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En El Limoncito no todos van al parque – Primera entrega

Tiene iglesia, capilla, casa cural y hasta una casa de familia. Pero es inseguro y no tiene zona de juegos. Por eso este parque del noroccidente de Barranquilla se quedó sin niños.

Por Jorge Sarmiento Figueroa y Estela Monterrosa

La historia del parque El Limoncito es tan polémica que parece ser una síntesis caricaturesca de la historia de Colombia. Está llena de litigios, despojos, inseguridad, la destructiva droga y la siempre presente religión. Asombra que todo esto suceda en solo cuarenta años y en apenas diez mil metros cuadrados que cubre este parque joven y pequeño, en comparación con los tradicionales de la ciudad.

Ubicado en el noroccidente de Barranquilla, entre las carreras 73 y 74 con calle 86B, su origen se remonta a la época en que era costumbre que cualquiera pusiera cuatro estacas y dijera «esta tierra es mía». El  Limoncito nació así y su historia se fue escribiendo con versiones encontradas. Una de ellas es que Cementos Caribe, hoy absorbida por Cementos Argos, se había adueñado de esa manera de infinitos predios dentro de los cuales estaba una parte de los terrenos del parque. «Quién sabe cuántos centavos les habrán dado los Parrish y la cementera a los chinos que allí habitaban y tenían sus propios cultivos de hortalizas, para que se fueran», se pregunta un anciano vecino del sector que vivió aquellos primeros tiempos.

Cuando trazaron la calle 87, que más abajo se convierte en la calle 88, Cementos Caribe se concentró en las canteras de la margen norte y dejó para el olvido los terrenos residuales. En teoría, quien sería en la actualidad propietaria de esa parte es el Grupo Argos, específicamente a nombre de Situm, la filial que se encarga del desarrollo urbanístico. Pero Lachachara.co consultó a uno de los arquitectos urbanistas de dicha filial y este le aclaró que su organización no tiene previsto adelantar acciones sobre derecho de propiedad. «Nosotros ya no tendríamos cómo maniobrar, ha pasado mucho tiempo y hay una familia que habita hace varios años en una casa en el parque, por lo que asumimos que ellos tendrían derecho de posesión. Y sabemos también que el Distrito tiene intereses». En el siguiente plano se observa la división inicial de predios de El Limoncito.

Mapa de El Limoncito

En aquel entonces todos los terrenos fueron usufructuados por la familia Parrish, quienes vendieron a la constructora Navarro para urbanizar el barrio y «donaron» una franja de diez mil metros cuadrados para el parque, dentro de los cuales está la parte a la que se refirió el arquitecto de Situm. Entre comillas aparece la palabra ‘donaron’ porque solo muchos años después de existencia de El Limoncito, una de las vecinas más activas logró que la resolución de dicha donación se hiciera efectiva ante el Distrito para que este a su vez, en el gobierno de Guillermo Hoenigsberg, autorizara la construcción de una iglesia dentro del parque, que era lo que la líder solicitaba en nombre de la comunidad.

De regreso al pasado, cuando empezaron las obras de urbanización se construyó una caseta donde se guardaban los materiales de construcción y vivía un celador que nunca recibió pago, ni de Navarro ni de Parrish, y se mantenía gracias a la colaboración de los vecinos. Una vez que terminaron las obras, quedó para El Limoncito el parque con todas las de la ley, con andenes que circundaban y cruzaban pasajes de arbustos y árboles frutales, zonas de juegos con columpios, sube y baja, rueda-rueda, tobogán, dos canchas de baloncesto, una cancha de microfútbol y un mirador en lo alto desde donde se podía divisar el río Magdalena en su camino final hacia Bocas de Ceniza. Fueron los años mozos en los que los niños se subían a los árboles, recorrían los andenes en bicicleta jugando a ser el campeón ‘Lucho’ Herrera, o practicaban pases gol como el entonces joven que descollaba en el fútbol colombiano, Carlos ‘El pibe’ Valderrama.

El declive de El Limoncito

Pero el entorno empezó a cambiar. Gentes de barrios cercanos donde pululaba el micro-tráfico de drogas empezaron a merodear el parque para consumir o vender estupefacientes, lo que trajo consigo inseguridad. Los padres de familia no tuvieron otra alternativa que prohibir a sus hijos que jugaran en el parque, a pesar de que en varias ocasiones avisaron a la Policía y convocaron a reuniones a los sucesivos comandantes del CAI del vecino parque Riomar. Nunca llegó protección efectiva a El Limoncito, con lo cual se le destinó al abandono. Y sin niños que jugaran, dejó de ser lo que era.

