A la memoria de Xiomara. Inspirado en el personaje La Noche de la novela Disfrázate como quieras de Ramón Illán Bacca.
1
“La Noche” se asomó por la ventana de su apartamento y le gritó al motorizado que en breve bajaría, que la esperara en la puerta del edificio unos cinco minutos más.
Fue al espejo del corredor y se colocó el antifaz que completaba su ajuar para lo que sería una prometedora faena de baile en la caseta A Plena Sol.
Era la noche de un sábado de Carnaval de 1985. El rugido de la moto se encendió, y con La Noche de parrillera el muchacho atravesó calles abarrotadas con gentes que lucían disfraces de toda clase; algunos la reconocían al paso y le lanzaban alguna frase picante, frases que el viento cortaba al acelerar de la moto. Un enmaicenado le arrojó una flor que ella inútilmente trató de atrapar. La brisa sacudía su encrespado y oxigenado pelo que realzaba más ese toque aleonado que siempre le acompañaba.
Su disfraz no había variado en los últimos años: una trusa en animal print -leopardo, para ser exactos- una larga cola de felina que salía del nacimiento de sus carnosas nalgas, unas puntiagudas orejas más de zorra que de gata, y un antifaz dorado del que se desprendían centenares de flequillos del mismo tono que bajaban como una cascada de oro hasta la altura de su cuello. El muchacho de la moto la miró por el retrovisor.
-¿Qué sucede?-, preguntó La Noche.
-Nada, solo la observaba-, dijo el chico.
-No te distraigas amor, quiero llegar intacta a ese baile, así que no despegues los ojos de la carretera.
La moto aceleró, segundos después frenaban dramáticamente por una comparsa de congos y otros disfraces que salieron de la nada como un vistoso mural. Algo malhumorada, La Noche le dijo que ahí mismo se bajaba, que seguiría el camino a pie hasta la caseta. Sacó un billete de su bolso y se lo pasó al muchacho quien salió disparado como alma que lleva el diablo. El grupo de Congos parecía dirigirse al mismo destino, así que se le unió en una breve caminata hasta la famosa caseta. Eran las 10 p.m. La Noche se tomó un primer trago que le pasó un monocuco borracho.
-¿Es usted La Noche, cierto?-, la asaltó uno de los Congos, un tipo joven y tan alto como una palmera.
Ella se vio reflejada en uno de los espejuelos del tocado del Congo, se percató que uno de sus aretes estaba desabrochado, corrigió el asunto y contestó al interrogante:
-Sí, así es, soy esa misma.
-¿Pero ese no es su nombre, cierto?
-Obvio que no es ese.
-¿Y por qué le dicen La Noche?
-¿Por qué? Es una larga historia, dulzura.
-De usted se dicen muchas cosas, ¿sabía eso?
-¿Como cuáles, a ver?
-Que usted no es lo que parece, y también que quienes la han visto sin el antifaz no han vivido para contarlo, que solo sale en Carnavales, que…
Cuando terminó de dar razones, el joven congo se dio cuenta que hablaba solo. La buscó con los ojos a su derecha e izquierda, se empinó a ver si la distinguía alejándose de su comitiva, pero no la encontró por ningún lado. Lo sobresaltó a sus espaldas la voz aguardentosa del monocuco ebrio que le decía: Quita esa cara de entierro, “mi vale”, deja que fluya la noche.
2
Como las mujeres solo pagaban “un kiss”, la caseta
A pleno Sol estaba repleta de ellas. Había tigrillas, indias, danzarinas árabes, cortesanas, negras puloy, y por supuesto la enigmática conocida como La Noche.
Bancos de madera y mesas se repartían por el interior del lugar, barriles de metal llenos de hielo y aserrín para enfriar las cervezas ocupaban las esquinas de la caseta, no tardó en volar una hasta las manos de La Noche.
-Se la envía mi compadre, ese que está allí-, la abordó un sujeto flacucho cuya careta de muerte lo hacía lucir muy natural.
-Gracias-, dijo ella.
-Le manda decir que si gusta, puede acompañarlo en su mesa.
Ella miró hasta el sitio donde señalaba el dedo esquelético del tipo. El sujeto en mención no llevaba disfraz, estaba vestido enteramente de blanco, lucía unas Ray Ban de lentes verde esmeralda y un bigote espeso. De inmediato en su estómago algo empezó a removérsele a La Noche.
-Dígale al señor que estoy esperando a unas amigas.
Ella no mentía. Media hora después se hacía con dos de sus mejores amigas, una de ellas, vestida como Nefertiti; la otra, enfundada en un kimono color escarlata. Juntas eran la sensación del lugar. No era que las otras mujeres desentonaran, pero en La Noche y sus acompañantes se percibía un especial esmero en los detalles de los disfraces que lucían.
La geisha sugirió conseguir una botella de Wiski, La Noche salió al paso diciendo que eso era trago de guajiros, Nefertiti opinó lo mismo, que eso no era un trago para mujeres de su tipo. Terminaron bebiendo una canillona de Ron Blanco. A media noche, una tanda de Aníbal Velázquez hizo sacudir el lugar. Las latas que conformaban la estructura de la caseta vibraban como una nube de avispas enfurecidas. La Noche bailaba y movía sus hombros como dos cascabeles enloquecidos. En esas estaba cuando el sujeto de blanco la haló por la cintura y la puso frente a él. Ella, algo asustada, empezó a marcar el ritmo. Fue cuestión de segundos para que ambos se transformaran en un tornado que acrecentaba su fuerza al son de Alicia la flaca. Él la apretaba fuerte contra su pecho, ella sintió los crucifijos en oro presionando en su escote, él enredaba por momentos uno de sus dedos en la profusa cabellera tinturada, ella sintió una nausea repentina de tanto dar vueltas, y le dijo que pararan.
-Venga, siéntese conmigo, deje que sus amigas sigan bailando-, sugirió él.
Apoyándose de su hombro, llegó hasta la mesa del sujeto. El enmascarado de la muerte estaba casi dormido con la cabeza metida en un plato de trozos de naranja.
-Y dime muchacha, ¿cuál es tu nombre?
-Me llamo la Noche.
-Vaya, qué nombre tan bonito. ¿Y por qué La Noche?
-Todos se preguntan lo mismo. Se lo resumiré, como dicen por ahí: de noche todos los gatos son pardos-, dijo ella al tiempo que chupaba coquetamente un casquito de naranja.
-Entiendo, señorita.
-¿Y usted es guajiro, cierto?-, preguntó ella y disparó al suelo una pepita de naranja.
Él carcajeó, el enmascarado del más allá alzó la cabeza e intentó decir algo pero cayó fundido nuevamente.
-No, no soy guajiro.
-Es que como casi todos aquí están disfrazados, y usted con esa ropa.
-¿Y quién te dice que no estoy disfrazado? Recuerda que no todo es lo que parece.
Ella rió, él le propuso que dieran una vuelta en su moto la cual tenía parqueada afuera. Ella aceptó, tenía algo de calor. Juntos arrancaron de allí. La voz de Aníbal Velázquez se iba quedando atrás. Ella se aferró a él, recostó la cara a su espalda mientras la motocicleta aumentaba su marcha y qué importaba irse con un desconocido una vez más, al fin y al cabo eran Carnavales y La Noche todavía era joven.]]>