Por: Francisco Figueroa Turcios
Anselmo Gil Gil se escribe con pinceles cargados de historia y con un amor profundo por la tierra que lo vio nacer: San Juan de Betulia (Serie: Los rostros ocultos del éxito de la Ruta del Color (2))
En San Juan de Betulia hay maestros que no solo educan desde el aula, sino también desde las paredes del pueblo. Anselmo Gil Gil es uno de ellos. Docente de formación y artista por vocación, encontró en el proyecto social La Ruta del Color una manera de enseñar sin cuadernos, de sembrar identidad sin discursos y de transformar el paisaje con memoria.
El vínculo de Anselmo, con el proyecto social La Ruta del Color, nació casi por casualidad, como suelen nacer las cosas destinadas a perdurar.. La primera casa que fue intervenida en el proyecto la Ruta del Color fue la vivienda de la familia Severiche Pérez, luego la de la familia Avilez Gil y la tercera la familia Rodríguez Gil: estas tres casas de palma están ubicadas en el barrio Central del casco urbano betuliano con que se inició con este excelente proyecto social.

La Ruta del Color ha sido maravillosa y un despertar de la riqueza cultural y económica de las gentes de San Juan de Betulia.
Hoy, son más de 50 casas cuyas fachadas están convertidas en verdaderas obras de arte, al igual que varios murales en diferentes puntos, siendo un referente para cientos de visitantes que han llegado en los últimos años a San Juan de Betulia.
«Albeiro Mendoza, me motivó a participar en el proyecto de la Ruta del Color y comencé a pintar una de las primeras casas, la de las mariposas amarillas de Gabriel García Márquez.
Yo soy docente en la Institución Educativa San Mateo, en El Roble, Sucre, y saco el espacio para participar. Recuerdo que iba pasando frente a la tercera casa que se intervenía cuando me llamaron para dibujar las mariposas. Desde ese instante, quedé ligado para siempre a la Ruta del Color» revela Anselmo Gil Gil, sobre su vinculación al proyecto Ruta del Color.

Pero la pintura ya caminaba con Anselmo desde la infancia. En el colegio pintaba sus dibujos y los de sus compañeros, y con los años llegaron los murales y retratos que dejó en San de Betulia. Se formó en Artes Plásticas en la Escuela de Bellas Artes de Sincelejo y luego se licenció en Educación con énfasis en Artística, una combinación que hoy se refleja en su forma de entender el arte como herramienta pedagógica y social.
Su estilo se inclina hacia el realismo, una búsqueda constante por retratar la vida cotidiana, la naturaleza y las historias sencillas que habitan los pueblos. Esa mirada encajó de manera natural con el espíritu de La Ruta del Color, un proyecto que desde sus inicios tuvo acogida comunitaria. “No hubo escepticismo. Desde que se pintaron las primeras casas el impacto fue positivo. Cuando las cosas se hacen desde el corazón, los resultados se notan”, afirma, destacando la creatividad y el liderazgo de Óscar Ortega, creador de la iniciativa.

Entre los murales de las paredes de las casas que le ha tocado pintar, hay una que toca fibras personales: la casa de los juegos de azar. Allí vivió su abuelo, Miguel Gil Pérez, quien en épocas de fiesta organizaba mesas de dados y cartas. Pintarla fue un acto de homenaje, una manera de convertir el recuerdo familiar en patrimonio colectivo.
El impacto del proyecto en Betulia ha sido evidente. Las casas pintadas no solo atraen visitantes; también fortalecen el orgullo local. “La gente se siente identificada, hay un mayor sentido de pertenencia y una visibilidad que ha trascendido lo local”, reflexiona el docente.

Con cada muro intervenido, Anselmo Gil Gil confirma que el arte también educa. Desde La Ruta del Color, enseña a las nuevas generaciones que la identidad se defiende con creatividad, que la memoria se cuida con color y que un pueblo puede narrarse a sí mismo desde sus propias paredes.
Al final, cuando las brochas descansan y el sol se va apagando sobre las fachadas, queda algo más que color. Queda la certeza de haber hecho lo correcto. En cada muro que tocó, Anselmo Gil Gil dejó una huella que no se borra con el tiempo: la del hombre que pinta para recordar, para honrar a los suyos y para reconciliar al pueblo con su propia imagen.

La Ruta del Color no solo transformó casas; transformó miradas. Y en esa transformación, Anselmo fue testigo y protagonista. Pintó historias ajenas y propias, llevó al muro la memoria de su abuelo, la infancia compartida, la fe en el arte como camino. Su testimonio no está escrito en libros, sino en las paredes que hoy hablan por él.
Así, mientras San Juan de Betulia se reconoce en sus colores, Anselmo sigue enseñando —sin aula y sin tablero— que el arte también es un acto de amor, una forma de quedarse, una manera de decirle al pueblo: aquí estamos, esta es nuestra historia y vale la pena contarla.











