalmente con la Copa Barranquilla. Desde ese año siguieron torneos de diversa índole. Actualmente se juegan en mis canchas dos torneos ATP y este maravilloso Mundial juvenil que me da la posibilidad de ser visitado por las futuras figuras del deporte blanco. Me han pisado jugadores como Andy Murray, Marcelo Rios, solo por mencionar a dos grandes figuras del tenis mundial, que han jugado en mi extenso cuerpo como lo han hecho en Wimbledon y Roland Garros.
«Como ve usted, estimado reportero, he tenido la posibilidad de albergar parte de la historia tenística de este país y, por qué no decirlo, del mundo».
Al finalizar con estas palabras, la voz alegre del estadio de tenis del Country Club de Barranquilla desapareció tan rápido en mi mente como las brisas de enero. Mi mente quedó satisfecha con la nueva información y así volví mejor preparado a disfrutar del Mundial juvenil.











