«El Triunfo de la muerte» (1560) Pieter Brueghel el Viejo
Por Samuel Solórzano Cisery
Quiero hacer una inquisición sobre la novela Las intermitencias de la muerte del Nobel portugués. Creo que si su intención al escribirla fue el de delinear la trampa que supone una vida eterna, Saramago falló. Ahora bien, la ironía de Saramago y su inteligencia lo salvaguarda de esta posibilidad porque lo cierto es que su novela propone un horizonte distinto sobre la muerte; y más bien su novela recurre a esa provocación hacia el lector incauto, orillándolo hacia el error de asumir una fijación sobre la eternidad indecorosa y banal. Para aquellos efectos, el lector y el crítico ha escogido mal la obra. Hubiera sido mejor —si su deseo de confrontar la eternidad es persistente— procurar como materia de estudio otras obras que sí plantean un panorama metafísico y cuestionador ante este asunto. Werner Herzog y su película Nosferatu: Phantom der Nacht (1979); Isaac Asimov y su cuento El hombre Bicentenario (1976); El inmortal (1947), celebérrimo cuento de Borges; Gilgamesh (2200 a.C.), antigua epopeya acadia, entre otras obras, son la muestra más apropiada para el estudio de la eternidad asimilada desde la literatura y las artes, las cuales emanan un efluvio agridulce, quizá pesimista. El rastro común de la tradición literaria es la de una eternidad asediada por el monstruo inmundo de l’Ennui, como lo diría Baudelaire, el aburrimiento siendo la criatura que de un bâillement avalerait le monde. Y Schopenhauer por fin lo apostilla brevemente: “El desear la inmortalidad para el individuo es realmente lo mismo que desear un error por siempre”.
Aunque Las intermitencias de la muerte motiva a sus personajes a la reflexión sobre la eternidad en una serie de diálogos filosóficos, más bien aquello ocupa un lugar subyacente ante la verdadera primicia de cómo aborda la trama de una estirada senectud más allá de sus términos. Contrario al registro bíblico donde se plantea la eternidad de la mano de una juventud también eterna, Saramago sorprende al suspender la muerte en su novela pero no la vejez ni la enfermedad. De ese modo, la visión paradisíaca queda nula. La moral y la injusticia continúan el mismo cauce sin perfilar algún cambio además de la determinada exacerbación de las angustias humanas que Las intermitencias de la muerte las traduce en espurias políticas y prácticas sociales deleznables que abocan en absurdos sobre la faz de un país ficticio que ya no puede morir.

Si una buena noticia consiste en suprimir alguna de tus preocupaciones, la reacción es de contentamiento; ahora, si la buena noticia viene acompañada de condiciones más elevadas que las anteriores preocupaciones, no habrá más espacio en ti que la frustración. Este es el quid de la ficción de Saramago y su mayor acometida con las banderas de la ironía. Saramago juega con el deseo de vivir para siempre, inherente en todo individuo, y le da una vuelta de tuerca. A falta de muerte aumenta el sufrimiento de la vejez y de la enfermedad, los habitantes de este país bajo el estado de vida indefinida se carcomen por el regreso de la normalidad. Esta novela trata de un deseo que se cumple de la forma menos deseada. Las intermitencias de la muerte es una novela sobre la frustración narrada desde códigos metafísicos que concierne al tiempo, la muerte, la eternidad.
Quise arriesgarme a señalar la esencia de un relato bajo la sospecha de caer en reduccionismo. Pero no deja de ser válido los análisis de la prosa y la virtuosidad del narrador que Las intermitencias de la muerte despliega y ahora me permito. Sobre la base de la frustración Saramago edifica paisajes tan absurdos que mi imaginación los ubica dentro de pasillos kafkianos que dan vueltas sobre una misma obsesión. El argumento de que la sociedad y la economía de la humanidad funciona en tanto funcionan los fallecimientos resulta agobiante. Comparto un pasaje:
“Multiplicar los hogares del feliz ocaso, no como hasta ahora, aprovechando viviendas y palacetes que tuvieron tiempos mejores, sino construyendo de raíz grandes edificios, con la forma de un pentágono, por ejemplo, de una torre de babel, de un laberinto de Cnosos, primero barrios, después ciudades, después metrópolis, o, usando palabras más crudas, cementerios de vivios en donde la fatal e irrenunciable vejez sería cuidada como dios quisiera […] porque con el paso del tiempo, no solo habrá más personas de edad en los hogares del feliz ocaso, sino también será necesario cada vez más gente para ocuparse de ellos, resultando que el romboide de las edades dará rápidamente una vuelta de pies a cabeza, una masa gigantesca de viejos en la parte de arriba, siempre creciendo, engullendo como una serpiente pitón a las nuevas generaciones” p.38.
De lo desconcertante a lo patético Saramago en su novela inquiere el sin sentido de la vida y cómo la formación de instituciones, entidades, políticas y creencias son, a lo mejor, inventos para volver menos nítido esa realidad. Carl Gustav Jung decía que la vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir”, creo que es allí donde subyace la frustración enmarcada en esta novela, las obsesiones se vuelven en deseos insatisfechos porque nada puede ser total ni perfecto.
Las intermitencias de la muerte lo he leído como en dos partes. La primera donde se muestra en planos generales todo lo dicho anteriormente, la segunda parte es cuando Saramago personaliza la muerte, le da pensamientos y sentimientos. De lo general pasa a lo particular, y lo que empezó como una primicia original se diluye en un sentimentalismo donde participa la consabida danza entre el Eros y el Tánatos. Cada quien a sus gustos. Yo me quedo con la primera parte.











