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Collar de versos o el viaje de un poeta

Por: Oscar Arias-Diaz

La poesía vista bajo el retrato de un personaje que busca escribir versos sublimes a pesar de las desgracias. 

Un poeta, segunda película de Simón Mesa Soto, no es solo cine: es una postal amarga de la escena artística colombiana, esa que se repite, se copia y se vive en cualquier esquina donde la poesía parece importar menos que un cover de reguetón en la discoteca del barrio.

Existencialismo, nihilismo y la vida misma —palabras grandes, sí, pero aquí se hacen carne— atraviesan este relato desnudo de un hombre que se nombra poeta: Óscar Restrepo. Mesa lo filma sin filtros, sin maquillaje, sin accesorios, como quien prende una cámara en medio de una ciudad que se empeña en silenciar los versos con el rugido de motos, el eco de discotecas y el turismo de ocasión.

La película se arma como un seguimiento, un espionaje íntimo. El espectador se convierte en cómplice de los desvaríos y los destellos de un personaje que carga en la espalda el peso del mundo y del casting más certero que Mesa podía haber elegido. Lo que se oye y se ve, dentro y fuera de cuadro, es puro testimonio: la vida que no se esconde, la melancolía que golpea como una resaca, la risa que aparece como un relámpago.

Dividida en cuatro partes —intertítulos que, confieso, podrían sobrar—, la película nos pasea por los márgenes de Medellín. No hay narcos, no hay balas, no hay clichés turísticos. Hay, en cambio, un antihéroe urbano, tan campbelliano como barrial: hijo presionado por una madre paisa que le recuerda, con ternura y reproche, que soñar es sospechoso. Padre ausente, hija que se convierte en espejo y en deuda. La familia como raíz y como cadena, la creación como salvación y como condena.

El actor que encarna a Óscar es un Peter Sellers criollo, un cuerpo que respira en la pantalla con tal naturalidad que uno se olvida del artificio. En cada gesto, en cada silencio, construye un personaje que queda tatuado en la memoria del espectador.

El relato se sostiene en diálogos punzantes, en ritmos que oscilan entre la penumbra y la claridad, en una honestidad que desarma. Se siente la influencia de Bresson en la austeridad, de Woody Allen en el verbo ácido, pero Mesa Soto encuentra un tono propio: menos cálculo, más riesgo, más calle.

Lo bueno: cuadro a cuadro, la película es sólida. Dirección, fotografía, arte: todo en función de la historia, sin adornos innecesarios. Un cine preciso, quirúrgico, que demuestra que en Colombia se está pariendo un momento valioso para el séptimo arte. No hay que dejar pasar el momento y verla en salas de cine. 

Lo malo: los intertítulos que dividen los capítulos. Quizás imposición de producción, quizás concesión innecesaria. Pero, como se diría en cualquier calle del país: no tiene presa mala.

*Oscar Arias Diaz, es doctor en Comunicación de la Universidad del Norte. Master en Dirección Cinematográfica de la ESCAC y se encuentra preparando su ópera prima rodada en el Caribe Colombiano. Oscar Ivan Arias DiazComunicador Social y Periodista-Universidad del Norte.Master en Dirección Cinematográfica-Universidad de Barcelona.PhD en Comunicación-Universidad del Norte.

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