Son las 5 y 30 de la madrugada. Afuera se escuchan pitos de motos y el sonido deslizante de los primeros carros que pasan raudos rompiendo el silencio de las calles magangueleñas.
Por: Ubaldo Manuel Diaz
Ha amanecido. Una aurora azulada como muchas de las que contemplé arropan las tierras del cacique Maganguey. Veo mi pequeño morral que alisté la noche anterior para mi nuevo camino. Escucho en la radio la canción de Joan Manuel Serrat “caminante no hay camino, se hace camino al andar”.
Mi destino hoy es una parroquia en la neurálgica zona del sur de Bolívar, en reemplazo de un sacerdote que oscureció y no amaneció por amenazas en contra de su vida por un grupo armado ilegal. Ayer lo vi cruzar a grandes zancadas las congestionadas calles de Magangué.
Un policía caminaba a su lado, se ha convertido en su sombra, era un joven taciturno y silencioso de mirada huidiza, que tamborileaba los dedos en la reata de su uniforme que le oprimía la cintura parecido a un muñeco de año viejo. El padre me saludó y dijo: – “ahora cómo voy al baño”- señalando a su ahijado, les dicen así por el plan “padrino” asignado por el gobierno a las personas amenazadas. Adicional a esto, les ofrecen celular y un inútil chaleco antibalas. El ahijado seguía silencioso acariciando la pistola Sig Sauer fabricada por los pacíficos suizos.
Con el concierto de los primeros pájaros me enfilé hacia el puerto de yati, tenía que tomar el ferry que me llevaría hasta un punto llamado bodega. A medida que me acercaba, escuchaba el ruido lejano de ese monstruo metálico pintado de amarillo que eructaba bocanadas de humo negro por su chimenea. Cuando llegué había partido. Con mirada de impotencia lo vi alejarse mecido por las aguas del Magdalena como aquel barquito de papel de la canción de Leonardo Fabio. Lo había perdido. Un vendedor de cosméticos llegaba en ese momento, un hombre de treinta y tres años, con chivera ridícula y cuidadosamente arreglada, parecida a la de Stalin, vestido de pies a cabeza por revista de catálogos. Me sacó de mi estado de contemplación vociferando: ¡carajo lo perdimos!, encogiéndome de hombros y resignado le contesté: – “si, lo perdimos-”.
Al otro lado de la calle en un kiosco de palma varios hombres reunidos en un pequeño círculo, reían a carcajadas. El centro de atención era un travesti de ademanes sibaritas que comentaba de como peluquear a un hombre, hasta no se que otras cosas. Por sus movimientos descoordinados noté que estaba amanecido. Desde una casa vecina un incipiente fogón hervía una olla de tinto con olor embriagante. Observaba al vendedor cotorrear por celular, seguramente con su jefe, explicándole que no había alcanzado el ferry, que no era su culpa y que por eso las visitas a los clientes se atrasaría. Cuando cortó la comunicación se hizo un silencio. Sin preguntar mi aprobación prorrumpió en insultos: – ¡malditos jefes, nunca lo entienden a uno! -. Un pájaro surcó velozmente el firmamento como un obús y se metió en las negras y turbulentas aguas del río.
El vendedor se arreglaba la chivera que se le había desordenado por el insulto imaginario. Más calmado comentó que iba de Sincelejo hacia Mompox. Ahora había que esperar una canoa nos transportara al otro lado. Unos soldados llegaron al kiosco donde el travesti; en actitud seria se cuadró y los saludó militarmente. Uno de ellos traía sobre su morral de campaña un radio donde se escuchaba la voz mal sintonizada del locutor. Yo seguía mirando correr las turbias aguas y esperando que el pájaro emergiera. Uno de los soldaditos se sentó y ordenó un caldo con cabeza de bagre. Entre cucharada y cucharada su aspecto físico iba cambiando de pálido a verdusco, cuando los efectos de esa bomba de calorías lo fulminaron. Cayo de bruces en la mesa.
