Por Jorge Guebely
Muere Vicente Fernández. Se apaga el último eco de una vieja cultura de terratenientes. Rancio conservadurismo, impregnado del espíritu militarista de la vieja aristocracia europea.
Como duques y monarcas, los viejos terratenientes mexicanos veían en la propiedad de la tierra el origen del poder. Ideología que produjo un Porfirio Díaz, dictador sanguinario. Militar que se levantó en armas contra Benito Juárez, liberal, defensor de la democracia y los derechos ciudadanos.
Por la perpetuación del porfirismo en el poder, surgió la revolución mexicana en 1910. Diferentes guerrillas se levantaron contra su dictadura. Al final, hubo más de un millón de muertos. Todo por una cultura asesina.
Cultura que se debilitó con la Constitución de 1917 inspirada en el liberalismo francés. La iglesia católica perdió poder y el país se volvió laico. En 1940, México ya era distinto: más universal, más moderno, aunque no mejor.
Tres bellas novelas dieron cuenta de esta transición al nuevo desastre. “Los de abajo”, de Mariano Azuela, que narra las vicisitudes del caudillo Demetrio Macías en plena revolución. “Pedro Páramo”, de Juan Rulfo, que devela a un terrateniente tradicional convertido en espectro, un muerto lleno de rencor. “La muerte de Artemio Cruz”, de Carlos Fuentes, que describe el nuevo político e industrial surgido de la revolución mexicana, tan corrompido como el anterior.
En los años 40, sin el México de Porfirio Díaz, la industria del cine y la música nos contaba su pasado e influía en los colombianos. Varios “bandoleros”, producto de rebelión liberal, adoptaron alias mexicanos como “Charro negro”. La juventud de entonces fue modelada por su música y cine, arte popular vivo de una cultura ya muerta.
Al lado de películas de la revolución, aparecieron las de los charros o rancheros con estilo vaudeville. Comedias graciosas adornadas con canciones, amores picarescos y folclor nacionalista. Fueron figuras cimeras, charros comerciales, Jorge Negrete, Pedro Infante, Luis y Antonio Aguilar, Miguel Aceves Mejía, Javier Solís…
También, Vicente Fernández, el último eco de aquella vieja cultura, la última estrella de esa brillante constelación. Figura tan llorada en México como en Colombia. Algunos extrañarán el final de un pasado. Difícilmente surgirá otro ranchero de pistolas falsas, sombrero ancho y voz de cantina. Otros, especialmente colombianos, recordarán el presente: el porfirismo a la colombiana está vivo. Ahora, contaminado con narcotraficantes y paramilitares.
Lo dice el poeta: “Todo pasa y todo queda”. Pero lo nuestro, en Colombia, es pasar de una cultura agraria a otra citadina. Sin embargo, la podredumbre humana queda, simplemente se transforma.











