Un ‘hacker’ pretendió hacerse millonario a costa de una estrategia ramplona, torpe y cínica. Me ‘mandó’ para Costa de Marfil a que me cocinara una tribu en una olla de barro.
Por Rafael Sarmiento Coley
La primera llamada la recibí de Alcalá de Henares, al otro lado del océano a las seis de la mañana. “Rafa, ¿qué fue lo que te pasó?, ¿Tú qué hacías por Costa de Marfil? ¿Dónde estás, hermano? Estamos muy preocupados ya me llamaron de Barcelona tu hermano José María, tu cuñada y tus sobrinos alarmados”.
Disfrutando de la primera taza de café que me preparó mi esposa Nira Figueroa de Sarmiento, con la mayor calma le respondí a mi cuñado, el caricaturista internacional Omar Figueroa Turcios, o simplemente Turcios: “Estoy aquí en Barranquilla, tranquilo, sentado en el patio de mi casa, no he viajado en estos días, y menos a Costa de Marfil, un paraíso tan lejano en el norte de África, con balnearios vírgenes y otros menos vírgenes”.
Después siguieron llamadas de solidaridad de Montreal, Ontario, Nueva York, Ciudad de México, Perú, y las de aquí: Ventura Díaz; de la Arboleda, mi sobrino Sergio Sarmiento, y la llamada urgente del Concejal y candidato a repetir curul Óscar Darío Galán: “Estoy llamando para ver a qué cuenta le consigno unos 10 dolaritos que pienso enviarle al hermano Rafa allá a Costa de Marfil”.
Como el suscrito era el mismo que estaba respondiendo el teléfono, le dijo: “hombre, Oscar David, traérmelos aquí, no los mandes para ninguna parte porque se pierden”.
Así, en medio de bromas con familiares y amigos, gracias a la magia de internet, en un santiamén, gracias a los servicios efectivos de Google, solicitados por mi hijo Jorge Mario Sarmiento Figueroa, el Editor General de nuestro portal www.lachachara.co y de La Cháchara Radio por Autónoma del Caribe 94.1, fue desenmascarado el hacker que hackeó la cuenta de correo de la lachachara.co en gmail y se inventó el cuento chino de mis paseos por el lejano país africano, en donde presuntamente había sido despojado de dinero y otras pertenencias y me encontraba en la inopia. Por lo tanto requería de los buenos amigos para que enviaran de 140 mil dólares en adelante. Era, simplemente, un intento de estafa, pero torpe, burda y cínica.

La mayoría de los habitantes de Costa de Marfil son indígenas, pero tiene una población muy culta debido a que por muchos años fue colonia francesa. Cuenta con hermosos balnearios.
El primero que casi gira semejante cantidad de plata es mi amigo Ventura Díaz Mejía, el popular Caimán Parao. Era parte del recurso con el cual está apoyando la campaña para la Gobernación del Atlántico de su hijo Manuel, quien ya tiene el aval del uribista Centro Democrático.
Menos mal que antes de ir a la empresa de giros internacionales recomendada por el hackeador, Ventura llamó a mi celular, tal como yo solía llamarlo cuando estaba disfrutando del dorado exilio de la diplomacia, para solidarse e informarme que ya salía a ponerme la plata. Que no me preocupara. Le respondí: “Hombre, Ventura, no seas pendejo, tráeme esos dolaretes aquí a mi casa, que tú sabes donde vivo yo”.
–¡Pero es que tú no estás en Costa de Marfil en poder de una tribu salvaje en la selva africana!
–¡Qué tribu salvaje, ni qué selva africana ni qué ocho cuartos. Estoy en el patio de mi casa en Barranquilla y te recuerdo que Selva Africana y la Puya Loca eran dos verbenas de Carnaval de la colega Mabel Morales!
–Alex Lewis ya había adelantado una colecta entre sus patrocinadores para ir a Costa de Marfil, “así sea en una balsa, a rescatar al valioso colega Rafael Sarmiento Coley, que está en poder de una tribu salvaje que lo tiene desnudo en una tinaja de barro encima de unos leños apagados que pronto estarán ardiendo”.
Por fortuna todo eso fue parte de un novelón, como consecuencia de la hackeada de nuestra cuenta de correo de Lachachara.co. Claro que el susto fue grande. Porque hubo noches en que soñé verme rodeado de unos indios semi-encueros armados de flechas envenenadas que me miraban con ojos amenazantes como los de los cobradiarios, y una indias flacas que me miraban con burla, con unos ojitos de culebra como los de Marinita Hurtado cuando uno va a visitar a su jefe Toño Celia en Promigas.
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