Un hombre aindiado seguramente el dueño del restaurante le gritó a su compañero: —llama al coronel que este man se está muriendo- El otro entre aturdido y temeroso le contestó que no. Las personas que estaban reunidas junto al travesti que gritaba enloquecido(a) de un lado a otro, le quitaron la camisa, botas, al azulado militar abatido por el voltaje de la cabeza de bagre. Una mujer con cuerpo de foca, de lentes bifocales entró solemnemente en escena vociferando: ¡que viva Colombia carajo!! – mientras unos se ganan 30 millones en el congreso, a estos pobres les toca colocarle pecho al monte- El radio seguía botado en el piso. El locutor en un interminable jingle decía “te pone bien”, “te pone bien” hablando de datos y cosas curiosas ocurridas hace 30 años en el mundo. La dama de los lentes seguía despotricando contra los políticos. El héroe de la patria era llevado en hombros a un destartalado carro que hizo las veces de ambulancia hacía el hospital más cercano. El hombre aindiado lanzó su nuevo oráculo: – “a Magangué no lo lleven porque esa mierda allá está en paro”-. Fueron sus últimas palabras porque el magullado galón partía en esa cálida mañana con el castrense abatido. Abatido por una cabeza de bagre.
Había transcurrido una hora desde el suceso del militar y la canoa aún no tenía el cupo para salir. El chalupero le sacaba al motor un líquido amarillento como bilis que destilaba sobre las aguas. Su ayudante, hombre escuálido enfundado en una camiseta deportiva de color rojo donde sobresalía un escudo con el diablo pintado, conspiraba secretamente con otro y nos miraban en la distancia de arriba abajo para ver que clase de marrano iban a comer ese día. ¡Me llamó aparte y como si en esa frase estuviera contenido el secreto que salvaría al mundo susurró -! cuánto nos dan y los pasamos ya al otro lado! – Yo miré a mi compañero de viaje que sin inmutarse dijo: – ¡no gracias! -, mejor esperamos, yo los conozco a ustedes! – Su rostro se enrojeció como su camiseta. Refunfuñando se alejó filosofando sobre la tacañería, buscaba la aprobación de sus compinches que querían participar de la chicharronada.
Trascurrió otra media hora y al fin salimos en una enorme canoa de 40 caballos de fuerza que rompía pausadamente el Magdalena. Navegábamos a cinco kilómetros por hora. En ese trayecto nadie se dirigió la palabra, solo se escuchaba el ronroneo del fuera de borda y uno que otro parroquiano insultando a otro por celular. Observé que los que hablaron en ese trayecto fungían o mejor, chicaneaban a ser jefes, gerentes. Siempre daban órdenes. Jamás se escuchó, la frase. “Si señor, como usted diga”.
Como corsarios y filibusteros, los hombres que estaban en la estación bodega abordaron la enorme canoa ofreciendo servicios de moto taxis hasta la famosa tortilla de huevo. El sol empezaba a caer como plomo sobre mis espaldas. Arribé a Mompox patrimonio histórico de la humanidad. Ahí pernocté. Por la tarde recorrí sus coloniales calles, el tiempo se había detenido. En el portal de la marquesa dos abuelos parlaban sentados en mecedoras viendo agonizar la tarde. Por una buhardilla conocí la habitación donde el libertador hizo siesta con Manuelita Sáenz. Ingresé al convento de San Agustín, otrora regido por los padres Dominicos, en una banca descansaba el libro de las confesiones del Obispo de Hipona, lo abrí justo en la página donde estaba escrito. “Tarde te amé hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé, yo te buscaba fuera y tu estabas dentro de mí.”. La tenue brisa que se filtraba por la ventana proveniente de la albarrada, nos acariciaba a una abuela y a mí. Esta última en señal de hinojos pasaba por sus dedos nudosos las pepas de una camándula. En estado de recogimiento cerré los ojos y pensé en los coloquios del hijo de Santa Mónica.
