La camiseta número 10 es sinónimo de un jugador distinto, del mago, del crack, del jugador capaz de solucionar por sí solo lo que sus compañeros no pueden.
Por Cesar Giraldo
Existen algunas excepciones, como la de Cruyff, quien prefería el número 14, pero sin duda el cerebro del equipo y por tanto el 10. El significado del número se lo debemos a un moreno jugador brasileño que nació en Três Corações, por allá por los estados mineros, un muchachito que debutó a los 17 años en un Mundial y que con el paso de los años fue forjando su leyenda. Su nombre, Edson Arantes Do Nascimento, simplemente ‘Pelé’.
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Pelé brilló para todos los tiempos.[/caption]
Lo más interesante del caso es que ‘Pelé’ no utilizó la 10 por decisión propia, ni por el técnico en ese entonces, sino que todo fue por casualidad. Cuando la Confederación Brasileña de Deportes (CBD), ahora llamada Confederación Brasileña de Fútbol (CBF), envió al país anfitrión la lista de convocados por la Selección “Verdeamarela”, olvidó ponerle los números. Este inconveniente lo resolvió un dirigente uruguayo que se encontraba en la sede de la Fifa. Allí asignó al azar la numeración para los jugadores. El ejemplo de que todo fue suerte se pudo ver con los jugadores Gylmar dos Santos Neves, arquero de esa selección, que utilizó el número 3; Valdir Pereira ‘Didi’, jugó con el 6; y Manuel Francisco dos Santos “Garrincha”, con el 11. De ese modo y sin saber quién era Pelé, que a propósito ese Mundial lo jugó con 17 años, ese uruguayo le asignó la 10.
Lo demás se escribe por si solo. Es la historia del que muchos consideran el mejor de todos los tiempos, otros consideran que es uno de los dos mejores. Yo prefiero quedarme en silencio. Después que Pelé usó el número en Suecia, los jugadores más talentosos, los que llamamos distintos, diferentes o tocados, o bendecidos o elegidos, portan ese número como el estandarte de la batalla. Es el campeón. Si en la batalla de Troya hubiera un 10, ese sería Aquiles.
El tiempo pasó y la leyenda de la camiseta fue arraigada definitivamente en 1982. Un jovencito de Villa Fiorito en Argentina llegó al mundial con la camiseta de la Argentina, sin embargo no jugó bien y fue expulsado sin brillar. La prensa argentina lo machacó y lo devoró sin complejos, a él y a Menotti, el técnico que se atrevió a darle el número de Pelé a un jovencito regordete, descomplicado y medio descuidado. En el mundo ya se hablaba de él, Dieguito no los decepcionó cuatro años más tarde, cuando el 10 de Maradona era lo único que podían ver los ingleses cuando corrían para evitar el gol más hermoso de todos los tiempos.
De ahí en adelante todo jugador con clase y con talento fue etiquetado para portarlo, algunos descollaron, otros prefirieron el anonimato y nunca sobresalieron, pero cuando uno habla del crack, del sello propio, del hombre capaz de guiarlos por el camino de la victoria, se piensa en él, en el 10. Sin embargo, Dieguito se retiró, y con el fueron cayendo poco a poco los poseedores y miembros de esa cofradía secreta, esa secta de elegidos fueron abandonando poco a poco nuestro planeta. Los que vinieron después fueron absorbidos por el sistema, los medios de comunicación unieron al mundo y la aldea global empezó a ver el fútbol como un negocio capitalista, el espectáculo pisoteó la creatividad y los resultados fueron el objetivo. Los jugadores dejaron de divertirse en la grama, Zico, Platiní, Valderrama, Bengoechea, Rubén Paz, Bocchini, fueron retirándose y en cada país quedaba la pregunta en el aire, ¿Quién lo remplazará?… El futbol le dio aires a Maradona, pero la Fifa lo persiguió hasta retirarlo, era el último rebelde, y no podía permitirse que un hombre acaparara la atención del mundo. El 10 moría lentamente y poco a poco y cada tanto reencarnaba alguno que aparecía y dejaba huella.
Zinedine Zidane, dibujado por Turcios[/caption]
En 1998 un francés de origen marroquí tomó la posta y heredó la camiseta azul de Michell Platinni. Era Zinedine Zidane, un hombre tímido fuera de las canchas pero una fiera en ellas, le bastó con algunas pinceladas y Francia conquistó su primera copa del Mundo. Zidane era el 10 clásico, pero cierto día un club lo fichó, le dio el tinte de “galáctico”, le quitó el 10 y le puso el número 5 y ahí terminó por dañarse todo. El 10 agonizaba.
Maradona se retiraba entre lágrimas de 40.000 hinchas de Boca, los Higuita, Francescolli, Zamorano también lloraron, y un jovencito desgarbado llamado Román entendió que debía continuar con el legado del maestro. Pero de nuevo los sistemas rígidos, y la nueva filosofía del fútbol lo fueron ahogando, era el último 10 argentino. