Esta es la historia de un barranquillero que acaba de recibir la Orden del Congreso de la República, una de las más altas distinciones públicas del país.
Escrito por Jorge Sarmiento Figueroa – Editor General
A José Fernando Llanos Narváez lo sacaron hace 20 años de la casa para que fuera a defender a su primo, porque dos pelaos lo estaban levantando a trompadas en la esquina del barrio.
Cuando los que ya se amontonaban alrededor de la pelea lo vieron acercarse, con las manos empuñadas y su férrea apariencia de Robocop, se treparon a los muros altos de la acera para ver desde mejor ángulo el esplendor de la venganza. Todos eran chicos de colegio de la misma edad, pero José Fernando era más alto, fornido, y tenía una mirada innata de autoridad.
Pero los azuzadores se quedaron con los crespos hechos. José Fernando se detuvo a metros de la pelea, desde allí miró a su primo y a los otros dos, que se apartaron como si del mismo policía robot de las películas se tratara. Entonces, sin necesidad de que su voz se convirtiera en grito, ordenó: «¡Ya está buena la vaina! Elkin, vete para tu casa. ¡Y ustedes! (mirando a quienes golpeaban a Elkin, que era de menor estatura que ellos), ¿acaso no les da pena meterse con uno solo?, debería darles vergüenza. Vayan a estudiar a sus casas». Y así se cumplió.
Ese mismo muchacho, crecido en el populoso barrio La Floresta (al final de la zona norte de Barranquilla, cerca a San Salvador y Siape), forjado con el pulso incansable de su madre, doña Esther Narváez, y educado como bachiller docente en la escuela Normal La Hacienda, acaba de ser condecorado por el Congreso de la República con la Orden de Comendador y Caballero, una de las más altas distinciones de carácter público del país que se otorga desde 1987 «a personas e instituciones que hayan hecho un aporte significativo de la comunidad colombiana».
Además de la del Congreso, José Fernando ha recibido 12 condecoraciones y 38 distinciones oficiales a lo largo de 15 años de carrera en la Policía Nacional de Colombia. Entró a los 17 años como docente en una de las instituciones educativas de la Policía, estudió Derecho en la Universidad del Atlántico y en la actualidad es Teniente y Jefe de la Oficina de Control Disciplinario Interno en el Departamento de Santander.
Uno de sus compañeros en Bucaramanga, donde vive José Fernando hoy en día, expresa su admiración por el teniente como si fuera todavía aquel niño que detenía peleas en el barrio: «Llanos tiene el doble récord de ser uno de los policías más apreciados por la comunidad de Santander y al mismo tiempo uno de los más temidos y respetados adentro de la institución, por las innumerables sanciones que ha puesto a todo compañero que no cumpla a cabalidad con su deber. Llegó en la época dura de guerrilleros y paramilitares en nuestra región y se enfrentó a los policías que se dejaban tentar por esas bandas delincuenciales. A todos los destituyó sin miramientos».
El día que detuvo a Paulo Laserna
Paulo Laserna era, en diciembre de 2007, el flamante Presidente de Caracol Televisión. En uno de aquellos días se desplazaba en su lujoso auto de vidrios polarizados, cuando su conductor hizo giro prohibido en plena avenida Suba. En seguida, un policía de tránsito lo detuvo y le empezó a informar de la infracción. «Hermano – le interrumpió el chofer -, apúrele y haga el comparendo sin tanta explicadera que llevo a Paulo Laserna atrasado». Llanos Narváez, que era ese policía, entendió que ponerle una multa no sería un mensaje de enseñanza para el infractor, así que decidió algo insólito pero legítimo en el Código de tránsito: le puso como ‘comparendo pedagógico’ la condición de llenar allí mismo una plana de libretas, como niño de colegio, con la frase repetida 100 veces: «no se debe hacer giro prohibido, debo respetar las señales de tránsito». Si no las quería hacer, el carro no se movía de allí. El conductor no tuvo más remedio que hacerlas.
Al finalizar la plana y volver al auto, Paulo Laserna le preguntó qué había ocurrido. El conductor le mostró hasta la ‘carita feliz’ que el policía le había pegado en las hojas. El alto ejecutivo de la televisión nacional no lo podía creer, canceló el compromiso que tenía, se bajó del carro y le pidió al policía que lo llevara hasta su superior. Como Llanos Narváez era en efecto el superior en ese retén, tuvieron que desplazarse hasta la Central de Policía.
Cuando llegaron, para sorpresa del superior de Llanos y de todos los presentes, Paula Laserna dijo: «vengo a expresar personalmente mi orgullo por este policía que ejerce su autoridad buscando dejar un mensaje de enseñanza y no de castigo a la comunidad».
El honor de ser la autoridad
Las múltiples medallas y condecoraciones, José Fernando Llanos las tiene archivadas. Ni siquiera las cuelga en la pared. «A mí lo que me concentra es la responsabilidad que uno debe tener en la vida, como a mí me enseñaron en la casa. Es muy grato recibir el reconocimiento público, no te lo voy a negar, pero a mí me llena más cuando veo que la comunidad se beneficia de mi labor». Como la vez que en Rionegro, Santander, durante la ola invernal que azotó a todo el país en 2011, le salvó la vida al niño Juan Esteban Campos Angarita, que ya daban por muerto en un derrumbe y Llanos Narváez mantuvo el operativo con la convicción de encontrarlo.
La gratitud de la familia de aquel niño, y el reconocimiento de la comunidad, es el alimento espiritual del teniente José Fernando Llanos Narváez, quien mucho tiempo después de ser un apaciguador de pleitos en las calles arenosas de su barrio, se apresta ahora para seguir creciendo en su carrera: «Quiero llegar a ser Juez Penal Militar». Cualidades no le faltan. Ni voluntad tampoco. Y en la justicia penal militar del país seguro necesitan hombres como él, que aprendieron a ser primero personas para la comunidad antes de ejercer la autoridad.