A la mañana siguiente salí bajo una tenue llovizna. Perdido en medio de la nada y metido entre lodazales le pregunté a un baquiano.
– ¿A cuánto tiempo está el banco Magdalena? – -a 15 leguas- – respondió –
– ¿Y cuánto es 15 leguas? -Volví a preguntarle-.
Se quedó mirándome y esbozando una amplia sonrisa como la del guasón contestó:
¡A 10 tabacos!
Arribé al terruño del maestro José Barros bajo un diluvio universal, irreconocible por el barro que llevaba encima. Desde una fonda un grupo de gaitas y tambores animaban la lluviosa mañana.
Un diminuto hombre parecido a un muñeco de cera, con pequeños cráteres en su rostro producto de un acné juvenil, personaje sacado de un cuento de Dickens. Luchaba y cavaba en medio de un pantano sacando el camión Kodiak sumergido completamente. El conductor, hombre de barriga prominente sudaba copiosamente, aceleraba a fondo y el embrague hacia tronar la caja de cambios en forma despiadada. El camión se hundía cada vez más. Se bajó y dijo airado: -y así quieren que votemos por ellos-. Pensé: definitivamente no ha sido el mejor día para los políticos. El hombre del cuento de Dickens le daba órdenes a su secretaria, una cachorra fornida de piel cetrina llamada Marta, con el cabello recogido por una gorra de los yankees, libreta en mano anotaba la placa de los carros. Después de titánicos esfuerzos, el camión pudo salir. El diminuto hombre se zambulló en las oscuras aguas para lavarse. El radar como se llamaba el ferry partió silencioso. Marta le entregaba al muñeco de cera el producido del día y este con ojos codiciosos se deleitaba contando billetes y monedas. La secretaria se alejó al otro extremo del Ferry mascullando entre dientes – ¡avaro de mierda ¡-. Exhausto me tendí sobre la enorme cubierta, mirar un jet plateado, fulgurante como una hoja de cuchillo cruzar el cielo azul magdalenense. La secretaria alistaba una motobomba para succionar el agua que inundaba el aparato.
– ¿Marta, ya te celebraron el día? –
– ¿Qué día? – Contestó sin dejar de arreglar la motobomba.
-El día de la secretaria. – Para nada, hoy todo es trabajo-. – murmuró. “el día de la secretaria es todos los días” intervino el diminuto hombre justificando su olvido. En actitud juguetona parecido a un delfín salía y entraba de las oscuras aguas.
El “radar” era el nombre donde Marta era secretaria. Cuando leí “radar” pensé que tendría un dispositivo satelital GPS. Le pregunté al muñeco de cera que ya había salido del agua mojado completamente y devoraba un pescadito con un pedazo de yuca.
. ¿Por qué el nombre de radar? – pregunté-.
Sin decir nada colocó su diminuto cuerpo tapando la letra R y con el léxico de un optómetra dijo: lea. – ¿Qué dice ahora? – Yo me incorporé y leí en voz alta: Rada. El muñeco sonrió: -se llama “radar” porque nosotros somos de apellido rada-. Este ferry es de mi hermano y yo, señaló a un mastodonte, sin camisa, calzado con botas industriales que capitaneaba el timón de manera magistral. Cuando tocamos tierra le dije a Marta: -feliz día de la secretaria-. Tal vez no me escuchó porque se había iniciado el tableteo de la motobomba que succionaba el agua con una gruesa y estriada manguera parecida a la trompa de un elefante.
Ubaldo Manuel Diaz, Sacerdote. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Escribe crónicas y reportajes. Email:sinuano1817@yahoo.es













No se equivoca Daniel, si ese hombre se largará de este país, así fuera llevándose todo lo que se ha robado, sin duda otro aire podríamos respirar, pues además de ladrón y asesino, es un vende patria.