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Encuentro de dos mundos

Alexandre Radet le tatuó la piel. Ella escribió su historia. Un encuentro entre Francia y Barranquilla, y en la mitad el mar.

Por: Liliana López-Forero

Alexandre Radet es un personaje que parece sacado de una película. Escuchar su vida, y la de su familia en general, es pasearse por el movimiento cinematográfico que busca su inspiración en las realidades de las ciudades puerto. Y su historia, como la de otros que abrazan el mar, se conjuga con la extraordinaria y exótica escena del arte corporal.

Lo conocí en Cayena Ink Studio. Hader Otagri me habló de un nuevo tatuador en la tienda que había venido de Francia y se especializaba en hacer letras, o lettering, como lo llaman en ese mundo. Al principio, un tanto sorprendida, vi a un chico alto, con gorra, camiseta y pantaloneta ancha, tatuado solo con tinta negra, por lo menos en todas las partes visibles de su cuerpo. Decidí confiar y entregarle un pedazo de mi piel para que en ella escribiera ‘Alis Volat Propris’, Volar con alas propias, en latín. Pero la real conexión con su vida se dio varios meses y dos tatuajes después, en su segunda visita a Barranquilla.

Luego de unas cervezas que él hubiese preferido fuesen whisky y coca cola, con las armaduras depuestas y mayor confianza, empezamos a hablar. Conocí primero a sus antepasados, tres generaciones de gente trabajadora, forjados con el vaivén de las olas del océano Atlántico, en su Saint-Nazaire natal. Junto a su hermano, primos, tíos, su padre y su abuelo, él y los hombres de su familia trabajan día y noche en el puerto de esta ciudad. Allí, en ese lugar, maravillado por las extrañas caligrafías que adornaban los buques que anclaban en su puerto, aprendió a dibujar a los 17 años.

Y así, entre un barco y otro, conociendo marinos de tierras lejanas, vio una característica particular, los tatuajes que adornaban sus cuerpos eran en su mayoría letras, números, nombres, frases, referencias específicas de su profesión en tierra y alta mar. Radet, por ejemplo, tiene en su pecho el número ·653· que es su matrícula laboral en Saint Nazaire. Y estos tatuajes, a diferencia de los cadetes y oficiales de la Marina del ejército, son en negro o gris, no a color, como sucede también en la cárcel.

E imagino la escena, un joven tratando de entender el mundo que llega a su puerta, y observa, y descubre que tanto en la cárcel como en el Puerto o en alta mar, el acceso a una variedad de tintas no es usual, el ser tatuado, no es referente estético, más bien simbólico, de pertenencia, de un sentido profundo de identidad. Y tras comprender esto, a los 25 ó 26 años Alexandre empieza a tatuarse a sí mismo, y a sus amigos, familiares y compañeros de trabajo, convirtiéndose en el tatuador oficial del Grand Port Maritime de Nantes, Saint-Nazaire.

Alex, como todos lo llamamos, es un trabajador incansable, un joven modesto y bondadoso, y eso se ve reflejado en su mirada, pero sin lugar a dudas, lo más fantástico, es que es un artista maravilloso, uno que tiene la habilidad de plasmar historias, de dejar una marca, una huella, un trazo indeleble, un tatuador que con un suave toque de su máquina es capaz de transformar la piel en un libro completo, de ayudarte a escribir tu propia historia, y justo es por eso, que yo he querido escribir la suya, así fuese a través de este pequeño esbozo, de estas letras, que aunque no serán tatuadas, espero también se conviertan en parte de su memoria.

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