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En cincuenta años la soledad


En el mundo todavía hay aldeas en la edad del Génesis, pero las ciudades acumulan y controlan todo al ritmo de su frenesí.

Por Jorge Mario Sarmiento Figueroa
Ilustración por Yoryo

Que Macondo sea un caserío fundado a orillas de un arroyo de aguas diáfanas, es el primer gran indicio de que Cien años de soledad ya no es el libro del realismo mágico, sino el de lo inexistente. Es lógico que así sea para la primera generación del nuevo milenio, transeúnte de arroyos pavimentados, libre de la picadura de mosquitos.

Es este el tiempo en el cual al mundo natural lo parieron por mitades, en una oficina de gobierno y en el escritorio de un empresario. Desde las portentosas cumbres citadinas se manejan así los vientos, las cosechas, los caudales, los mugidos. El mango de hilacha y la guayaba ya no tienen su peso, tamaño y forma a la merced de la tierra, sino a la medida de su estante en el supermercado. Con un mundo controlado así, ¿con qué certeza se le dice a un niño que las nieves son perpetuas?

Pero si la nieve ya casi no existe, eso no resta en nada su vital importancia para el planeta y sus humanos. ¿De dónde saldrá mañana el agua embotellada? Lo mismo pasa con la obra maestra de Gabriel García Márquez, cuya existencia se celebra cada día sin tregua en algún rincón asombrado, desde cuando vio su tinta impresa, el 30 de mayo de 1967.

Cien años de soledad no necesitó de ceremonias para nacer. De hecho, así como la tierra de los millennials, también nació en dos partos: en el que primero pudo enviar la pareja Márquez Barcha al editor, y en el segundo que hizo estallar al Boom. Por tanto, la de hoy no es la conmemoración de un suceso, sino la celebración de la vida misma que desde el principio obligó a millones de personas de los cuatro puntos cardinales a leerla con la misma alegría y necesidad con que los primeros humanos tenían que ir al estanque: A conocerse en su reflejo.

No es culpa de Cien años de soledad que hoy no haya árboles para que reposen los galeones de corsarios, y que la sangre de un hijo no corra hacia su madre más rápido que las cámaras y las ambulancias. Si ya en muchas mentes no se sabe qué es para el mundo Cien años de soledad, ese es el mejor indicio de que los pergaminos estaban en lo cierto, que Macondo dejaría de existir en la tierra misma para elevarse como una deslumbrante ciudad de espejos, luminosa y también ignorante de que los remolinos que la elevaron usan las alas de Ícaro. Desechables.

Lo asombroso es que no tuvieron que pasar muchos años para ver la profecía hacerse realidad. Apenas pasaron cincuenta.

Sobre el autor

Practicante del periodismo desde niño, comunicador de profesión, artista por vocación. Email: jorgemariosarfi@gmail.com Móvil: 3185062634
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