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Felipe Paternina: el hombre que convirtió su pasión por el acordeón en un coleccionista de acordeones

Por: Francisco Figueroa Turcios

Hay colecciones que nacen de la curiosidad, otras de la fascinación por los objetos antiguos. La de Felipe Paternina Payares tiene un origen más íntimo: nació del reencuentro con un pedazo de la historia musical de su padre, Alcides Paternina.

El día que Felipe Paternina, consiguió el acordeón donde su padre, Alcides Paternina Gamarra, había aprendido a tocar, descubrió que aquel instrumento representaba mucho más que una pieza antigua. Era una puerta que se abría hacia la infancia, hacia las primeras lecciones musicales y hacia los recuerdos de un hombre que había sembrado en sus hijos la pasión por el acordeón.

«La idea de empezar a coleccionar acordeones me surgió cuando conseguí el acordeón donde aprendió tocar mi papá, Alcides Paternina. Él me contaba de los estilos de acordeones que conoció en su carrera musical y me di a la tarea de buscarlos, con la cooperación de amigos que tengo en España, Francia y Estados Unidos», confiesa Felipe Paternina.

Así comenzó Felipe Paternina, la búsqueda de acordeones que fue extendiendo sus fronteras más allá de Corozal. Los recuerdos de Alcides Paaternina se convirtieron en pistas; las conversaciones entre padre e hijo, en una especie de mapa para localizar instrumentos de otras épocas. Con la ayuda de amigos radicados en Europa y Estados Unidos, Felipe empezó a reunir acordeones que le permitieran reconstruir aquella historia que su padre le había contado tantas veces.

Pero detrás de la búsqueda de instrumentos había una razón todavía más poderosa de Felipe: conservar la memoria de una vida compartida. «Para mí, esta colección de acordeones significa recordar todo el proceso vivido junto a mi papá, desde niño hasta cuando conformé mi grupo musical junto a mis hermanos Alcides, Mario y Nixon, todo con la asesoría de mi padre, que ya había dejado de tocar y de tomar», relata Felipe Paternina.

En esa confesión de Felipe Paternina, se encuentra el verdadero corazón del museo. Antes de convertirse en una colección de 26 acordeones, fue una historia familiar. Antes de reunir instrumentos fabricados en distintos países y décadas, Felipe estaba reuniendo fragmentos de su propia vida. Alcides Paternina, ya había dejado de tocar, pero su conocimiento musical continuaba vivo en sus hijos. Aunque se apartó de la interpretación, siguió acompañándolos con su experiencia y sus consejos. Fue el orientador de aquel grupo familiar en el que Felipe y sus hermanos encontraron en la música una manera de prolongar la herencia paterna.

Por eso, el acordeón de una hilera tiene un significado que ninguna etiqueta de museo podría describir por completo. No es solamente el instrumento con el que aprendió Alcides: es el punto de partida de una pasión que pasó de padre a hijo y terminó extendiéndose a toda una colección.

26 acordeones…

Video: Felipe Paternina dialoga con Juan Sajona

En Corozal, donde la música sabanera se mete por las ventanas de las casas, se pasea por las calles y encuentra refugio en la memoria de sus habitantes, Felipe Paternina Payares ha construido un santuario muy particular.

Son 26 instrumentos que guardan algo más que teclas, botones, fuelles y registros. Cada uno tiene una historia que contar. Algunos evocan los primeros pasos de un muchacho que soñaba con conquistar los festivales; otros recuerdan los sonidos que acompañaron a los grandes maestros del folclor. Hay uno que lleva el afecto de su padre y otro que representa la evolución tecnológica de un instrumento que nunca ha dejado de reinventarse.

A sus 75 años, cumplidos el 23 de agosto de 2026, este hijo de Corozal, Sucre, continúa cultivando una pasión que comenzó mucho antes de que pudiera imaginar que su colección llegaría a convertirse en un pequeño museo de la memoria musical. Felipe Paternina no solamente aprendió a tocar el acordeón: aprendió a reconocer en cada instrumento un pedazo de historia.

De los festivales al museo de los recuerdos

Felipe Paternina descubrió desde temprana edad que el acordeón tenía un lenguaje capaz de expresar aquello que las palabras no siempre consiguen. En sus manos, el instrumento fue abriéndose camino entre notas, melodías y sueños, hasta llevarlo a escenarios donde se medían los mejores intérpretes.

En 1974 participó por primera vez en el Festival de la Leyenda Vallenata, donde obtuvo el tercer lugar en la categoría semiprofesional. Fue una primera señal de que aquel músico sabanero tenía condiciones para competir con los grandes.

Cuatro años después, en 1978, conquistó el Festival Sabanero del Acordeón. En 1979 alcanzó otro reconocimiento al ganar el tercer Festival Bolivarense del Acordeón.

Su historia con el certamen vallenato no terminó allí. Regresó en 1986 y 1996, y en ambas oportunidades llegó a disputar la final, compartiendo la instancia definitiva con el legendario Alfredo Gutiérrez.

Su talento también fue reconocido en otros territorios. Se coronó rey del acordeón en Chinú, en 1992, y en San Juan Nepomuceno y Montelíbano, en 1996.

Cada festival le dejó una experiencia, cada competencia le enseñó algo nuevo y cada acordeón le permitió descubrir otras posibilidades sonoras. Con los años, mientras su nombre se consolidaba en el universo de la música sabanera, comenzó a crecer otra pasión: la de reunir instrumentos que merecían ser preservados.

El músico que salía a conquistar escenarios empezó a convertirse, poco a poco, en guardián de su propia historia y de la memoria de un instrumento que ha acompañado a generaciones enteras.

