¡Ahí están las lobas! se escuchó la voz convertida en susurro, era mi amigo quien hablaba a mis espaldas señalando a dos jovencitas apostadas en la barra del bar.
Por: Ubaldo Manuel Díaz
“Era amor a primera vista, a última vista, a cualquier vista”.Nabokov.
¡Ahí están las lobas! se escuchó la voz convertida en susurro, era mi amigo quien hablaba a mis espaldas señalando a dos jovencitas apostadas en la barra del bar. Habíamos entrado a uno de esos sitios de la famosa Cuadra Play. Lugar nocturno de rumba más nombrado y concurrido de Bucaramanga.
Las lobas en mención, no eran precisamente las que amamantaron a Rómulo y Remo los fundadores de Roma, sino según la academia de mi amigo que seguía pontificando: dícese de aquellas mujeres que devoran a un hombre en un santiamén. Una de ellas estaba de pie junto a la barra atrapada por los musculosos brazos de un hombre silencioso de mandíbula cuadrada y labios de ventrílocuo, era una rubia atractiva, no pasaría de veinte años, con el peinado y atuendo emulando a Paris Hilton. Parecía distante, con la mirada perdida y concentrada en varios jóvenes que se contorsionaban al ritmo de la música electrónica que tronaba de los altavoces. La cámara de lucesdespedía intermitentes relámpagos como pequeña tormenta eléctrica y al fondo, en medio del humo sobresalía la imagen del carpintero de Nazaret con la oración. “Dios bendice mi negocio”.
La música seguía sonando. Ahora el ritmo era interpretado por un cantante vallenato que saludaba reiteradamente a un “traqueto” y como si fuera una revelación o descubrimiento mi amigo al ver al cantante vociferó eufórico: -¡yo estuve en esa parranda!-, la otra mujer, que estaba al extremo de la barra se había acercado un poco, acariciaba como fetiche el mismo vaso de la noche, de reojo yo la observaba, era una mujer de piel cetrina y rasgos orientales, su maquillaje riguroso ocultaba el paso de las múltiples veladas, el delicado y discreto vestido de la última colección verano de chanelcubría la escultura de su cuerpo juvenil, sus brazos adornados por pulseras y aderezos hindúes le daban un aire panteísta de la vida, la hacían ver de manera sofisticada, era la encarnación de la Mata Hari. Bailandose le insinuaba de manera sensual a un militar pasado de tragos, mientras el hombre de la mandíbula cuadrada había liberado a París Hilton, que animada y eufórica cantaba en coro con otras amigas. – “Cuidao con judas, cuidao con judas”-.
Yo, seguía observando los movimientos autómatas del cantinero que a esa hora tenía cara de pocos amigos, dicen que los cantineros son hombres silenciosos, caraduras, en ese espacio de 4X4 son amos y señores de su territorio, son soberanos y evitan siempre sonreír para que nadie les ponga “el plomo”.
A esas alturas de la noche, el militar había sucumbido a los encantos de Mata Hari; alicorado y en completo estado de indefensiónbalbuceaba: “que viva la milicia, que viva la milicia”. Por su parte Mata Hari guiñaba el ojo a otra amiga que empezaba a hacer su trabajo con un monumental ruso que ingería los primeros tragos de vodka; a juzgar por su indumentaria, trabajaba en una estatal petrolera. Afuera, por la ventana, se veía a un joven en estado de indefensión ser sometido a punta de puños y patadas por los musculosos gorilas que guardan el orden y la seguridad de estos sitios.
La rubia se había acercado descaradamente donde yo me encontraba casi que intimidándome con su pregunta: ¿bailas? – no- fue mi respuesta. Miré al tipo de la mandíbula cuadrada esperando algún gesto, no quería enfurecer al macho alfa que la acompañaba; sin embargo, este seguía ahí, metidoen un silencio de autista mirando a varioshombres hacer fila para entrar al baño. La música seguía sonando de manera discreta, mentalmente la seguía con el taconeo de los zapatos. Con el rabillo del ojo miraba al de la mandíbula cuadrada que se acomodaba su cabellera hendida por la mitad como la de Carlos Gardel.
La voz ronca de Paris Hilton seguramente de tanto trasnochar me sacó del pentagrama musical de la trompeta celestial de Richie Rey & Bobby cruz. Los coristas de esa legendaria orquesta cantaban incesantemente: hey, que ahí viene Richie, viene virao/ como bestia tocando un tumbao. Nuevamente volvió a la carga:¿cómo te llamas? Y seguidamente el interrogatorio de rigor: ¿qué haces? ¿dónde vives?¿estudias?¿trabajas?¿nunca te había visto por aquí? mientras tanto mi amigo seguía mirando con devoción al cantante vallenato, apartando con fastidio a un vendedor ambulante que le interrumpió, ofreciéndole un corazón de amor y amistad con un oso de felpa que decía “te quiero”, el vendedor se alejó en la penumbra sacudiendo una pequeña caja de dulces que sonaba como cascabel. Afuera el joven sometido por los gorilas permanecía inerme, tirado en la acera, sobre su cuerpo se desgajaba una tenue llovizna, las luces intermitentes de una patrulla policial inundaban el sitio. La rumba en los sitios seguía en su frenesí; era una imagen surrealista.
