En vez de cobrarles el llamado plástico no biodegradable a quienes lo ofrecen, es decir a los supermercados, lo clavan es al pobre consumidor que, además, debe pagar el 19% del IVA.
Por Rafael Sarmiento Coley
Los países del primer mundo (Estados Unidos, Japón, Dinamarca, Finlandia, Suiza, Reino Unido de Gran Bretaña, Suecia, Alemania), creadores del invento de la bolsa plástica para empacarles las compras a los clientes de los supermercados, ni se mosquean por esos asuntos.

¿Qué le costaba al Congreso cobrarle la bolsa al supermercado y obligar al consumidor volver al canasto o al propio saco de fique? Definitivamente la intención era clavar un nuevo impuesto al consumir, que es el mismo pendejo que elige a los Congresistas.
Deberían ser ellos –esos países que inventaron el plástico con base en carbono, hidrógeno y otros elementos no degradables- quienes paguen los costos de su ingenioso pero nefasto invento-, pero no. Ellos están muertos de la risa.
Y en Colombia en donde hay unos senadores y representantes a la Cámara que se dejan comprar por cualquier porción de mermelada, fue de fácil aprobación, casi que en un conciliábulo entre los ministros del Medio Ambiente, el insensible Minhacienda y los parlamentarios enmermelados, salió a flote el despreciable gravamen a los consumidores. ¿Se requerirá una muestra más de que el Congreso de Colombia legisla solo para los ricos y no para los pobres? ¿Será posible que el pueblo que vota por esos congresistas no sean consciente de la tamaña corrupción que hay en el Congreso, tanto así que una inmensa mayoría de sus integrantes son tan corruptos como el exfiscal anticorrupción?
¿Por qué los cabeza hueca congresistas ponentes de la Ley 1819 de 2016 no le dieron la vuelta a los artículos 207 y 208 de la miserable ley para que fueran los dueños de los grandes mercados de superficie quienes asumieran el costo de dichas bolsas plásticas?
Entre tanto los mismos supermercados se encargarían de fabricar y ofrecer a su cliente bolsas de papel, de tela, de concha de coco, los tradicionales canastos, todo ello a módicos precios.
Nada de eso era posible porque la consigna del despreciable Minhacienda es joder al pobre consumidor que en su mayoría es de clase media. Que ya de por sí está con la soga al cuello pagando el 19% en casi todos los artículos de esencial consumo.
Es cierto que la comunidad mundial está embarcada en la era mundial del impuesto verde. Gravamen que en Dinamarca perfectamente lo puede pagar el consumidor sin que la haga la menor cosquilla. En cambio al consumidor de Cundinamarca sí lo afecta en extremo.
Es que los legisladores colombianos no pueden medir con el mismo rasero a nuestro país con las naciones del primer mundo. Más que una indolencia, es una estupidez.
Leyes como la 1819 de 2016 están hechas a la medida para favorecer a los pocos grandes detentadores de la riqueza en Colombia: eximen de impuesto al turismo a los hoteles que se han construido entre el período 2010-2021. Eso tiene nombre propio: hoteles Estelar de Luis Carlos Sarmiento Angulo.
Desde el sábado obliga a los consumidores de los supermercados a pagar 20 pesos por cada bolsa plástica (grande o chiquita), que consuma. Con la maldita condición de que la tarifa aumenta cada año: en el año 2018 serán a $30; en el 2019 a $40 y en el 2020 a $50.
Como quienes hacen las leyes en Colombia son medio tarados – o las tiran de tarados- no saben, o se hacen los de la vista gordo, que el negocio de las bolsas de plásticos en los almacenes de cadena son “negocios menores” de algunos de los propios socios de los supermercado, o de sus queridos hijitos, que a su vez son los propietarios de los taxis que prestan servicio en dichos supermercados, y de las estaciones de gasolina y lavado de vehículos que están a sus alrededores.

Lo que no sabe el legislador, o se las tira de bobo, es que estas bolsas plásticas son un negocio paralelo de los propios supermercados a través de empresas outsourcing de sus propios familiares.
Los supermercados de grandes superficies tienen otro enorme negocio de alta rentabilidad con el arriendo de locales para las cadenas de cine y para pequeños almacenes de productos que no compitan con los del supermercado. Cafeterías, peluquerías.
Con todos esos incalculables ingresos nada le hubiera costado a los almacenes de cadena asumir el costo adicional de las bolsas plásticas no biodegradables. Porque, además, ese es un negocio de ellos, a través de sus propios familiares, no de terceros.
Debe traer su propia bolsa o canasto
En la fila del supermercado, el cajero le dice a una señora mayor que debería traer su propia bolsa, ya que las bolsas de plástico no son buenas para el medio ambiente.
