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Literatura y sociedad desde una mirada acevedana

Por Samuel Solórzano

El filósofo Jean Paul Sartre definía el libro como un esfuerzo conjugado del autor y el lector para hacer surgir este objeto concreto e imaginario, y que es la obra del espíritu. El libro es un medio de intercambio cultural donde se filtra la experiencia humana. No menos verdad es que la poesía permea y es permeada por la sociedad. Y Carlo Acevedo es un poeta sensible y comprometido con el contexto social donde él vive. Sus viajes por España y Estados Unidos, así como también su vida en el Caribe colombiano, impregnan con dulzura y lucidez algunos de sus haikus. 

Con Carlo quise conversar sobre la relación entre la literatura y la sociedad, pero más allá de eso pude descubrir cómo confluye el espíritu humano en el tiempo y su capacidad de provocar el cambio desde la perspectiva de una flor hasta de un sólido pensamiento. La conversación tuvo lugar en la Biblioteca del Centro Cultural Comfamiliar Atlántico el 28 de septiembre, un martes por la mañana con brisa pausada y un cielo azul estático, sin nubes. 

Nos recibió en la Biblioteca Ingrid Gómez, gestora de cultura de Comfamiliar y promotora de lectura de niños y jóvenes. Ella nos ayudó a encontrar un lugar apropiado para poder grabar la conversación sin el menor problema. Fue casi como un mini tour por la Biblioteca que es como una casa inmensa cuyas paredes son horizontes amables. Vimos la parte de atrás de la biblioteca, donde hay largos jardines y palmeras, y como si fuese Machu Picchu, un breve teatrino romano interrumpía, con violencia maravillosa, las verdes hileras de arbustos al final de todo.

Ingrid consideró que era mejor que Carlo y yo nos ubicáramos dentro de la sala de lectura, por el silencio. Y en realidad no molestaríamos a nadie con nuestras voces porque, de no ser por una joven trabajando con su portátil y audífonos y un señor leyendo en una mesa distante, la sala estaba completamente vacía en un martes por la mañana. 

Nos ubicamos en una mesa apartada y conversamos amenamente, primero sobre Punto y Seguido, el taller de escritura que Carlo dirige, y luego sobre algunas actividades con respecto al periodismo. Finalmente, con mucha amabilidad, Carlo me prestó su celular para grabar la conversación porque, por situaciones anodinas, ese día salí del Transmetro sin el mío (guiño a la seguridad).

Ambos con mascarillas, aún la sonrisa de Carlo se percibe tras ese velo negro o azul quirúrgico. Cuando la palabra poesía se menciona, los ojos de Carlo parece que de repente se descubren en medio de una noche apacible que llamamos realidad. Cuerpo y cosas están oscuras, aunque sean las 9:30 a. m. de un martes cualquiera, pero los ojos de Carlo traspasan luz y sombra. A continuación, comparto la conversación que tuvimos en torno a la literatura y la sociedad. 

Samuel Solórzano: ¿Piensas que la literatura es capaz de reflejar la sociedad, y por consiguiente, ser herramienta para analizarla?

Carlo Acevedo: Es una pregunta bastante amplia. Hablar de literatura, en términos generales, podría ser riesgoso para responderla. No todos los textos o géneros presentan una relación frontal con la sociedad, aunque sí la haya, porque está escrita por personas de todo tipo que viven en una sociedad, bajo ciertos contextos que generan ciertos efectos emocionales, intelectuales y reflexivos. Pero no podría decir que todo texto literario funcione para leer la sociedad. Evidentemente hay textos que son más frontalmente políticos, que retratan con cierta precisión una sociedad; hay textos que se alejan un poco y exploran otras experiencias humanas. Por otro lado, creo que podemos pensar en autores que en verdad permiten leer algunos aspectos de la sociedad. La poesía hispanoamericana durante el siglo XX (décadas 60s, 70s, 80s) tuvo muchos representantes de una poesía social, cuyos textos estaban atravesados por los acontecimientos del momento, como es el caso de Roque Dalton en El Salvador o de Ernesto Cardenal en Nicaragua. Es claro que hay una relación entre literatura y sociedad, pero creo que sería excesivo pensar que cualquier texto literario sirve para comprender la sociedad, porque también hay autores que tocan otras experiencias humanas un poco más elusivas, oscuras e indescifrables.

Samuel Solórzano: Luego de destacar el papel del autor, me gustaría preguntarte ahora por el lado del lector. ¿Crees que los hábitos lectores del siglo 21 tienen incidencia en la producción actual del autor? 

