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En el periodismo es prohibido prohibir

No hay ningún desbordamiento en las redes sociales. Es la ‘justicia por propia mano’ de la sociedad civil ante el deplorable sicariato moral que ejercen ‘periodistas’ que prostituyen el oficio porque desnudan su moral en los medios nacionales.

Por Chachareros

Se percibe en las redes sociales que ha llegado la hora de la verdad: ya no hay vuelta atrás.

Hay quienes piensan que el periodismo, que es un oficio tan viejo como el más viejo de los oficios, la prostitución, está cayendo en lo más bajo del nivel moral, en el mal manejo del lenguaje, en la irresponsabilidad de acusar y ‘jugar con la dignidad ajena’ sin pruebas consistentes.

Es cierto que hoy las reglas del periodismo han cambiado. Y mucho. Se cuestiona que el periodista de hoy, en especial en el medio digital que se impone en el mundo, insulte, difame, denigre, calumnie, editorialice, use un lenguaje de epítetos, palabras de grueso calibre. Eso no es mentira. Es verdad.

Lo que también es verdad es que durante centurias al ciudadano consumidor de los medios de comunicación le daban la información de manera psico rígida. Como un purgante: te lo tragas, o te lo tragas.

El grueso de la población leía con el respeto que se lee la Santa Biblia, los editoriales de los diarios locales y nacionales, y se escuchaba en solemnidad los ‘sermones’ de los radioperiodistas de mayor sintonía. Y hasta se aguantaban los insultos de ciertos periodistas de radio que regañaban, como ‘a muchacho de pantalón cortico’, a los señores que organizaban su verbenita en plena calle.

Hoy ese poder omnímodo que antes tenían únicamente unos pocos privilegiados para, con una buena paga, desorientar a la opinión pública con noticias falsas, sectarias y calumniosas con el fin de destrozar al enemigo, tal como en los años 30 del siglo pasado lo hizo Laureano Gómez contra el entonces presidencia de la República Marco Fidel Suárez.

Su tesis era que, si se insistía en la calumnia, algo quedaba de ella en la conciencia de la colectividad. Que es lo que hacen hoy miles de perifoneadores, tanto en las principales cadenas de radio y televisión, como en ciertas emisoras dizque dominantes de la sintonía, claro a base de chistes, payasadas y nada de fondo.

No es digno de ninguna sociedad estar de acuerdo con un periodismo infamante, pendenciero, innoble, deslenguado y servil, como el que ejerce cierta periodista que ahora reina en un semanario que, de ser uno de los más acogidos por los lectores de todo el país, hoy es el más despreciado por el inmenso daño que el nuevo dueño de dicha publicación- un joven empresario de la muy respetable comunidad judía. Una comunidad que desde los tiempos primigenio de la República han sido acogidos con gratitud en tierras colombianas.

Y flaco servicio les presta esa revista a los lectores colombianos, contratando a una periodista para que convierta el periodismo colombiano en una diatriba sin fin, ejerciendo el sucio y denigrante papel de sicariato moral, promoviendo de manera irresponsable, el sectarismo, el odio de clase, el deseo de sangre, la sed de venganza.

Es apenas obvio que toda acción tiene su reacción. Si esta señora que se cree la nueva doña Bertha Hernández de Ospina Pérez piensa que los colombianos se convirtieron en eunucos desde las borrascosas épocas de las pescas milagrosas, los burros bomba y los secuestros a diario, está más perdida que Duque en la Casa de Nariño.

Ella, en vez de estar promoviendo ese sectarismo a ultranza, en vez de incitar a los colombianos a llenarse el corazón de odio hacia el sector político que a ella no le gusta, debería utilizar esas energías y su talento -si es que lo tiene—a resarcir a las víctimas de una guerra que no termina. Guerra de la cual ella mismo fue víctima con el secuestro de su esposo, un consagrado profesional de la oftalmología, secuestrado por uno de esos tantos grupos dedicados al más sucio método de guerra-. Un clan que, además, sufrió una de las peores acciones de los grupos armados al margen de la ley (paracos o farchos), que secuestraron a un familiar ex alcalde de Santa Marta, y como en los tiempos de la peor barbarie de la raza humana, lo amarraron con gruesos cáñamos por una pierna al platón de una camioneta y la otra pierna a otro carro similar, y emprendieron una carrera sin fin hasta doblar por una trocha en donde los troncos, las piedras y la malezas dejaron el cuerpo de la víctima convertido en una piltrafa humana.

Alguien podría pensar que toda esa maldad que dicha reportera transmite hoy en sus ofensivas secciones periodísticas sale del subconsciente de esos sufrimientos. Con toda la plata que tiene y viviendo al lado de un científico de la medicina, ya era para que estuviera en manos de un buen alumno de Sigmmund Freud.

Sin embargo, se trata de una catadura moral que se quedó en el vientre de su progenitora. Y, para desdicha del oficio, hoy es el clásico ejemplo del sicariato moral que ejercen ciertos despreciables miembros del que algunos colegas ilustres, entre ellos Gabo, siempre dijo que era “el mejor oficio del mundo”, a lo que otro colega auténtico, puro y duro, agregó: “para ser buen periodista, hay que ser buena persona”.

Imposible calificar al déspota Carlos Antonio Vélez de buena persona. O decir que la que ejerce el periodismo como sicariato moral vive en el ‘mejor oficio del mundo’.

La reflexión que nos deja este análisis es que la comunidad tiene todo el derecho de utilizar al máximo las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones para responderles a todos esos badulaques que durante años se lucraron del poder del conocimiento y la información privilegiada. Que calumnian. Que usan lenguaje soez. Que la gramática deja mucho que desear. No importa. Se puede organizar una escuela virtual gigante para el mejor uso del lenguaje para responderle a quienes siguen creyendo que todavía el pueblo es tonto para tragarse todos los boletines de prensa, lo jingles, los videos y demás chucherías que se inventan los ‘estrategas de la campaña´’ que no son más que unos bribones de la misma calaña de los sicarios morales de micrófonos y revistas

Rubén Blades, un tema certero para el Día del Periodismo

Para quienes piensan que no está bien que hoy en las redes sociales aparezcan periodistas aficionados o primíparos con un lenguaje poco ortodoxo, es recomendable escuchar con detenimiento la magistral canción de Rubén Blades, en donde, de no ser por estas nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones, iríamos con manos atadas y ojo vendados a aceptar sin chistar Prohibido pensar, prohibido, protestar, prohibido criticar, mejor dicho, lo que se debe repetir en estos tiempos es el grito sublime de los hippies: ¡Prohibido prohibir, carajooo!»

¡Feliz Día del Periodista de Colombia! Dios nos bendiga y nos libre pronto de los sicarios morales del micrófono y la pantalla!

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