¿No me has dicho cómo te llamas? -Me increpó Paris Hilton – jugando con el segundo vaso de la noche – nuevamente observé a mi amigo que seguía extasiado rindiendo culto al cantante vallenato que ahora decía a viva voz que él no era marica. No queriendo interrumpir la devoción de mi amigo, salí a tomar aire. Desde afuera,tomé conciencia de donde estaba,el sitio parecía una cavernay no precisamente la caverna del mito de Platón, de esta salía humo y gritos de euforia y me di cuenta que al joven de la acera lo habían levantado, o le habían hecho el levantamiento, la verdad no lo volví a ver.
El tipo de la mandíbula cubista, se quedó mirando a su hembra alfaalejarse y abrirse paso en medio de las mesas. Caminó hacia mí hasta casi rozarme. A esa hora todos los negocios vomitaban los últimos clientes de la noche susurrando apresuradas promesas de amor, risas juveniles envalentonadas; en el ambiente se respiraba un penetrante olor etílico. El proxeneta de turno se despedía entregando discretamente pequeñas tarjetas.
Paris y yo nos fuimos caminando hacia la carrera 33 que muere en el sector de cabecera, de reojo miraba sus brazos desnudos, sus contorneadas pantorrillas, el vello de la nuca, ese vello que ellas nunca se logran peinar; había en su rostro cierta indolencia nihilista; su actitud era la de una profetisa que estaba a punto de proferir un oráculo, rebuscaba frases del castellano de Cervantes y las acomodaba a su libreto cuidadosamente aprendido. Como en la casa de los espejos, para cada cliente había ensayado una palabra.
Para los gurús de la economía, riéndose a carcajadas me dijo que les excitaba la frase “crecimiento económico”, a los políticos “pueblo y democracia” y para mí, aprendiz de poeta prestó una frase del universo Kafkiano que me dejó boquiabierto; debo confesar que nunca me gustó Kafka, pero esas palabras en sus labios redimían el submundo atormentado de Gregorio Samsa. Las ironías que tiene la vida, quien iba a pensar que después de un siglo, en una noche de rumba y excesos, bajo el cielo estrellado de la ciudad bonita, la niña caprichosa y más rica del planeta tierra, dueña del emporio de los hoteles Hilton iba a redimir al protagonista de la metamorfosis. Aquel atormentado vendedor de telas que una mañana amaneció confinado en una habitación convertido en insecto.
-¿Cuántos años tienes?- Le pregunté. Quedó en silencio. – Primer error preguntarle la edad a una mujer- pensé- a ellas no les gusta,en el silencio se escuchaban las frases altisonantes de las primeras peleas y trifulcas que ahogaban el murmullo de los enamorados que salían tomados de la mano. Un grupo de jovencitas yacían sentadas en la acera completamente ebrias con sus vestidos cortos y arrebatados hablando incoherencias.El taconeo delos Luis vuitton de parís Hilton sobre el pavimento se escuchaban nítidos parecidos al final de un baile flamenco. Seapoyó en mi hombro, se los liberó llevándolos en sus manos.
¿Porque imitas a Paris Hilton? –
-Porque quiero ser como ella- fue su escueta respuesta.
-Ella es cabeza hueca, ya pasó a la historia; volví a la carga con mi pregunta.
– No importa, quiero ser como ella – remató con vehemencia dando punto final a mi curiosidad.
Los últimos carros pasaban raudos la lustrosa avenida33 que a esa hora permanecía desierta, los motores en ralentí de un grupo de jóvenes ensus piques ilegales estallaban en la fría madrugada.Una joven alucinada queapenas podía mantenerse en pie; ligeramente vestida parodiando la cinta de Dominic Toreto fast and furiousdaba la partida. Los bólidos arrancaron de manera endiablada perdiéndose en la distancia; dejando a su pasouna estela de fuego parecido a la propulsión de un motor aeronáutico.
Mispalabras que habían sido contenidas desde mi época de estudiante en el colegio San Pedro de los curas jesuitas en su clase de oratoria comenzaron a salir tenue y libremente como de una caja de pandora;por fin se había liberado pandora, dicen que todos los hombres llevamos en nuestra alma una caja de pandora, solo es cuestión de tiempo y circunstancias para que se libere. A mí me había llegado la hora. Vino a mi memoria y agradecía al hermano Diego, aquel hombre de ademanes de monje medieval,inculcarles a sus pupilos al final de una extenuante jornada académicaque debíamos emular los hábitos de sus dos grandes amores: los oradoresPericles y Alejandro Magno. Paris Hilton se quedó mirando a lo lejos y susurró: “la belleza es una maldición”.Los bólidos habían desaparecido por completo, los rugidos de sus potentes motores con la máxima combustión de octanaje ya no se oían. No pude seguir escuchándola porque un maldito camión lanzó un bocinazo parecido al rugido de un monstruo triste; es elburdo piropo de los camioneros hacia las mujeres;al final terminan asustándolas.
Parándose en vilo y balanceándose peligrosamente sobre una de las barandas del famoso viaducto de la novena, abrió los brazos y en estado de concentración comenzó a hacer los tradicionales pasos de ballet “Arabesque y fouetté”. Sin perder su ensimismamiento y mirarme dijo: “quiero que recites un poema”, para esa hora yo le había dicho que escribía- enmudecí porque su petición me tomó por sorpresa. En un acto desesperado le dije que me gustaba Moliere, que admiraba a Pushkin, que al santo conde Tolstoi, el vaticano lo había dejado por fuera de los altares, que había hecho muchas comedias. – pendejadas que ahora no importaban -. Ella reía contenidamente para no perder la concentración; los bólidos endiablados habían tomado la última curva hacía la autopista que comunica a Girón con el café Madrid. El haz de luz de la luna que irradiaba sobre sus cabellos la hacía ver majestuosa, sus movimientos eran perfectos.- “el cisne blanco”- musité-, su imagen me evocó aquella famosa película del judío Aronofsky. Alcanzó a escucharme y se tiró de la baranda donde practicaba sus últimos pasos de ballet que habíaaprendido en las redes sociales; vino hacia mí casi que intimidándome,su aliento mezclado con su perfume costosoaún olía a alcohol. – “Quiero ser el cisne negro”. ¡Quiero ser la mejor bailarina del mundo! – puntualizó-.
Seguimos caminando o mejor casi que trotaba a su lado; seguía practicando sin cesar los múltiples pasos del nuevo ballet, Jadeante se detuvo e interrumpió su alegría y volvió a susurrarme: – “quiero que me recites un poema”- ahora si la tomé en serio y más cuando una mujer te pide un poema. A lo lejos se escuchó la algarabía de los primeros estibadores que llegaban a las bodegas de calzado del barrio San Francisco, cuadra donde se producen los mejores zapatos de Colombia, hoy prácticamente en quiebra, asfixiada por los altos impuestos y el contrabando chino; alcancé a parafrasear a Neruda: “es tan corto el amor y tan largo el olvido”; Repitió esa frase como una letanía: “es tan corto el amor y tan largo el olvido; es tan corto el amor y tan largo el olvido” …. Quedó en silencio. En la lejanía se escuchó el ulular de la sirena de una ambulancia, tal vez llevaría a otro joven que en esta noche había sellado su destino. La brisa y las estrellas que parpadeaban en el firmamento del municipio de Girón tenían una extraña quietud.
Estuvimos largo rato con los pies sobre la baranda del puente escrutando elhorizonte negro y suave. Ahí hizo una pequeña confesión de porqué admiraba la película el cisne Negro, la verdad no séqué podía hacer un aprendiz de poeta ahora con Natalie Portman (protagonista del cisne negro) o que“putas” tenía que ver el ballet con la poesía. En esas cavilaciones estaba cuando la aurora del nuevo día nos tomó por asalto. Era domingo. -Carajos– sí, era domingo eldía del Señor. Pensé.Desesperada como la cenicienta que pierde su encanto volvió a preguntarme ¿cómo te llamas?¿Quéhaces? – Ahora con más premura- Después de acordar con ella y saber dónde vivía quedamos encontrarnosen la catedral de la sagrada familia a las diez de la mañana porque era el sitio más cercano para ambos.
El Mesías de Handel sonaba en el ambiente, un rayo de luz traspasaba el verdusco vitral de la sagrada familia de Nazaret. Natalie Portmanhacía su entrada por la nave central de la iglesia, llevaba puesto un vestido negro con escote en v, la imagen que tenía de ella ahora se me hacía más clara, nada se parecía a ella. La que había conocido anoche, su hermoso rostro ahora sin maquillaje era cubierto por un velo negro parecido a los que usan las viudas de la cosa Nostra. En su mano izquierda portaba un pequeño abanico y en la otra un devocionario sin estrenar, su taconeo y caminado de pasarela hizo que la vista de los presentes la siguieran. Las oraciones de esa mañana se convirtieron en murmullo. Cuando alzó la vista quedó petrificada y cayó de rodillas ante la imagen de nuestra señora la Virgen al verme recostado junto al altar enfundado en una sotana negra.
*Ubaldo Manuel Díaz, Sacerdote, premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio de periodismo pluma de oro 2018- 2019