La familia Gascón

Fue en la década de 1980 cuando el antiguo celador que habitaba la casa del parque decidió marcharse. Menos de un año después de su partida llegó la familia Gascón. El dato de su llegada lo corroboran los propios vecinos, en especial los que más tiempo tienen allí, como la señora Gladys Acevedo o Eduardo Martínez, hijo de Luis Martínez, uno de los más longevos de todos los que tienen una casa en la manzana que rodea a El Limoncito. A continuación un video en el que Eduardo Martínez conversa con Eduardo Gascón ante la cámara de Lachachara.co.

La casa del parque estaba en mal estado, con las paredes cuarteadas, sin baño. Era una ‘cueva de Rolando’ en la que los indigentes hacían sus necesidades y los drogadictos saciaban su vicio. Pero era el único refugio posible para el señor Raúl Gascón (hoy ya fallecido), que se acababa de separar de su esposa y no tenía para dónde ir. Llegó con una mano adelante y la otra aferrada por Eduardo y Justina, un par de hijos de 6 y 7 años, que hoy tienen 42 y 43. El señor Raúl pasó de casa en casa a pedir la caridad de los vecinos para que lo dejaran habitar. Se comprometió a colaborar en la manutención de los alrededores, a ayudar a que no hubiera tanto arbusto crecido donde los malandros hicieran de las suyas. «A mí me conviene ahuyentar la mala hora -les decía-, porque no quiero que mis hijos reciban mal ejemplo ni sean intimidados por malhechores». Los vecinos accedieron y le firmaron un acta que la familia Gascón preserva.

Hoy los hermanos Gascón son adultos, algunos con más de cuarenta años. Cuando llegaron, los mayores no cumplían los 10 años. Su padre ya falleció.

Hoy los hermanos Gascón son adultos, algunos con más de cuarenta años. Cuando llegaron eran niños. Su padre ya falleció.

A los pocos meses la casa se llenó con tres hijos más del señor, que se habían quedado con su madre pero que esta prefirió entregarle en custodia. Eran Noreima, la mayor de los hijos (44 años en la actualidad); Rafael, de 41; y Raúl, de 32. Los niños Gascón eran felices con un parque a sus anchas, aunque les tocaba jugar prácticamente solos en un ambiente enmontado que se había vuelto peligroso. El señor Raúl no daba abasto para mantener limpios los diez mil metros cuadrados. El parque se vino a menos y nadie lograba llamar la atención de las autoridades ni de los gobiernos de turno.

No hay mal que por bien no venga

En una decisión desesperada, los vecinos optaron por conformar un comité para recoger fondos con los cuales gestionar la construcción de una capilla en el parque. Jacivis Fernández, una de las vecinas más activas, buscó la resolución donde los Parrish donaban su parte del terreno al Distrito y se dio cuenta que esta decía que la condición era que fuera destinado para zona verde, parque o gestión social. Gracias a este último concepto, el de lo social, le pidieron al alcalde de turno que autorizara la construcción.

Tuvieron éxito. Hasta la familia Char donó una casa de la extinta constructora Alejandro Char y Compañía, para que la rifaran y usaran el recaudo para las obras. Así, sobre una de las canchas de baloncesto, fue erigida la capilla, que era un kiosko sin paredes y con un techo de tejas sostenido por barrotes de madera.

Capilla La divina misericordia. Al lado, lo que era la otra cancha de baloncesto.

Capilla La divina misericordia. Al lado, lo que era la otra cancha de baloncesto.

Y capilla puesta, sacerdote en misa. El padre Ariel Ávila, que en paz descanse, fue designado como párroco. Y de inmediato, con briosa disciplina, convocó a los feligreses. Estos se acomodaban como podían, contra calor y lluvia, en bancas de madera que a veces eran completadas con sillas traídas de las casas vecinas. Lo que había empezado por el camino de la violencia y la inseguridad, de repente se convirtió en fuente de alegría para la comunidad.

El problema es que los niños también volvieron y quisieron hacer suyo cada rincón del parque. Un día cualquiera el padre Ávila acababa de tomar en sus manos el pan y el cáliz, dio gracias, lo partió e iba a emular a Jesucristo cuando este lo dio a sus discípulos diciendo: «Tomad, comed, bebed; esto es mi Cuerpo; éste es el cáliz de mi Sangre….», pero en ese momento un balón de baloncesto le pegó de lleno, la copa se le escapó de las manos y el vino se le derramó íntegro sobre la sotana.

Una iglesia con parque

Animados por el respaldo de la comunidad, la Curia Arquidiocesana de Barranquilla decidió estimular la construcción de una iglesia «de verdad» para El Limoncito. Jacivis Fernández ayudó de nuevo con los trámites para que el entonces alcalde Guillermo Hoenigsberg autorizara pasar a nombre de la Arquidiócesis los títulos de propiedad de dos mil metros cuadrados. Otra vez tuvieron éxito y el respaldo de la comunidad fue tan masivo que hoy se erige una monumental iglesia que atrae a miles de feligreses de todas partes de la ciudad.

