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La herencia del narcotráfico

En Medellín protestaron por el estereotipo narco estético que se le endilga a nivel mundial. Pero esa herencia no solo es de ellos, sino de todos los colombianos.

Por Soledad Leal

[caption id="attachment_30073" align="alignright" width="442"]Con estas fotos, The Guardian ilustró reportaje sobre “narco-estética” en Medellín. Con fotos como esta, The Guardian ilustró reportaje sobre “narco-estética” en Medellín.[/caption]

Estoy de acuerdo con la protesta en Medellín porque se habla de la narco estética que allá existe. Lo cierto es que ese fenómeno está presente en todo el país y no exclusivamente paisa, aunque allá tenga además un marcado “acento” lingüístico muy particular, que fue aquí en Colombia donde se puso de “moda” con ‘Rosario Tijeras’ desde hace muchos años.

Investigadores, sociólogos y lingüistas, reconocidos en nuestro país hablan de un fenómeno “narco estético” que no sólo atraviesa por el aspecto de las mujeres, sino también por el de los hombres, por el lenguaje y por las costumbres y valores que hemos ido asumiendo.

[caption id="attachment_30072" align="alignleft" width="232"]Las modelos narco estéticas se nos venden a diario en la televisión. Las modelos narco estéticas se nos venden a diario en la televisión.[/caption]

Sería tonto esconder que por ejemplo en el mundo del modelaje tenemos la rareza de que las mujeres más aclamadas en pasarela son las más voluptuosas, en las carátulas de los CD aparecen por montón, y tenemos invadido el cyber espacio con páginas y sitios de prepagos. En las universidades –sea cual sea el estrato- ya las mujeres no van de jean, camiseta y tenis, sino ataviadas como para un “casting” de pasarela. Y aún las chicas “formales” con poca “delantera” en algún momento se preguntan “¿será que me pongo tetas?”. Y las señoras, aún después de los 50, todavía piensan en enormes “pompis” que pueden lucir con “ayuditas”.

Pero los hombres de todas las edades también están inmersos en estas manifestaciones de la cultura narco y traqueta. Los carros “masculinos” son las camionetas cuatro puertas. Ningún otro vehículo. Las gafas oscuras las llevan aún dentro de los centros comerciales, e incluso de noche. Las cadenas y prendas de oro ya no son exclusivas de boxeadores en subida. El cabello rapado a los lados, las camisas ajustadas, dejaron de ser propias de chicos en etapa de rebeldía. Y ni hablemos del afán de lograr dinero como símbolo de “éxito”: La autorealización, el servicio a los demás, la bondad del alma, son valores y principios arcaicos, obsoletos, dinosauricos.

[caption id="attachment_30071" align="alignright" width="363"]El joven que más billete muestre, que mejor camioneta maneje, es el mejor para las mujeres. El joven que más billete muestre, que mejor camioneta maneje, es el mejor para las mujeres.[/caption]

¡¡¡Y el lenguaje!!! Todos hemos aprendido a usarlo: la vuelta, póngale tatequieto, los piso, la respuesta agresiva y violenta, la amenaza velada de “tengo un amigo…en la Sijin, el DAS, etc.” se han vuelto cotidianas, normales, usuales. Hoy, los jóvenes empresarios se visten como tal, conducen como tal, hablan como tal…e incluso se comportan como tal. Las “mordidas” y “comisiones” son pan de cada día. En la televisión los “realities” son la máxima aspiración de trabajo para millones de jóvenes; las series y novelas cuentan las vicisitudes de la vida narco y la cultura traqueta. Y no podemos olvidar que los medios de comunicación suelen ser nuestros modelos de actuación y primera fuente de valores.

De manera que a qué viene tanta indignación de una verdad sabida, estudiada e incluso ineludible: convivimos toda una generación con el narcotráfico, lo normalizamos, lo incluimos, lo aceptamos. ¿Qué más podía pasar distinto a asumirlo como parte de nuestra evolución cultural? Vivimos aquí, no somos ángeles y somos muy imitadores de aquello que secretamente admiramos porque finalmente el dinero, la plata, es la que vale. Y ante ella se rinde todo y es la ambición de cada habitante de este difícil país.

De manera que estamos tan inmersos en el fenómeno que no somos capaces de mirarlo. Falta que otro nos lo muestre en el espejo.

Y entonces, como en el retrato de Dorian Gray, no nos gusta lo que vemos.

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