Por Armando Madiedo
Se fue una gran poeta, una gran maestra, una gran amiga. Aún recuerdo mis primeros días en su taller, donde llegué flaco y lleno de esperanzas.
Llegué guiado por Luis Mallarino, con guitarra cantando canciones de Silvio Rodríguez y Joaquín sabina, con otra idea de la poesía. Fue su mano la que me enseñó las primeras señales de la palabra, dejó las semillas y nombres precisos para labrar un campo que con los años floreció.
Qué tonto fui cuando ignoraba sus palabras y me perdía en risas, y ella aparecía con su sonrisa de abuela con amenazas de lanzarme el zapato por mi recocha en clase. Ahora recuerdo su voz, dando las pautas del correcto uso de la gramática, mirándome por debajo de los lentes cuando veía una luz en mis versos. También recuerdo su dulce abrazo, sus consejos que con frecuencia dejaba en el camino, todas sus correcciones que odiaba y después me tragaba como esos horribles brebajes que solo pueden preparar esas brujas de las palabras.
Y ella se sabía hechicera de poemas, nos contaba sobre sus aquelarres con Meira, Beatriz, Norita y Carmen, historias que deberían estar en alguna memoria imborrable, pero sé que no es así, los detalles quizás se seguirán perdiendo, como la perdimos a ella.
Hoy vienen a mí toda su risa, todos sus gatos y sus plantas y ese castillo mágico lleno de poemas en las paredes que era su casa. Hoy quisiera levantarme un sábado por la mañana y entrar al salón solo a verla, a escuchar su voz de poema, acariciando versos como nunca pude aprender.
Gracias a ella pude vivir de la palabra, de las historias por muchos años, ella también aprobó cada uno de mis poemas, ella era juez y hada madrina. Ella es quien susurró mi nombre al aire y la poesía vino a mí a abrazarme.
Después de tantos años de aprendizaje, aún siento que aprendí muy poco de lo que ella me dio, solo que quedó una foto como prueba del cariño que me robaba.
La última vez que la vi, me acerqué por la espalda y le tapé los ojos como siempre, “quién será esta cosa tremenda, quién más que el turco”, apodo que heredé de mi primer encuentro con el maestro Vargascarreño. Le di un abrazo que hoy vuelvo a sentir, y nos perdimos con algunas risas como siempre.
Perdimos a una mujer invaluable, a una de las voces más importantes de la poesía en Barranquilla, aún le debemos más homenajes de los que pudimos regalarle en vida.