Esta construcción consolidó la presencia religiosa y estrechó los lazos comunitarios en torno a El Limoncito, pero el precio para los niños fue muy alto, ya que dejaron de contar para su diversión con dos canchas, una de baloncesto y otra de microfútbol, que fueron ocupadas por la capilla y por la iglesia. Lo peor es que el objetivo inicial de ahuyentar la inseguridad tampoco se cumplió porque los atracadores y viciosos aún persisten en merodear los alrededores, aprovechando la falta de luminarias y el abandono por parte de la autoridad. Este problema hizo que el pasado miércoles 10 de junio se convocara a un comité de seguridad en el parque, con presencia del nuevo comandante policial de la zona y del gerente del Fondo de seguridad del Distrito, Arturo García. Allí se acordó aumentar el seguimiento a los puntos identificados donde se expende droga en el barrio y los lugares donde suelen frecuentar los atracadores. Porque la misma Policía se percató que había ciertos agentes de su departamento que se habían aliado a las «ollas» del vicio. Así que tomó medidas, limpió primero sus yerbas malas y pasó a atacar de día y de noche al hampa en el sector.

‘Todos al parque’

El gesto del alcalde Hoenigsberg fue el único que se vio por parte de un mandatario local en cuarenta años de historia de El Limoncito. Hasta cuando la alcaldesa Elsa Noguera emprendió el programa ‘Todos al parque’.

Reunión de socialización de 'Todos al parque', en el mes de febrero de 2015.

Reunión de socialización de ‘Todos al parque’, en el mes de febrero de 2015.

El Limoncito fue incluido en la segunda fase del programa, cuya ejecución es en el presente año. El Foro Hídrico, responsable de ‘Todos al parque’, hizo en febrero pasado la reunión de socialización y presentó los diseños y el plan de obras. Nadie se acordaba en ese momento de la familia Gascón hasta que alguien, al analizar los diseños, preguntó: ¿Y qué va a pasar con la casa que está dentro del parque?

No hubo respuesta. El silencio se llenó de rumores. Unos oían que tal vecino había dicho en la reunión que lo mejor era sacarlos, otros oían decir que la familia Gascón era propietaria legítima por derecho de posesión. En fin, empezó toda una hojarasca porque Alberto Salah, sub-director del Foro Hídrico, sabía por experiencia que sin resolver el asunto de la casa no se podía llegar a la ejecución.

Aún así las obras empezaron. En tiempo récord se remodelaron los andenes. Pero seguía faltando la respuesta al tema de la casa. Un día cualquiera, se paralizó el proyecto, los obreros no volvieron. La alarma de la gente se disparó y llamaron al subdirector del Foro Hídrico, quien de la manera más franca respondió: «Yo no tengo injerencia en el tema. La dependencia que tiene que resolver el caso de los Gascón es la Secretaría de Espacio Público y Control Urbano. Si allá no deciden eso, yo no puedo trabajar».

La decisión de Espacio Público y Control Urbano

Lachachara.co llamó a dicha dependencia, se comunicó de manera directa con Diana Amaya, secretaria de Espacio Público y Control Urbano, quien a su vez autorizó a la abogada Karen Ricardo para informar sobre la decisión. En la grabación siguiente se puede escuchar lo que la abogada dice en nombre del gobierno distrital.

Estas declaraciones tranquilizaron a los Gascón, pero encresparon a algunos vecinos que han luchado para que el proyecto se realice a como dé lugar. «Yo no tengo nada contra ellos -dice la señora Jacivis Fernández, vecina del parque-, pero me he esforzado mucho por gestionar las obras como para que se detengan». En la siguiente entrevista con la señora Fernández podemos escuchar su versión de la historia.

Otra de las vecinas que se ha referido al tema es Gladys Acevedo, quien tiene más años de habitar en el sector que la familia Gascón y que la señora Fernández. «El señor Guillermo Castro, el antiguo celador, era mi jardinero -relata la señora Acevedo-. Él vivió en esa casa antes que el señor Raúl. Pero se fue. Yo vi llegar a los Gascón meses después. Siempre he tenido buena impresión de ellos. Su padre era un hombre honrado y sus hijos son de bien. Los vi crecer aquí desde cuando eran niños. Si el gobierno decide sacarlos del parque, debería darles una casa a cambio porque no es justo que los lancen como si no tuvieran derechos», afirma.

Ver segunda entrega: En El Limoncito no todos van al parque

Sobre el autor

Practicante del periodismo desde niño, comunicador de profesión, artista por vocación. Email: jorgemariosarfi@gmail.com Móvil: 3185062634
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