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Angélica de la Riva, el amor doloroso en un concierto a París

Su presencia, la voz, el cuerpo. Su música, el piano. El amor, su placer, su dolor. Telón de fondo, la ciudad luz.

Por Jorge Sarmiento Figueroa

Demasiada belleza duele. La mujer sale ataviada con un traje enterizo cuya tela dibuja su cuerpo y al mismo tiempo lo hace respirar. Es a los hombres a los que corta el aire. Y los hombres fingen el silencio con un aplauso boquiabierto.

El gran collar en el cuello es su corona. Su mirada habla, nos dice que ella sabe que es bella. Y le gusta saber que hombres y mujeres la miramos. Angélica de la Riva no solo es la artista que canta. Es la reina. El teatro Amira De la Rosa parece un palacio pequeño para su porte. Si no fuera por el telón de boca de Obregón.

Philippe Mouchet, director de la Alianza Colombo-Francesa de Barranquilla, advirtió que esta noche de concierto en homenaje a París es una coincidencia. «Nosotros no hemos decidido hacer un concierto por los atentados, ni le vamos a pedir a ustedes un minuto de silencio. Serán ochenta minutos de cultura, eso es lo que vamos a hacer».

Y Angélica de la Riva, la soprano cubano brasilera que vuelve a la ciudad después de haber estado en 2013 compartiendo su talento en clases magistrales, abre su pecho esta noche, quince días después de que París fue atacada. Tiene los brazos, los hombros y la espalda del tamaño de una remadora olímpica.

Angélica de la Riva, cantante soprano y atleta olímpica.

Angélica de la Riva, cantante soprano y atleta olímpica.

Es cierto, ella hace parte del equipo que estará compitiendo en las justas de Río de Janeiro. Abre su pecho y sale una voz delgada y fina, esta mujer es tan bella que duele.

Su primera canción es del compositor brasilero Heitor Villa-Lobos. Es ‘Bonsoir Paris’. Buenas noches, París. Es una despedida a la ciudad que amó. «Villa-Lobos, que vivió tantos años en París y se enamoró de sus lugares, de sus colores, quiso despedirse de ella dedicándole su amor. ‘No cambies, Paris, no cambies’, le cantó implorando», relata Angélica de la Riva, y comienza ella misma, antes de entonar la canción, a hablar del amor por una ciudad que ha atravesado incontables y dolorosas guerras desde los días de su fundación y que sin embargo se ha mantenido desde siempre preñada de inspiración para artistas de toda latitud. «La cultura es la fuerza más poderosa contra la violencia. No ganamos nada hoy levantando la mano contra los violentos. Aunque nos duela, levantemos la voz, el arte, el alma, por el mundo y la ciudad luz».

Cada canción tuvo esa noche, como la interpretación de Bonsoir Paris, una antesala de Angélica de la Riva. Y fue gracias a esas palabras orientadoras, que pudimos, los que ignoramos la profundidad y origen de las piezas de su repertorio, viajar con ella por el reino en el que es dominadora imperial.

Pero también a través de esa belleza física y espiritual, Angélica de la Riva empieza a mostrarnos su propia realidad, la que tiene dolores y placeres como todos los mortales, la que no tiene corona sino corazón. La que no brota sangre azul cuando sufre.

La cantante va a interpretar ‘Plaisir d’Amour’, de Jean Paul Martin, pero antes expresa: «El tiempo del placer del amor es muy corto, en cambio el tiempo de su dolor es muy largo». Hace silencio, sus ojos que miraban altivos esta vez naufragan. Y su belleza hace que ahora el dolor se vuelva insoportable.

Luego, en ‘Addio del passato’, de la ópera La Traviata, de Giuseppe Verdi, tomó el papel que Violeta lee en el drama, y es ella, Angélica de la Riva, quien se convierte en la mujer consumida, devastada. Y lee como si sintiera que es su propio drama: «Habéis tenido lo prometido… ¡el duelo ha tenido lugar!». Termina la lectura, el papel vuela por los aires, ella ahora canta, canta y semejante repertorio en honor a París termina convertido en la alegre canción ‘Habanera’, de la ópera Carmen, de Bizet, y así esta noche se vuelve una alegoría en la que la vida es la mujer más bella cuya llegada al escenario es feliz y a medida que camina conoce el dolor y se vuelve triste, hasta cuando resurge y nos muestra su alma viva.

Angélica de la Riva también ha sido esta noche el mensaje de amor que los artistas le tienen a París. Al final, ninguna ciudad se debe tanto a sus guerras  y atentados, como a sus artistas. Porque sin Homero, Troya no existiría. Y ese amor universal se refracta en esta hermosa soprano, cuya presencia nos parecía inmortal y luego nos mostró su rostro más pequeño, su tamaño más humano. «Y aunque el dolor del amor sea muy largo, por el instante de placer vale la pena volver a intentarlo», se rehace en su esperanza.

El papel arrugado de Violeta que Angélica de la Riva leyó, fue a dar en el piso, debajo del piano. Orlando Alonso, pianista cubano que acompañó esta noche a la cantante, lo vio ahí tirado y en un anónimo momento del concierto se agacha y lo toma. Contempla un instante su contenido, sonríe, también a él le brillan los ojos. Lo dobla y se lo guarda. Da la impresión de que todo en esta noche sucede en París.

Sobre el autor

Practicante del periodismo desde niño, comunicador de profesión, artista por vocación. Email: jorgemariosarfi@gmail.com Móvil: 3185062634
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