Arte y CulturaEstilo de Vida

La cita

A veces damos vueltas y vueltas a los sueños, a las metas, sin olvidamos que la realidad también da las suyas mientras nos perdemos de vivir.

Por Sara Martínez Vega

Con la ansiedad de sentirse cada día más cerca de su destino, despertó como vomitado por la almohada. Miraba fijamente al techo mientras saboreaba la sensación de hallarse precipitado hacia aquel norte que, en secreto, había guiado sus pasos durante tantos años de jornadas inciertas.   Cansado de escuchar una y otra vez que la clave para librarse de la desazón propia de su carácter era encontrar el sentido de la vida; que todos hemos venido al mundo con una tarea por cumplir; que Dios tiene un destino preciso para cada quien; que no se puede andar por ahí sin metas porque “cualquier puerto es bueno para quien no sabe a dónde va” y otras tantas consignas que aluden al éxito en la empresa de vivir, había finalmente encontrado la fuente que le develaría la razón de su existencia. Ya no sería más la oscura figura que, en las fiestas, se refugiaba al fondo del pasillo tratando de entender los motivos del jolgorio de los otros sin aspirar siquiera a sumergirse en aquellas extrañas atmósferas. Canturreaba versiones propias de aquellas melodías que se habían impuesto a sus oídos sin que entendiera muy bien lo que decían. Su ser gestaba otra forma de estar en el mundo; su presente fue perdiendo densidad conforme empezó a pensarse habitando el más allá de la cita.

Durante todo ese mes se dedicó a imaginar en detalle su nueva vida y a prepararse para ella, ensayando los ademanes que mostraría, los comentarios que haría frente a sus colegas, las miradas que, en adelante, sostendría fijas y frontales, la amplitud que abarcaría su sonrisa… Cada movimiento hacía parte de un ritual de preparación.  Se arrojó entonces a la construcción de su personaje, de ese nuevo yo que irrumpía para trastocar su cotidianidad de cuarentón intrascendente –porque lo cierto era que cada vez que escuchaba la expresión “sin pena ni gloria”, lo envolvía una sensación de desnudez al sentir el golpe de ese tipo de insulto que no puedes refutar porque no ha sido proferido a tu nombre, pero que te sacude las vísceras por la exactitud con que parece  describirte–.

Poco a poco fue  introduciendo colores inusitados en su guardarropa, pues creía que ese constante turquí, que lo hacía prácticamente invisible, entorpecería sus futuras audacias. Como el turquí, su pasado fue desdibujándose poco a poco. No era que lo olvidara, pero devenía una especie de masa insubstancial que lo acompañaba sin pesarle. Tampoco conseguía sustraer de ella los momentos de gratitud; no albergaba sentimientos nostálgicos ni atesoraba memorias de sus alegrías vanas. Era como si su realidad, presente y previa, se aligerara frente a la existencia que se estaba abriendo paso.

El mes se deslizó veloz entre jornadas interminables. “Los días se van lento, los años rápido”, decía el personaje marginal  de un filme danés que había visto tiempo atrás. La víspera transcurrió en medio de una extraña sensación de malestares, cosquilleos y vacíos estomacales. En la noche planchó el pantalón negro que usaría y lo colgó junto a la cama, se dispuso a dar uno de sus paseos cotidianos y, ya ante la puerta, se arrepintió por temor a que cualquier contingencia le impidiera concurrir al esperado encuentro; su condición de mortal se le presentaba por primera vez como un problema: la mala hora suele llegar cuando menos se la desea. Se sentó a leer un libro pellizcado al azar de su biblioteca y bebió la infusión de manzanilla que le ayudaba a dormir. Soñó que su casa no tenía ventanas. Despertó un par de veces con la sensación que, de niño, lo invadía cada diciembre cuando se acostaba con la certeza de que los regalos estarían junto al árbol al amanecer. Como no podía precipitar el alba, se quedaba arropadito mientras su imaginación evocaba los posibles juguetes tratando de anticiparlos.

Sonrió y se cubrió, acomodándose inconscientemente en la posición que adoptaba su cuerpo en la cama durante esas noches de Navidad. La casa sin ventanas se tornaba cada vez más estrecha y despertó en medio de un ataque de asfixia.  La luz empezaba a asomarse por la pequeña grieta que se abría en la juntura de sus cortinas. Comprobó de reojo que el pantalón negro seguía colgado junto a la cama. Se bañó con más escrúpulos de lo habitual y, ya envuelto en su kimono, filtró una jarra de café. Tras vestirse se sentó a desanudar los pensamientos que asaltaban su amanecer. Al caminar hacia el comedor, detuvo sus pasos frente al calendario Pielroja que marcaba ya no el 22 sino el 23 de octubre. Tenía que ser una broma del viento que irrumpe por las ventanas. La pantalla de su teléfono le permitió confirmar que el día de su cita se había deslizado en un tiempo del cual no guardaba conciencia alguna. Dispuso la mesa y bebió, a sorbos aletargados, su taza de café.

La Cita - Nitho Cecilio (técnica mixta)

La Cita – Nitho Cecilio (técnica mixta)

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