Los cinco amigos compartieron fiestas y noches de rumba en Cartagena.
Por: Gustavo Tatis Guerra
En algún momento estuvieron sentados muy cerca del Muelle de los Pegasos, en el viejo mercado donde había un comedero bajo las estrellas que se llamaba La Cueva, y donde su anfitrión ordenaba descuartizar una gallina para un sancocho con su voz aflautada y con un clavel rojo en la solapa. No era una cueva de cazadores, sino de madrugadores hambrientos. Allí el amanecer era un corazón de tortuga latiendo en un caldero caliente, o un sancocho de siete carnes.
Los cinco nacientes en 1920 se vieron en distintos tiempos, se reencontraron en noches delirantes y babilónicas del bar de cazadores de La Cueva y se reencontraron en Bogotá, en Barranquilla y Cartagena, y algunos de ellos se sentían menos viejos por haber nacido con seis meses de diferencia
Los cinco nacieron en distintos meses de 1920 en Cartagena. Alejandro Obregón, el 4 de marzo de 1920 en Barcelona pero vino en barco a Barranquilla, desde el Mediterráneo al Caribe, desde que era un niño y no tuvo deseos de regresar cuando conoció a los caimanes en las ciénagas. Desde los 21 años decidió ser barranquillero y cartagenero.
Enrique Grau, seis meses mayor que Alejandro Obregon, nació de emergencia en un hospital de Panamá el 18 de diciembre, pero a las pocas horas fue para siempre cartagenero, hijo de dos cartageneros que descreían de los hospitales de la época.
Cecilia Porras nació el 20 de octubre de 1920 en una vieja casona del barrio Manga, donde su padre, el historiador Gabriel Porras Troconis, defendió con exacerbada obsesión que el 20 de enero era el día de fundación de Cartagena. Lo creyó con tanta certidumbre en contravía con los historiadores locales, que una madrugada cerró sus ojos para siempre. Era 20 de enero. Cecilia era más amiga de Enrique Grau que de Obregón, pero a su vez alumna de Grau y Obregón.
Nereo López nació el 1 de septiembre de 1920 también en Cartagena y fue muy amigo de Cecilia, de Grau, Obregón y Manuel Zapata Olivella.
Manuel Zapata Olivella no nació en Cartagena, pero empezó a vivir en la ciudad desde 1935. Nació en Lorica, el 17 de marzo de 1920, pero a su puerto llegaban las canoas y las barcazas del Muelle de los Pegasos.
Cecilia, Enrique y Nereo trabajaron juntos en la película ‘La langosta azul’ en 1954, el primer experimento cinematográfico surrealista en el Caribe colombiano. Nereo, que tenía los ojos azules, hizo de forastero en la película a falta de un actor extranjero. Cecilia apareció mostrando sus piernas y sus pies bailoteantes desde una hamaca. Los que dudaban de su belleza delgada y felina quedaron sorprendidos cuando vieron aquellas piernas espléndidas de nadadora.
Grau la convenció de que le posara acostada en la playa, y esas fotos tienen un doble valor documental y artístico: una Cecilia Porras escultural derribada en la hierba tierna de la playa. A Cecilia y a Grau les gustaba disfrazarse.
Cecilia tenía una colección de máscaras. Una de ellas era una pantera y dormía junto a su esposo Jorge Child con un disfraz distrito cada noche. A veces, Jorge despertaba con una leona a su lado, una pantera o un monstruo. A ella se le olvidaba quitarse la máscara. Se cortaba el cabello con unas tijeras de podar el jardín y pintaba sus propios vestidos con los mismos trazos a mano alzada de sus dibujos en tinta china o sus retratos de arlequines que hizo para el libro de Álvaro Cepeda Samudio. Fue ella quien le ilustró la portada de la primera edición de ‘La hojarasca’, de García Márquez, en 1955. Grau, por su parte, ilustró el primer cuento de García Márquez.
El papá de Cecilia era un hombre austero, rígido, sereno, religioso, conservador, que desde temprano sufrió con las irreverencias y extravagancias de su hija. En el Museo Histórico de Cartagena se destaca un inmenso óleo de Cecilia sobre la Independencia de Cartagena, en él aparece ella, como una de las mujeres sublevadas a las que llevarían al paredón. Tal vez era una manera de provocar los sentidos de su padre.
Alejandro Obregón era un personaje de una fantasía encarnada que pintaba con lo que tuviera cerca a su mano, incluso, con un trinche de su cocina o un cuchillo convertido en espátula. Apenas cumplió 21 años, su padre deseó para él un destino de gerente de la empresa de textiles Obregón que sus ancestros habían fundado en Barranquilla en el siglo XIX. Pero Obregón se opuso al destino de sus ancestros paternos y maternos, el de los Obregón empresarios de textiles y el de los Roses, banqueros de Barcelona.
Prefirió irse de camionero al Catatumbo a trabajar en las petroleras, pero en el camino vio los relámpagos iluminando el cielo y la sonrisa misteriosa de los motilones, y el paisaje era ya una pintura desmesura y exuberante que se deshacía detrás de su espejo retrovisor. Se pasó la vida pintando los mejores atardeceres que había visto en el Catatumbo y aquellos relámpagos que alumbraban de raíces doradas el cielo oscuro. Obregón y Grau estuvieron en la misma aventura de crear el Museo de Arte Moderno de Cartagena, que lideró Grau. Los dos pintaron para el mismo tiempo los murales del Centro de Convenciones de Cartagena. Grau lo hizo con la disciplina espartana de un minero insomne y Obregón lo mismo en las últimas tardes con el frenesí de un condenado a muerte al que le dieron las últimas horas para desafiar el silencio de una pared en blanco. Al final, los dos se miraron perplejos y Obregón le dijo a Grau: “Tú y yo somos como dos barcos que se encuentran en la noche”.
Manuel se quedó para siempre junto a sus hermanos, inventando motivos para crear con su hermana Delia una compañía de danza ancestral y para planear un viaje al África a reencontrarse con sus lejanos parientes traídos al puerto local. Y para iniciar la escritura de su epopeya de los africanos en América que le tardó más de veinte años. La hermana murió por un mosquito africano que la derrumbó en el sopor de las fiebres palúdicas.
Nereo los fotografió a todos cuando eran unos muchachos. A Manuel cuando era médico rural en el Cesar y a Cecilia cuando entraba al otro bar de locos y cazadores de La Cueva. Los cinco cambiaron la vida y la cultura de Cartagena y el país. Los cinco desviaron la manera de pensar y vivir de los colombianos.
Los cinco ya no están para celebrar sus cien años de prodigiosa locura.