Veintiséis acordeones y un universo de historias

En su museo particular reposan 26 acordeones. De ellos, 11 son considerados por Felipe piezas antiguas y de colección. Ocho de estos últimos son de la marca alemana Hohner, una de las más reconocidas entre los intérpretes del acordeón.

Pero el valor de esta colección no se mide únicamente por las marcas, la antigüedad o las características técnicas de cada instrumento. Su verdadera riqueza está en las historias que Felipe puede reconstruir cuando se detiene frente a ellos.

«De esos 26 acordeones, hay 11 que son antiguos y de museo. De los 11, ocho son marca Hohner, conseguidos en Alemania», explica mientras repasa los detalles de una colección en la que cada pieza ocupa un lugar especial.

Entre todos sobresale uno que tiene un significado imposible de reducir a su valor material: una Hohner de la línea Club III, de cinco registros. No es simplemente un acordeón antiguo. Es el instrumento con el que comenzó a abrirse paso profesionalmente y que su padre le compró en 1966, cuando Felipe tenía apenas 14 años.

Aquel acordeón representa el comienzo de una historia que, seis décadas después, sigue escribiéndose. En sus fuelles parece haberse quedado atrapada la emoción de un padre que creyó en el talento de su hijo y decidió respaldarlo. En sus teclas permanece la memoria de los primeros aprendizajes, de las horas de práctica y de los sueños que todavía no tenían escenario, aplausos ni coronas de festival.

Hay instrumentos que se compran para tocar. Otros se conservan porque, con el paso del tiempo, terminan convirtiéndose en parte de la vida de quien los posee.

La Hohner Club III pertenece a esta segunda categoría. Felipe no necesita explicar demasiado su importancia: basta con saber que fue su primer acordeón profesional y que llegó a sus manos por voluntad de su padre.

Un acordeón con sello italiano y destino suizo..

Entre las 26 piezas que despiertan su orgullo también figura un acordeón de una procedencia singular: el Cooperativa Astradella, de la línea Ackerman Zurich. Según explica Paternina, fue fabricado en Italia por encargo del banquero Josef Ackermann, en una cantidad determinada, y enviado a Suiza.

La presencia de este instrumento añade un capítulo diferente a la colección. Su historia conecta el universo del acordeón con la fabricación europea y demuestra que, detrás de cada pieza, pueden existir circunstancias particulares que la distinguen de las demás.

Para un coleccionista, encontrar un instrumento no siempre significa completar una serie. A veces representa la oportunidad de recuperar una historia que pudo haberse perdido entre mudanzas, cambios de propietario y el inexorable paso de los años.

En el museo de Felipe, el acordeón italiano destinado a Suiza tiene su propio lugar en esa geografía sentimental donde los instrumentos no se organizan únicamente por su procedencia, sino también por lo que representan.

El acordeón de su padre: la herencia que no se compra

Sin embargo, no todos los tesoros de la colección se distinguen por su marca o por su procedencia internacional. Felipe conserva un acordeón de una hilera, el mismo instrumento con el que aprendió su padre, Alcides Paternina.

La pieza tiene una dimensión afectiva que supera cualquier descripción técnica. En ella se encuentran dos generaciones unidas por la música: el padre que descubrió las primeras melodías y el hijo que convirtió aquella herencia sonora en una carrera artística.

En una colección donde hay instrumentos alemanes, una pieza fabricada en Italia por encargo y modelos de distintas épocas, el acordeón de una hilera ocupa un lugar especial porque remite a los orígenes familiares de esta pasión.

Es la memoria antes del museo. La música antes de los reconocimientos. El vínculo entre un padre y un hijo antes de que el apellido Paternina quedara asociado a los festivales y a la historia del folclor sabanero.

Hay herencias que pasan de mano en mano sin necesidad de escrituras. Esta se transmite a través de un fuelle, unas teclas y unas notas que se niegan a desaparecer.

Las melodías que hicieron historia

La trayectoria de Paternina no se limita a los festivales ni a los instrumentos que conserva. También está ligada a su participación en distintas producciones discográficas junto a reconocidos compositores e intérpretes, entre ellos Adolfo Pacheco, Jairo Serrano, Miguel Cabrera, Ricardo Cárdenas, Carlos Pérez y Manuel Bustillos.

De esa actividad musical quedaron canciones como Sencillamente, Cuídate, Martha, Gloria y Nubia, títulos que forman parte de su recorrido artístico. Son piezas de una carrera que se fue construyendo entre grabaciones, escenarios, encuentros musicales y el reconocimiento de quienes han seguido la evolución del folclor sabanero.

El acordeonero que alguna vez llegó a los festivales con la ilusión de abrirse camino terminó acumulando experiencias, trofeos, recuerdos y una colección que hoy permite acercarse a otra dimensión de su vida.

Quizá esa sea la mayor conquista de Felipe Paternina Payares. Después de recorrer los festivales, disputar finales y recibir coronas en distintas poblaciones, encontró otra manera de prolongar su legado: preservar los instrumentos que hicieron posible que la música viajara de una generación a otra.

Porque los reyes del acordeón pueden recibir una corona, los músicos pueden conquistar los escenarios y las canciones pueden quedarse en la memoria de un pueblo. Pero hay hombres que, además de tocar la historia, se dedican a salvarla del olvido. Felipe Paternina es el guardián de una memoria musical a través de su colección de acordeones.

Sobre el autor

Comunicador y Periodista. Editor deportivo de Lachachara.co, tiene experiencia en radio, prensa y televisión. Se ha desempeñado en medios como Diario del Caribe, Satel TV (Telecaribe), RCN, Caracol radio, Emisora Atlántico, Revista Junior. Fue Director deportivo de la Escuela de fútbol Pibe Valderrama y dirigió la estrategia de mercadeo y deportes de Coolechera. Para contactarlo: Email: figueroaturcios@yahoo.es
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