El Mundial es el máximo evento del balompié, por encima de los campeonatos de clubes. El talento de las naciones sigue ganando la batalla a las principales empresas privadas del fútbol: los poderosos clubes europeos.
Por Juan Pablo Osman* – Especial para Lachachara.co
En una sociedad mundial donde cada día se asientan más las leyes de los mercados financieros, donde las multinacionales, transnacionales, bancas mundiales, corporaciones y empresas privadas cada vez se robustecen más y los Estados, las Naciones, se reducen de manera inversamente proporcional, el fútbol no escapa de esta lógica.
Los grandes clubes de fútbol de Europa juegan ese papel del poder privado y las Selecciones Nacionales reflejan el debilitamiento del Estado-Nación. El talento futbolístico nacional del mundo entero huye a las principales empresas privadas internacionales: los poderosos clubes de fútbol europeos. Allí los jugadores encuentran un poder adquisitivo y una calidad de vida de élite socioeconómica, ejerciendo laboralmente lo que saben hacer de forma innata.
Estos jugadores fijan en esos países sus lugares de residencia permanente, asisten cada día a trabajar a estas empresas, se ponen el uniforme de esas compañías más de 250 días del año e incluso adquieren la nacionalidad de los países donde están establecidos estos imperios deportivo-económicos.
Del otro lado, las competencias futbolísticas entre países cada vez cuentan con menos tiempo de preparación, los jugadores llegan a estos torneos con 50 partidos en sus cuerpos y mentes, para las eliminatorias al Mundial los futbolistas viajan gran cantidad de kilómetros y muchas veces duermen únicamente tres noches en zonas horarias, climáticas y geográficas radicalmente opuestas al lugar donde residen antes de entrar a la cancha a jugar con diez compañeros que han visto tan solo durante cuatro días previos al partido.
Los jugadores de fútbol se ponen el uniforme nacional unas 30 veces al año, en el mejor de los casos, incluidos entrenamientos. Pensar que durante el Mundial de Fútbol una Selección Nacional comparte máximo dos meses de convivencia y juega un máximo de siete partidos suena descompensado si se tiene en cuenta que en Europa se juegan entre 40 y 60 partidos durante 10 meses para definir los títulos, y eso que hablamos del Mundial, supuestamente el torneo de fútbol más importante del planeta.
La gran pregunta que surge frente a este contexto es, ¿cómo lograr que esos futbolistas de élite muestren un buen nivel futbolístico en las competencias nacionales, cómo lograr que sientan una identidad hacia la camiseta del país donde nacieron pero que representan con tan poca frecuencia?
El Mundial en curso nos ha mostrado que las Selecciones Nacionales que más problemas están teniendo para encontrar un óptimo nivel colectivo e individual son, justamente, aquellas con mayoría de jugadores pertenecientes a esa élite futbolística privada.
Brasil, Argentina, Bélgica, Italia, España e Inglaterra llegaron a la cita orbital plagados de estrellas fulgurantes, protagonistas en los más grandes equipos europeos y ganadores de los títulos más importantes en el mundo del fútbol de clubes. Sin embargo, el rendimiento de esos futbolistas no ha estado acorde a todos estos pergaminos y, por el contrario, no ha llenado las expectativas de espectadores y críticos.
Del otro lado encontramos Selecciones que han sorprendido por su juego colectivo, su cohesión, los conceptos tácticos y estrategia dentro de la cancha como Francia, México, Chile, Costa Rica, Argelia, Estados Unidos, Suiza, en algunos momentos Croacia y Australia y, especialmente, Colombia, considerada por la prensa internacional como el equipo más sólido y regular del torneo hasta ahora. De forma llamativa, todas estas Selecciones, contrario a las Selecciones «decepcionantes», tienen en su plantilla a muy pocos o ninguno de sus integrantes vinculados a los grandes clubes europeos.
Colombia, por ejemplo, cuenta con la inmensa mayoría de sus futbolistas jugando en Europa pero pocos pertenecen a los principales equipos del viejo continente, de hecho solo Cristian Zapata y Camilo Zúñiga (AC Milan y Nápoles) juegan en planteles que participaron en la reciente fase final de la Uefa Champions League, el gran espectáculo del fútbol privado por excelencia. Exactamente lo mismo ocurre con cada una de las Selecciones destacadas que mencioné.
En este contexto llaman la atención los casos de las selecciones de Alemania y Holanda. La primera juega con un gran bloque de seis y hasta siete jugadores pertenecientes al majestuoso Bayern Múnich, una de las empresas privadas más poderosas del planeta fútbol. Creo que el hecho de contar con tantos futbolistas jugando en un mismo club marca la diferencia: los alemanes entran a la cancha a replicar, imitar, continuar mucho de lo que han hecho todo el año en el club muniqués, prácticamente juegan de memoria. En el caso holandés, el entrenador Louis van Gaal, un viejo zorro del fútbol, confeccionó un equipo cuya base son jóvenes que aún juegan en clubes holandeses, que aún no han acaparado las grandes portadas ni ocupan sitios de honor en la élite del fútbol, apoyados por cuatro súper estrellas como Kuyt, Robben, van Persie y Sneijder, es decir, un equipo equilibrado en sus «clases sociales», y justo así es su funcionamiento en el terreno de juego.
Ante esta situación cabe preguntarse: ¿aquellos jugadores que pertenecen a la empresa privada de élite en el fútbol se han «acomodado», gozan de tal nivel de vida, se mueven en tales círculos de poder socioeconómico, disfrutan de tales éxitos en la empresa privada que el hambre de triunfo con sus países ha disminuido en ellos? Es interesante observar cómo las Selecciones Nacionales con jugadores de un perfil más bajo se han rebelado frente a las estrellas, han jugado con gran entrega, sacrificio, esfuerzo, disciplina, amor propio, colectividad, sentido de trabajo en equipo y concentración, maniatando en muchas ocasiones a los aristócratas de los que aún todos esperamos la magia. Las Naciones le han plantado cara a la élite multinacional. El Estado ha intentado reivindicarse frente al poder corporativo privado.
Sin embargo, al gran baile de cierre de la fiesta de Brasil 2014 están invitadas casi todas las estrellas de la élite futbolística, algunas se han quedado fuera pero la mayoría estará presente. El baile también será amenizado por unos invitados que muchos no veían con suficientes credenciales para tan magna ocasión, se ganaron a pulso su derecho a estar ahí, incluidos los colombianos, pero serán minoría.
Aún falta escuchar la última canción de esta gran fiesta y solo entonces sabremos si en el balance final las Naciones lograron rebelarse y tomarse el salón de baile o los aristócratas del fútbol mantuvieron su poderío y dominio.
Tal parece que aún faltan unos cuantos años para la rebelión definitiva pero en este Mundial ha habido más de un serio conato de revolución proletaria. ¿Se tomarán los rebeldes colombianos la burguesa fortaleza brasilera?
*Juan Pablo Osman Flores es periodista y cineasta de Barranquilla
