Carlo Acevedo: Antes que nada, creo que es importante pensar en los distintos contextos. Probablemente no sea lo mismo un autor latinoamericano que uno estadounidense. Para el autor estadounidense, los hábitos de lectura en el mercado sajón quizás sí influyan en su escritura, porque hay un mercado que genera muchas utilidades; hay autores y autoras que viven bien de su escritura, lo cual es menos común en nuestro mercado hispano. Para mí, imaginar recibir un anticipo de una editorial para enfocarme solo en un proyecto de escritura, y completar así un libro sería algo irreal. Yo creo que en el mercado hispano muy pocos autores pueden hacerlo. Claro, habría que hacer una distinción con respecto a lo que yo quiero escribir: si serán textos con valor literario o bestsellers, para obtener ingresos un poco más amplios. Pero creo que, en términos exclusivamente literarios, los hábitos de lectura quizás no influyan en la escritura del autor porque realmente no hay un mercado que pueda limitarlo de una manera concisa, como sí podría suceder en otros mercados. Con esto no pretende demeritar a los escritores estadounidenses, quienes por supuesto han escrito muy buena literatura, pero obviamente tienen dinámicas de mercado muy dicientes.

Samuel Solórzano: Ahora que entramos en esa relación de autor-lector, ¿crees que un autor puede despreocuparse totalmente del contexto social en el que se inscribe, e ignorar totalmente a sus posibles lectores?

Carlo Acevedo: Con respecto al autor que quiere desentenderse totalmente de su contexto social, quiero recordar al escritor George Orwell, quien escribió un ensayo personal, ¿Por qué escribo?, en el que señala que un autor tiene siempre unas motivaciones especiales para escribir, de entre las que se destaca la motivación política. George Orwell reinterpretó y amplió el concepto de lo político más allá de lo que comúnmente entendemos como político: el tema social, la seguridad, lo económico, lo electoral. Temas que son, por supuestos, esencia de la política, pero Orwell agrega que un escritor siempre tiene una motivación política porque los libros siempre ofrecen una manera de contemplar. Y así, si intentamos influir en las miradas de las personas que nos leen, ya estamos incurriendo en un acto político, si entendemos la política como la forma de cambiar una sociedad. Si buscamos de alguna manera transformar las miradas de las personas, estamos también transformando la sociedad. Tal vez no de una manera tan amplia o directa, pero sucede. Es como leer un buen poema, todo se vuelve distinto al final.

Samuel Solórzano: Hay escritores que dominan mucho la cultura de una sociedad y se convierten en escritores totémicos como Aristóteles, Confucio, Descartes, Karl Marx, entre otros. ¿Crees que por los cambios que ocurren en la sociedad, de orden moral o de correspondencia cultural, puedan provocar que las futuras generaciones se distanciarán tanto de esos escritores canónicos hasta ya ni recordarlos?

Carlo Acevedo: Una pregunta bastante compleja. Me gustaría mencionar el caso de Kafka, fundador de una importante narrativa del siglo XX. Tengo un amigo, también escritor, Fabián Buelvas, que dice que el siglo XX fue el siglo de Kafka, un autor canónico, por ejemplo. Y le cedo la razón. Pero también, a mi modo de ver, el canon está establecido y tradicionalmente ha servido como una limitación. A pesar de mostrarnos a  grandes autores, en términos literarios y académicos, aquello ha limitado nuestras posibilidades como lectores. Yo creo que ahora, por las posibilidades de acceso a la información y distribución de textos de autores y autoras de otras lenguas o propias, más que tener la posibilidad de olvidar a los escritores canónicos —que no dudo que se hayan ganado su lugar en la cultura—, tenemos más opciones de lectura, de descubrir nuevos autores y descubrir manifestaciones culturales de poblaciones que probablemente no han tenido el foco, por no tener algún poder político o económico preponderante en el mundo.  Más que pelear en contra del canon, yo estoy a favor de que se amplíe y se incluyan más nombres. Y que más autores y autoras sean incluidos en las librerías, bibliotecas, festivales.

Samuel Solórzano: Ahora que hablamos de ampliar el canon y conocer nuevos nombres, me gustaría que me hablaras un poco de esa bella experiencia de la recopilación de haikus y que fue distribuido en una página de internet llamada Lugar Poema. ¿Qué haikus o poetas deberían tenerse más en cuenta en la actualidad, los de la tradición o nuestros contemporáneos?

Carlo Acevedo: Lugar Poema es una revista digital, para la que preparé este dossier de haikú. Esta revista la dirige una poeta colombiana, de Neiva:  Margarita Losada. Lo que hice fue preparar unas 6 publicaciones, en las que traté de hacer un recorrido por la tradición del haikú japonés, empezando por el siglo XVIII, hasta llegar a mediados del siglo XX. Luego hice un par de publicaciones de haikú hispanoamericano. En una primera instancia, publiqué una selección de Juan José Tablada, quien escribió los primeros haikú en español, los que conforman  Un día: poemas sintéticos. Y luego hice una selección de poetas contemporáneos. 

Ahora, con respecto a tu pregunta, el haikú le presenta retos al lector que desea familiarizarse y acercarse a su poética. En ese sentido, creo que es importante explorar algunos asuntos prematuros de la tradición, para así comprender poco a poco su poética, cómo se ha transformado, qué se le ha añadido. Podría suceder que, si empezamos leyendo a autores del siglo XX (como a Santoka, quien tiene poemas bastante experimentales para su época), si uno no entiende lo que estos poemas más contemporáneos están rompiendo, seguro que ese tipo de poesía resultará bastante hermética. Entonces, para mí es interesante saber relacionarse con las poéticas iniciales, para luego poder comprender los cambios. No me refiero a que nos volvamos expertos del haikú, pero sí creo que leer los haikús fundacionales, o incluso anteriores a la fundación de esta forma, nos puede servir para leer a los autores contemporáneos e hispanos.

Samuel Solórzano: El haikú, a lo largo de los siglos, ¿ha podido capturar la dimensión social de cada época?

Carlo Acevedo: En realidad, sí, en especial si pensamos en la época en que se fundó: el siglo XVII, a través de Matsuo Basho. Los poetas eran personajes importantes dentro de la cultura. Eran reconocidos, viajaban mucho, escribían poesía a lo largo y ancho del imperio japonés. Entonces sí había una relación directa con la sociedad.  Considerando la tradición del haikú, además, muchos de los autores fundacionales estuvieron vinculados con algo muy importante en la sociedad japonesa: el budismo zen. No eran textos propiamente religiosos, pero, de alguna manera, sí contenían el sistema de pensamiento y estéticas que ya hacían parte de la cultura a través de la religión.

Los japoneses siempre fueron muy tradicionalistas o muy respetuosos con su herencia, a pesar de que transformaran e innovaran con esta nueva forma poética, la que es una de las formas poéticas más revolucionarias, incluso en nuestros días. Dentro de estos textos, se puede leer entrelíneas la filosofía budista, la filosofía de Confucio, la filosofía taoísta. Es evidente que el haikú tiene una relación con la sociedad y la cultura, y, en aquel entonces, tenía una posibilidad tremenda para hablarle a la gente sobre las estaciones del año y sobre lo que las mismas personas hacían en su cotidianidad, de acuerdo al paso del tiempo. Lo que surgía en distintos momentos del año se plasmaba en los textos.

Frontalmente, no hay tantos haikús políticos, o no conformaron estos su rubro más significativo, pero sí había una relación íntima con la sociedad.

Samuel Solórzano: Me gustaría terminar esta agradable conversación con algún haiku de tu autoría o de un autor que aprecies.

Carlo Acevedo: Realmente, el haiku que más recuerdo es uno de Jorge Luis Borges. Está en La cifra, uno de sus últimos libros. Lo escribió cuando ya estaba bastante mayor. Él escribió sus únicos 17 haikús en este libro. Como todo en Borges es metaliterario, supongo que los 17 poemas son una metáfora de las 17 sílabas del haikú. No puedo decir que es mi haikú favorito, prefiero no decir algo así, pero sí es uno de los poemas que más aprecio y recuerdo.

Antes de pronunciar los 3 versos del haikú borgeano, Carlo colocó sus codos en la mesa y juntó las yemas de sus dedos. Quizás su aliento con melodía de imperios y luciérnagas iba a pasar a través de esa jaula del gesto. Los breves segundos que duró el haikú concretaron el aquí y el ahora de una conversación. De pronto me pareció que la Biblioteca de Comfamiliar era el imperio que se apagaba, y Carlo la luciérnaga que aún escribe su luz en la tierra.

“¿Es un imperio

esa luz que se apaga

o una luciérnaga?”

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