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Alimento exquisito

Los colombianos libres del uribismo o el santismo, de la derecha o la izquierda, tienen razones para explicar su apatía contra el proceso de paz.

El comentario de Elías

Por Jorge Guebely

Lo sienten como otro capítulo más del mismo novelón de todas las épocas. Escenas similares se repiten periódicamente sin que la paz aparezca en ningún horizonte, sin que las armas dejen de proliferar por todas partes. Nada distinto hay más allá de los pactos con uno de los tantos actores de la violencia colombiana. Los acuerdos de la Habana no detendrán los desbarajustes sociales del campo ni los de la ciudad.

Antes y después, la degradación del sistema seguirá su rumbo decadente. Los argumentos de los contendores políticos, en favor o en contra, vuelan como artificios lingüísticos lanzados al viento.

Inverosímil resulta el discurso de los detractores. El castrochavismo parece más una fantasía perversa que una realidad política. La propiedad privada sigue y seguirá vigente como en todos los tiempos de la república. Ninguna posibilidad existe de ver la guerrilla gobernando desde el palacio presidencial. Nada hay en la cabeza del presidente colombiano que lo conduzca a ‘venezolización’ de Colombia. La expropiación de tierra es un grave error en un país tan conservador como el nuestro. Argumentos que no son más que maquinarias lingüísticas con fines electorales.

Mienten igualmente los defensores. Los acuerdos con las Farc no conducirán a la paz porque ellas no son el origen de la guerra. El cáncer no se cura maquillando los síntomas. Es tan equívoco culpabilizarlas de ese desajuste social como culpabilizar a la comunidad wayuu de la muerte de sus hijos o a las madres antioqueñas por la prostitución de sus hijas menores.

En Colombia, la mayoría de sus ciudadanos es, de algún modo, víctima de un Estado excesivamente imperfecto. El origen de las guerras colombianas habría que buscarlo en la intimidad del Estado. En sus funcionarios o dirigentes políticos que es lo mismo. Los que, desde el poder estatal, promueven o cohonestan con la exclusión, la iniquidad, la pobreza, la corrupción, el clientelismo… Hoy por hoy, el político resultar ser el peor enemigo de la población colombiana.

Tanta incompetencia política causa apatía pero también desasosiego. Sin embargo, es justo reconocer que los funcionarios del Estado no son más que fichas de su autodestrucción. Bacterias fermentadas desde el exterior, agentes de la codicia envolvente del capitalismo.

Porque la codicia es el motor de la corrupción, de la exclusión y de la iniquidad: el alimento exquisito del capitalismo.

jguebelyo@gmail.com

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