Por: Francisco Figueroa Turcios
La noticia del fallecimiento de Darío Pavajeau Molina, se propagó por Valledupar con la misma rapidez con la que alguna vez se difundieron las canciones de los viejos juglares.
No se marchaba únicamente un exalcalde ni un dirigente político. Se despedía uno de los hombres que entendió que la historia de una región también se escribe con acordeones, versos, los gallos finos y relatos transmitidos de generación en generación.

Foto: Consuelo Araújo, Darío Pavajeau, Poncho e , Emilianito Zuleta, Gabo, y Rafael Escalona
Mientras muchos llegan al servicio público para administrar presupuestos y construir obras materiales, Darío Pavajeau comprendió que existía una tarea igual o más importante: proteger la memoria de un pueblo: la mùsica vallenata. Sabía que las calles cambian de nombre, que los edificios envejecen y que los gobiernos pasan, pero también que una canción de los grandes compositores puede sobrevivir durante siglos y seguir contando quiénes somos.
El paso de Darío Pavajeau por la Alcaldía de Valledupar hizo parte de una trayectoria de liderazgo, pero fue su defensa permanente del patrimonio cultural lo que terminó definiendo su legado. Cada conversación sobre el vallenato era para él una clase de historia; cada juglar representaba un capítulo de la identidad del Caribe; cada acordeón era un archivo vivo donde permanecían las alegrías, las nostalgias y las luchas de toda una región.
Conocía el valor de quienes hicieron grande la música vallenata y entendía que proteger ese legado significaba defender la esencia misma de Valledupar. Nunca vio el folclor como un simple espectáculo. Lo entendió como la memoria colectiva de un pueblo que aprendió a narrar sus historias cantando.
Por eso acompañó iniciativas culturales, respaldó a investigadores, promovió espacios para conservar las raíces del género y defendió el legado de quienes convirtieron al vallenato en una de las expresiones musicales más importantes de Colombia. Creía que la tradición no podía quedar atrapada en los museos, sino permanecer viva en la gente, en los festivales y en las nuevas generaciones.

Las ironías del destino suelen escribir sus propias historias. El 1 de agosto quedó marcado para siempre en la memoria del vallenato: ese día nació Consuelo Araujo Noguera, la inolvidable «Cacica», una de las grandes impulsoras del Festival de la Leyenda Vallenata.

El 1 de agosto 2026, el destino cerró otro capítulo al llevarse a Darío Pavajeau, un hombre profundamente ligado al folclor y a las tradiciones de la región.
La misma página del calendario que celebró el nacimiento de una de las guardianas del vallenato terminó convirtiéndose también en el día de la despedida de otro de sus apasionados defensores, como si el tiempo quisiera recordar que las leyendas nunca se marchan del todo: simplemente cambian de escenario para permanecer en la memoria de su pueblo.
Vacio en la música vallenata…

Foto: Darío Pavajeau y Poncho Zuleta
La muerte de Darío Pavajeau deja un vacío difícil de llenar. No solo desaparece un hombre de la vida pública; también se apaga una voz que insistía en recordar que el desarrollo de una ciudad no puede medirse únicamente por el cemento o las cifras económicas. Una ciudad también crece cuando protege su identidad, honra su historia y respeta a quienes la construyeron con cultura.
Entre los numerosos mensajes de despedida, uno de los más emotivos fue el del cantante Poncho Zuleta, quien escribió: «Hay despedidas que duelen profundamente. Hoy se va un gran amigo, Darío Pavajeau, pero quedan una vida de recuerdos, amistad y amor por nuestra tierra y nuestro folclor. Buen viaje, hermano. Descansa en paz.».
Más que un mensaje de condolencia de Poncho Zuleta, fueron las palabras de un amigo que resumieron el sentimiento de Valledupar.
Porque Darío Pavajeau no solo cultivó relaciones en la vida pública; también sembró afectos sinceros entre quienes han dedicado su existencia a engrandecer el vallenato. Su partida deja un vacío en la cultura, pero también en el corazón de quienes compartieron con él la defensa de una tradición que hoy lo despide entre acordeones, recuerdos y gratitud.

Foto: Alfredo Gutièrrez, Darío Pavajeau, Rafael Escalona y Alejo Durán
Así, Darío Pavajeau entra en ese selecto grupo de personajes cuya huella supera los cargos que ocuparon. Porque los buenos administradores son recordados por sus obras, pero los guardianes de la memoria permanecen vivos en el corazón de su pueblo.
Y mientras en Valledupar siga sonando un acordeón, haya un verseador contando historias o un niño descubra por primera vez la grandeza del vallenato, habrá una parte de la obra de Darío Pavajeau que seguirá respirando, como esas melodías que el tiempo nunca consigue silenciar.
Darío Pavajeau y los gallos finos…

Había otro escenario donde Darío Pavajeau también era reconocido. No era un estadio, ni una plaza pública, ni una oficina. Era el ruedo de los gallos finos, ese universo donde la paciencia, la genética, el conocimiento y el carácter se ponen a prueba en cada ejemplar criado.
Allí, Darío no llegaba como un espectador más. Era un hombre respetado por criadores de toda la Costa Caribe, un apasionado que dedicó años al perfeccionamiento de sus líneas de sangre y al cuidado minucioso de cada ave. Para él, criar un gallo fino era un arte que exigía disciplina, observación y constancia. En ese ambiente construyó amistades que trascendieron las competencias y ganó un prestigio que cruzó las fronteras del Cesar.
Su nombre apareció junto al de reconocidos criadores de Colombia, formando parte de una generación que convirtió la gallística en una tradición profundamente arraigada en la cultura caribeña.

Quienes compartieron con él recuerdan que disfrutaba tanto de una conversación sobre folclor vallenato como de una larga charla sobre las virtudes de una sangre ganadora. Esa dualidad definía su personalidad: un hombre que entendía las tradiciones populares como parte del patrimonio cultural de su tierra.
Por eso, cuando murió Darío Pavajeau, no solo guardó silencio el vallenato ni la dirigencia deportiva. También sintió su ausencia el mundo de los gallos finos, donde su nombre seguirá siendo recordado como el de un criador apasionado, un competidor respetuoso y un hombre que encontró en esa tradición otra forma de expresar el amor que sentía por el Caribe colombiano.











