El ruido de sables entre el ministro Padrino y Maduro y Cabello, pudo tener la incidencia remota, pero presente, del portaaviones George Washington.
Por Jorge Sarmiento Figueroa
El temblor político que sacudió a Venezuela en las urnas este fin de semana no tuvo el eco de violencia que se temía, si se tienen en cuenta los anuncios del propio presidente Nicolás Maduro de salir a las calles a defender su causa a toda costa. De hecho, la sorpresa mayúscula luego de conocerse los resultados electorales fue la actitud serena con que aceptó en público la derrota.
Ese gesto no pasó desapercibido para nadie y de hecho fue tomado como caballo de batalla de cada bando, el de los seguidores del gobierno que lo asumen como una expresión de la magnificencia de su líder; y el de los opositores, que lo tomaron como un acto sospechoso, poco creíble.
Desde España, por ejemplo, Juan Carlos Monedero, líder del partido de izquierda Podemos, expresó que por el resultado de las elecciones y la manera como se llevaron a cabo de principio a fin, «Venezuela ha estado a la altura: elecciones limpias y reconocimientos sin duda alguna del resultado». Y acto seguido preguntó: «Si Venezuela es una dictadura ¿cómo es posible que haya ganado la oposición?».
Desde el otro bando, en cambio, se han empezado a atar cabos informativos para argumentar que la actitud de Maduro no fue gratuita y más bien fue el resultado de una serie de causas que presionaron tanto al mandatario hasta hacerlo desistir de la idea anunciada de dar la batalla en las calles.
Según informa Elnuevoherald.com en las primeras horas del 7 de diciembre se dio una reunión entre Nicolás Maduro, Diosdado Cabello y el ministro de Defensa Vladimir Padrino en la que los dos primeros habrían pretendido modificar de manera fraudulenta los resultados electorales, a lo cual el ministro se habría opuesto de manera enfática por «las consecuencias violentas que desestabilizarían al país». Esa oposición del hombre fuerte del Ejército venezolano resultaba demasiada grande aún para el poder político de Maduro y Cabello, quienes sabían por boca del mismo ministro que el portaaviones americano George Washington navegaba a una distancia desde la cual su poder se sentía. Esa era una amenaza que no pudieron desoír.

El presidente Joaquín Balaguer fue un juicioso miembro del séquito de Trujillo. Hasta cuando este fue asesinado.
Este episodio hace recordar las primeras escenas posteriores al magnicidio de Leonidas Trujillo en República Dominicana, en 1961, cuando el presidente Joaquín Balaguer asume el poder y se enfrenta a los hermanos e hijos del asesinado dictador. En una escena crucial, según lo cuenta el Nobel Mario Vargas Llosa en el libro ‘La fiesta del chivo’, los hermanos Petán y Héctor llegan como perros rabiosos al palacio presidencial dispuestos a matar a Balaguer por considerarlo parte de la conspiración, pero este último los recibe sereno, y con frialdad les señala la ventana para que observen a pocas millas la bandera americana ondeando sobre el crucero de guerra Little Rock y los portaaviones Valley Forge y Franklin D. Roosevelt.
Bastó esa mirada para que Balaguer salvara su vida y el poder, como pudo haber bastado ahora más de 50 años después, cuando un nuevo país latinoamericano habría sentido la voz silenciosa pero dura de la marina norteamericana en el ejercicio de su gobierno. Aunque para los venezolanos de a pie, sobre todo para los de la oposición, su voto no necesitó la fuerza de los ‘marines’ para hacerse sentir en las urnas, si el episodio de Maduro, Cabello y el ministro Padrino fue tal y como lo cuentan, un nuevo capítulo de intervencionismo se habría movido en el ajedrez geopolítico del continente sin que la mayoría de la sociedad siquiera se haya dado por enterado.
Al final, la escena de Maduro reconociendo los resultados puede quedar como un gesto noble que permite a los venezolanos esperanzarse en una transición política pacífica y respetuosa de los principios democráticos. Aunque no todos piensen de esa manera.
«Tuvimos una victoria como oposición a las malas ideas. Aquí ganó la verdad y se derrotó la mentira. Se derrotó la falsedad. Se derrotaron los atropellos de gente irresponsable», aseveró con alegría un profesor universitario de Venezuela poco después de las elecciones. Para él y para muchos esta es la realidad con las que les vale celebrar. Lo demás, es cuento gringo.















