ActualidadCrónicasLocalesMundoNacionales

El oncólogo no pudo curar el cáncer de su negocio

Era un tipo elegante, un dandi. Terminó convertido en un zombie. Quedó en un estado en el que era difícil saber si usaba sus últimas fuerzas para no desfallecer, o si ya no le quedaba alma y eran sus pies los que arrastraban el cuerpo inerte.

Por Jorge Sarmiento Figueroa, Editor General

El oncólogo no pudo superar la devastadora noticia. Hasta esa semana gozaba de buena reputación entre sus colegas, lo consultaban con frecuencia y lo hacían ocupar los sitiales de preeminencia en los congresos de la especialidad. Desde muy joven salió de su natal Santa Marta con el sueño de convertirse en médico.

Cerati en cama en coma

La familia de un paciente en estado de coma lo que quiere es una medicina milagrosa que reviva a su ser querido. No que le roben la plata los laboratorios.

Lo había cumplido con creces. Había logrado inclusive construir varias clínicas en toda la Costa. Asistía a cocteles, conciertos, restaurantes de lujo, siempre con una buena compañía de turno y siempre dispuesto a darle consejos y sugerencias médicas a quien se le acercara. Los enfermos que recibían sus tratamientos procedían de las familias más prestantes de la región, las pocas que podían pagar el costo de sus medicamentos y los honorarios de su conocimiento. Tenían en él a un hombre revestido de ciencia que al mismo tiempo era un caballero esplendoroso, culto, intelectual, amante de la dolce vita. Solo a alguien como él podían compartir sus desgarradoras tristezas. Confiaban en hallar en su sabiduría una esperanza para librarse del designio tempranero de la muerte.

Pero su nombre apareció un jueves en la lista de una mafia dedicada a falsificar medicamentos contra el cáncer. Al día siguiente los medios hacían eco de las afirmaciones de la policía: en su clínica se almacenaba la droga, se adulteraba y luego se comercializaban los productos.

Paciente

Un paciente terminal por lo general es abandonado por las EPS a la buena de Dios, si los deudos no están pendientes.

A él no habían podido capturarlo en el momento del operativo porque le dio un repentino problema cardíaco que obligó a su hospitalización.  El viernes todos los investigados en el caso habían quedado libres por un error de la Fiscalía. El oncólogo, que ya se había recuperado, no pagó un solo día de cárcel.

«Todo fue una infamia. Pero el daño está hecho. Ya no existe mi reputación», sollozaba una semana después. Se había ido a meditar a una casa en la montaña. No sabía si dar una rueda de prensa, si llamar uno a uno a sus pacientes. Lo que sí sabía es que de nada servía contra demandar. «Quienes organizaron todo esto fueron los laboratorios multinacionales. Roche, Pfizer, Merck, Bayer, Novartis, Sanofi-Aventis, Wyeth. Me demandaron, se presentaron como víctimas y no son más que criminales. ¡Ellos son el cáncer!». Andaba con una gorra cubana y le había crecido la barba montaraz, como a un gitano de circo. Parecía querer esconder el rostro. Él, un tipo elegante, un dandi, había quedado convertido en un zombie. En su estado era difícil saber si usaba las últimas fuerzas para no desfallecer, o si ya no le quedaba alma y eran sus pies los que arrastraban el cuerpo inerte.

Se quejaba un rato y luego miraba lejos, sin más. De vez en cuando sacaba del bolsillo de la camisa una libretica en la que tenía versos suyos dedicados a distintas mujeres, como «una morenita que tengo, bien bonita, que se parece a la dulzura de este café». Leer sus aventuras poéticas lo reanimaba y así volvía a cargar contra el sistema farmacéutico. «A los laboratorios no les importa si los pacientes de cáncer se curan o se mueren. Lo que les dolió es que yo negociara con los fabricantes de genéricos. Me salían más baratos y a mis pacientes les convenía ¿sabes por qué? porque ni los costosos originales curan el cáncer. Todos sabemos que la quimioterapia mata más de lo que ayuda y que todos esos productos son un engaño que la gente compra por el desespero de la muerte. El único remedio verdadero es la vida sana. ¡Allí es donde yo sí valía!». Mientras esto decía, el oncólogo volvía a lucir una actitud hipocrática. Se acordaba de las muchas veces que le dio compañía y consejos a una mujer con cáncer de mama. Y recordaba la sonrisa de un hombre al que le vendió un medicamento más barato que el producido por Bayer para combatir el cáncer de hígado. La señora y el hombre habían fallecido, pero la esperanza, decía, se las había dado él.

Paciente2

En las salas de cuidados intensivos los médicos y enfermeras viven en drama del paciente como propio.

No organizó una rueda de prensa, no llamó a ningún paciente. Cerró la clínica. Subió varias veces a la casa en la montaña, siempre con una nueva compañía a quien dedicarle versos. Necesitaba aquella soledad para que su nombre dejar de existir en las primeras planas.

Poco a poco reapareció en los cocteles. Había dejado de asistir a los congresos de oncología, ahora era asiduo de los de traumatología y fracturas. Ya no tenía la barba montaraz. Lucía de nuevo impecable. Brioso. Ahora se dedicaba a algo más sencillo: «¡Cambié de negocio! fundé una nueva clínica y voy a abrir varias más en toda la Costa. Solo tengo que pegar huesos y pagarles a las ambulancias para que me traigan a los accidentados. Ya ni siquiera tengo que dar consejos. Me mamé de esa vaina. Los laboratorios ya tienen oncólogos suficientes para jugar con la muerte de los enfermos».

Alguna vez se le volvió a preguntar en la prensa por aquella devastadora noticia. El oncólogo reafirmó su modo de ver las cosas: «No adulteré ni falsifiqué ningún medicamento. Los laboratorios lo montaron todo. Pagaron a la Fiscalía, a ustedes los medios, a todos. Me utilizaron como ejemplo, como amenaza, como escarmiento a todo aquel que ose dejar de comprar sus productos. Contra ese cáncer nadie puede».

Sobre el autor

Practicante del periodismo desde niño, comunicador de profesión, artista por vocación. Email: jorgemariosarfi@gmail.com Móvil: 3185062634
Noticias relacionadas
ActualidadCrónicasDeportes

Lionel Messi y Kylian Mbappé: la carrera por la eternidad mundialista

ActualidadCrónicasDeportes

Luis Díaz, el hombre que conquistó dos mundos: clubes y selección Colombia

ActualidadCrónicasDeportes

La llamada de la sangre: Luca Zidane y el regreso a las raíces familiares

ActualidadCrónicasDeportes

Luka Modrić y su última cita con la historia: 5 mundial

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *