Dos columnas de opinión (Horacio Brieva y Jairo Parada) en un mismo periódico reflejan el contraste que hay entre pensar a la ciudad y sentirla.
Por Jorge Sarmiento Figueroa
Las últimas dos semanas han sido tan álgidas e intensas en la vida criolla, que el mismo Fuad Char no aguantó más y le preguntó a los periodistas con sus manos abiertas: «¿Hasta dónde piensan llevar esta locura?». Y esa pregunta es, precisamente, la pepa del asunto.
El Junior pareciera ser la locura de Barranquilla, su alma y corazón. Como si todo lo que pasara en la ciudad fuera sentido según las válvulas del equipo. De agitar esa bandera nos encargamos los medios, los locutores, los tenderos, los esquineros y todo aquel que vele su vida a partir del fútbol. La familia Char lo sabe tanto que por eso y para eso compraron al equipo: Lo compraron porque lo aman y lo compraron para que los amen a ellos.
Esta cercanía entre el poder y el deporte es tan vieja como la antigua Grecia. Cuando terminaban una batalla, los reyes disponían juegos deportivos para que sus soldados mantuvieran intactas las ansias de conquista, el hambre de gloria. Terminada la guerra los juegos se retomaban para que el pueblo celebrara el regreso de sus victoriosos. Todo poderoso sabe que necesita esa conexión con la masa, una conexión emocional que lime lo racional en el sujeto dominado. Hoy podríamos convertir esa ansiedad en las ilusiones de progreso, en la añorada calidad de vida y/o en la supremacía de la raza (costeña, paisa, cachaca, para poner categorías criollas). Un ejemplo global de nuestros tiempos es Silvio Berlusconi en Italia.
Es aquí donde se marca ese contraste entre pensar la ciudad y sentirla, basta ver los resultados de gobierno de Berlusconi. Porque al fin de cuentas lo que un gobierno hace en su gestión pesa más en la vida diaria de los ciudadanos que lo que hace con las pasiones, sea el Carnaval, el Junior, el Milán o el Coliseo Romano. Y por nosotros no marcar esa diferencia acá, en nuestra barranca, nos sucede que el alcalde toma un escenario oficial de gobierno, que debería ser para tratar los proyectos de ciudad, y se despacha a tirar línea sobre cuál es la siguiente contratación de su equipo de fútbol. Por cuenta de eso los ciudadanos y los medios de comunicación (incluidos columnistas) olvidamos que la función de quien gobierna es pensar y actuar en el bienestar común de quienes ahora estamos y de la generación que vendrá, y que esa función pasa por ser más importante que la contratación o el despido de los técnicos y jugadores de turno, seres humanos tratados como efímeras alegrías.
Entiendo que seamos seres de este tipo de alegrías, pero también hay momentos en los que es bueno detenernos y preguntar: ¿Hasta dónde piensan llevar esta locura?
Comparto aquí las dos columnas (ambas publicadas en El Heraldo) que a mi entender reflejan ese contraste entre pensar la ciudad y sentirla. Los invito a leerlas y a que ustedes mismos las ubiquen según su propio peso específico:
El Junior y los Char – Horacio Brieva
El entusiasmo fiscal del Distrito – Jairo Parada











