Por Rafael Sarmiento Coley
Habría cumplido el 6 de marzo de 2024 sus primeros 97.
No pudo llegar a esa longeva edad, pero sí logró hacer las últimas correcciones a su novela póstuma «En agosto nos vemos».

La obra, magistral como todo lo de Gabriel García Márquez, el genial Gabo, relata la vida de Ana Magdalena Bach una mujer nacida en cualquier parte de la Costa Caribe colombiana, que, como buena caribeña, es rumbera y descomplicada, amiguera y despampanante.
Para colmo de sus males, es enamoradiza, no por algo malo, sino por la búsqueda incesante de un amor esquivo qur vive tratando de encontrar en todos los lugares por donde trascurre su andar.
Pero no es bueno aguarle la fiesta a los millones de lectores que en el mundo están ansiosos por leerla.

Es el legado póstumo que deja a sus lectores García Márquez. Y es el punto final de su vida literaria, que fue muy productiva con joyas como: La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora, Los Funerales de la mamá grande, Relato de un náufrago, Crónica de una muerte anunciada, y su obra cumbre «Cien años de soledad», que por cierto la había titulado «Barranquilla».
Pero «El Sabio Catalán (Ramón Vinyes), le aconsejó que le pusiera un título»más universal». Luego pensó bautizarla como «Macondo», pero a varios de sus amigos literarios no los entusiasmó.
Hubo varias reuniones — curiosamente sin alcohol ni tabaco de por medio – en las cuales se discutió el asunto.
Entre los frecuentes contertulios tanto en el Café Roma como en el estadero-bar «La cueva», estuvieron de vez en cuando y de cuando en vez, sus amigos más cercanos como: Alfonso Fuenmayor, Álvaro Cepeda Samudio, Alejandro Obregón, Germán Vargas Cantillo y Juan B. Fernández Renowitzky.
Jamás había orden del día, ni mucho menos «boletines de prensa».
En esas ruidosas tertulia se hablaba de todo, menos de política. Ése era un tema vedado.
No es extraño que en alguna ocasión se hablara de infidelidades inconfesables; de aventuras furtivas, de amores contrariados.
Además de un lector empedernido y meticuloso, Gabo era muy disciplinado y poco amigo de embriagarse. Su único vicio era el «cigarrillo Pielroja».
Mientras leía de todo y evitaba dejarse atrapar de la bohemia, empezó a escribir sus primeros cuentos; se hizo periodista empírico después de haber dejado tirada la abogacía a pesar de las rabietas de su padre Eligio Gabriel. Y ya no se apartó jamás del que él llamó «el oficio más hermoso del mundo»: el periodismo.
Por eso el lector de «En agosto nos vemos» encontrará el detalle preciso, la descripción exacta y el perfil que retrata de cuerpo entero a sus personajes.
Es el regalo más hermoso que nos ha dejado Gabo, quien aún las últimas de vida, estaba, lápiz en mano, corrigiendo con amor y devoción su obra que pasará a la posteridad como el último suspiro del genial creador del realismo mágico.











