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La historia oculta de Wilfredo Rosales, la Biblia del Vallenato

Por: Francisco Figueroa Turcios

Ahora que las redes sociales se han convertido en una vitrina para celebrar los resultados de las Pruebas Saber 2026 y los puntajes de los estudiantes que sueñan con llegar a la universidad, Wilfredo Rosales vuelve la mirada cuatro décadas atrás.

Wilfredo recuerda con nostalgia los 350 puntos que obtuvo en las pruebas del ICFES hace 40 años, pero, sobre todo, habla de lo que ocurrió después. —Hace 40 años yo saqué 350 puntos en las pruebas del ICFES. Mi padre, Alfonso Rosales, me llevó para Venezuela a tirar machete y ordeñar vacas porque no tenía para darme estudio— recuerda con nostalgia Wilfredo Rosales.

Aquellos 350 puntos no fueron la puerta de entrada a una universidad. Fueron, paradójicamente, el comienzo de un camino mucho más duro. Su padre tuvo que escoger entre lo que permitían las necesidades económicas de la familia y lo que soñaba su hijo. Y Wilfredo Rosales terminó cambiando los libros por el machete, el pupitre por los corrales y los cuadernos por los baldes de ordeño.

Soñaba con estudiar idiomas…

En las aulas del colegio San Juan Bautista de La Salle, en Sincé, Sucre, Wilfredo Rosales compartía con sus compañeros aquellas conversaciones que suelen acompañar los años del bachillerato: ¿qué seremos cuando terminemos el colegio?, ¿qué carrera estudiaremos?, ¿hasta dónde llegarán nuestros sueños?

Mientras unos imaginaban sus profesiones, Wilfredo también tenía la suya perfectamente definida. Su sueño era estudiar Idiomas. Lo decía con orgullo, como quien ya comenzaba a dibujar en su imaginación el futuro que quería conquistar.

Pero había una realidad que Wilfredo todavía no alcanzaba a comprender en toda su dimensión: en su casa no existía la fuerza económica necesaria para financiar una carrera universitaria. El sueño estaba ahí, intacto, pero el dinero no.

Y entonces la vida le cambió los libros por las labores del campo. Su padre, Alfonso Rosales, tomó una decisión que en aquel momento no parecía tener relación alguna con los sueños de su hijo, pero que terminaría convirtiéndose en uno de los capítulos fundamentales de su historia: se lo llevó a Venezuela, al estado Zulia, para trabajar en las labores del campo.

Allí, lejos de las aulas del colegio San Juan Bautista de La Salle, Wilfredo tuvo que aprender otra clase de lecciones. Le tocó ordeñar vacas, trabajar la tierra y tirar machete bajo el sol, enfrentándose a una realidad mucho más dura que cualquier examen escolar.

El muchacho que soñaba con convertirse en docente de idiomas tuvo que guardar temporalmente los libros y empuñar el machete. Pero los sueños, cuando son verdaderos, no siempre mueren porque la vida los golpee. A veces se esconden, esperan y buscan otro camino. Estudiar idiomas quedó entonces como un sueño pendiente.

Venezuela: sol a sol…

El destino de Wilfredo Rosales fue el estado Zulia, en Venezuela. Allí comenzó una etapa que marcaría para siempre su carácter. Trabajó de sol a sol en las fincas Charaima, Sombra Verde y El Loco. Mientras otros jóvenes de su generación avanzaban en sus estudios, Wilfredo Rosales aprendía otra clase de lecciones. Las labores del campo: ordeñar y tirar machete!

Wilfredo Rosales, aprendió a levantarse temprano, a soportar el sol, a trabajar cuando llovía y a entender que el cansancio también podía convertirse en una escuela. El muchacho que había conseguido 350 puntos en el ICFES comenzó a acumular otra clase de conocimientos: los que no aparecen en ninguna prueba escrita.

En el campo aprendió de animales, de hombres, de cosechas, de sacrificios y de madrugadas. Sin saberlo, estaba construyendo la resistencia que muchos años después necesitaría para convertirse en uno de los grandes conocedores de la música vallenata.

El regreso a Since

Foto: Wilfredo Rosales, en su natal, Sincé, Sucre

En 1988 Wilfredo Rosales regresó a su tierra natal, Sincé, Sucre. Pero volver a casa no significó encontrar inmediatamente el camino que buscaba. Continuó trabajando en el campo.

A finales de 1988 y durante gran parte de 1989 estuvo empleado en fincas de familias adineradas de Sincé. También trabajó junto a su tío Pedro Julio. —Trabajaba con mi tío Pedro Julio realizando corrales de bareta— recuerda Wilfredo Rosales

La vida seguía transcurriendo entre animales, cercas, corrales y jornadas interminables. Verano o invierno. No importaba. Todos los días había que levantarse para cumplir con el trabajo. Y llegó un momento en que Wilfredo entendió que no podía seguir viviendo aquella misma historia. A finales de 1989, cansado de levantarse todos los días para ordeñar el ganado y de una vida en la que las oportunidades parecían estar siempre lejos, tomó una decisión. Había que buscar otra alternativa.