La señora pide disculpas y explica: «Es que no había esta moda verde en mis tiempos».
El empleado le contestó: «Ese es ahora nuestro problema. Su generación no puso suficiente cuidado en conservar el medio ambiente.»
“Tiene razón”, le dice la señora: “nuestra generación no tenía esa moda verde en esos tiempos:
– “En aquel entonces, las botellas de leche, de refrescos y las de cerveza se devolvían, en la tienda y las enviaba de nuevo al fabricante para ser lavadas y esterilizadas antes de llenarlas de nuevo, de manera que se podían usar las mismas botellas una y otra vez. Así, realmente las reciclaban.
-“Subíamos las escaleras, porque no había escaleras eléctricas en cada comercio ni oficina, así se conservaba energía eléctrica.
– “Íbamos caminando a los negocios en lugar de ir en coches de 300 caballos de fuerza cada vez que necesitábamos recorrer 1 milla.
No había pañales desechables
– “Por entonces, lavábamos los pañales de los bebés porque no había desechables. (Y se dice de algunos congresistas de extracción popular que cuando niños sus padres eran tan pobres, que los pañales eran de penca de plátano. ¡Y cómo cambian los tiempos, hoy esos mismos niños de pañales de penca de plátano andan en burbujas 4 puertas con máximo blindaje, 4 escoltas, $30 millones de sueldo fuera de mermelada, cachucha y perendengue).
–
“Secábamos la ropa en la soga, no en secadoras que funcionan con energía eléctrica. La energía solar y la eólica secaban verdaderamente nuestra ropa.
– “Entonces teníamos una televisión o radio, en casa, no un televisor en cada habitación.
– “En la cocina, molíamos en mortero y batíamos a mano, porque no había máquinas eléctricas que lo hiciesen por nosotros.
– “Cuando empaquetábamos algo frágil para enviarlo por correo, usábamos periódicos viejos arrugados para protegerlo, no plástico de burbujas.
– “En esos tiempos no usábamos podadora eléctrica para cortar el césped; usábamos una podadora que funcionaba a músculo.
– “Hacíamos ejercicio trabajando, así que no necesitábamos ir a un gimnasio para correr sobre caminadoras mecánicas que funcionan con electricidad.
– “Bebíamos directamente de la llave o en vaso de cristal cuando teníamos sed, en lugar de usar vasitos o botellas de plástico cada vez que teníamos que tomar agua.
– “Cambiábamos las navajas de afeitar en vez de tirar a la basura todo el rastrillo sólo porque la hoja perdió su filo.
– “En aquellos tiempos, los chicos iban en sus bicicletas a la escuela o caminando, en lugar de usar a su mamá o papá como taxista.
– “Teníamos un enchufe en cada habitación, no varios multicontactos para alimentar una docena de artefactos.
-“Y no necesitábamos un aparato electrónico para recibir señales desde satélites situados a miles de kilómetros de distancia en el espacio para encontrar la pizzería más cercana.
– “Usábamos teléfonos fijos y sólo había uno cada diez casas, hoy ustedes tienen 10 por cada casa, y cuando los desechan las baterías contaminan la tierra y miles de litros de agua.
– “Así que me parece lógico que la actual generación se queje continuamente de lo irresponsable que éramos los ahora viejos por no tener esta maravillosa moda verde en nuestros tiempos”.
Por último, Jorgito, el nieto de la señora, le dice: “Abuela, me deja también decir una cosa”. “¡Claro mijo!”, le dice ella con entusiasmo. Y Jorgito dice: “No dejes de enviarle esto a otra persona “mayor” que esté harto de recibir lecciones de ecología de cualquier «Pendejo» de esta nueva generación”.
Y menos que se deje clavar el impuesto de la bolsa aprobado por congresistas atarugados de mermelada, muchos de ellos aficionados al dicho: “¡vaya mi pana, páseme la bolsa!”. La misma bolsita que usaba Diomedes Díaz.
Ciudadanía emputada
Por eso es que ya hay gente en Colombia que no se mama este Congreso por la forma en que se ha ido desdibujando, corrompiendo, perdiendo esa imagen impoluta ante la comunidad.
Lo demuestra el siguiente suceso:
“La Registraduría aprobó la Comisión del referendo para la rebaja del sueldo a los congresistas.
Se deben recoger 1’900.000 firmas para su validez, en menos de 6 meses…
Se invita a todos para que colaboremos con este propósito…es la oportunidad de devolverles a ellos el regalo de Navidad que nos dieron con la nueva reforma tributaria.
¡Asiste a la Registraduría más cercana! No solo leamos. Reenvié, y actuemos. Solo así las cosas cambiarán”.