Octubre de 1989: Medellín…

En 15 de octubre de 1989 Wilfredo Rosales emprendió viaje hacia Medellín.

La capital de Antioquia era entonces una ciudad desconocida para aquel hombre nacido en las sabanas de Sucre. Pero allí apareció una mano amiga. Una mano que terminó cambiando el rumbo de su vida. Era un paisano de Sincé: Carmelo Arrieta.

Carmelo trabajaba como supervisor de Covitec Ltda. y fue quien le abrió a Wilfredo las puertas de un nuevo oficio: la vigilancia. —Carmelo Arrieta, un paisano de Sincé, era supervisor de Covitec Ltda. Y aquí tengo 36 años de servicio— cuenta Wilfredo Rosales.

La frase parece sencilla. Pero detrás de ella hay toda una vida. Porque aquel hombre que había llegado a Venezuela para tirar machete y ordeñar vacas, que después había regresado a Sincé para construir corrales de bareta, encontró en Medellín una nueva oportunidad.

La vigilancia se convirtió en su oficio. Y los años comenzaron a pasar. Uno. Cinco. Diez. Veinte. Treinta. Hasta completar 36 años de servicio

La vida también tiene sus propias pruebas

Tal vez por eso Wilfredo mira hoy con otros ojos las noticias sobre los jóvenes que obtuvieron los mejores puntajes en las Pruebas Saber 2026. Wilfrido esta orgulloso con la joven corozalera Isabella Hernàndez que obtuvo el mejor puntaje en las pruebas Saber 2026 en el departamento de Sucre en colegios públicos.

Él sabe que un número puede abrir una puerta. Pero también sabe que un número no determina el destino de una persona. Los 350 puntos que consiguió hace 40 años no alcanzaron para llevarlo a una universidad. Lo llevaron a Venezuela. Lo llevaron a las fincas Charaima, Sombra Verde y El Loco. Lo llevaron a tirar machete. A ordeñar vacas. A construir corrales de bareta.

Lo llevaron después a Medellín. Y allí, de la mano de un paisano, encontró la vigilancia. Pero la vida tenía reservada para él otra misión. Porque mientras trabajaba como vigilante, Wilfredo Rosales fue construyendo silenciosamente otra profesión: la de custodio de la memoria del vallenato.

Foto: Faustino de la Ossa y Wilfredo Rosales. dos hijos de Sincè

Hoy, cuando habla de un artista, aparecen fechas, nombres, canciones, lugares y acontecimientos. La memoria de Wilfredo Rosales parece no tener candados. Su archivo está en la cabeza. Y cada historia que cuenta es una página de ese libro que comenzó a escribir sin saberlo desde aquel día en que su padre lo llevó a Venezuela porque no tenía dinero para pagarle los estudios.

Quizás por eso su historia tiene una enseñanza más profunda que cualquier resultado de una prueba. Hay talentos que no caben en un puntaje. Porque Wilfredo Rosales obtuvo 350 puntos en una prueba hace 40 años, pero la vida le puso delante un examen mucho más largo.

Uno que duró décadas. Y en esa prueba, la que no aparece en ningún boletín de resultados, tuvo que aprender a resistir, a trabajar, a levantarse, a buscar oportunidades y, finalmente, a encontrar su propia vocación. Hoy, cuando abre el libro de la memoria vallenata, aparecen los nombres de los grandes. Pero pocas veces aparece el suyo. Esta es la historia que estaba detrás.

La historia del hombre que alguna vez tuvo que cambiar los libros por el machete y los pupitres por los corrales, y que terminó convirtiéndose, con los años, en la Biblia del Vallenato. Porque algunas vidas no se escriben con títulos universitarios. Se escriben con esfuerzo. Con madrugadas. Con sacrificios. Con puertas que se cierran y otras que, inesperadamente, se abren.

Y la de Wilfredo Rosales comenzó a escribirse precisamente allí, entre el polvo de las sabanas de Sucre, el ganado del Zulia y las calles de Medellín. La vida le negó una universidad, pero terminó convirtiendo su memoria en una biblioteca.

Sobre el autor

Comunicador y Periodista. Editor deportivo de Lachachara.co, tiene experiencia en radio, prensa y televisión. Se ha desempeñado en medios como Diario del Caribe, Satel TV (Telecaribe), RCN, Caracol radio, Emisora Atlántico, Revista Junior. Fue Director deportivo de la Escuela de fútbol Pibe Valderrama y dirigió la estrategia de mercadeo y deportes de Coolechera. Para contactarlo: Email: figueroaturcios@yahoo.es
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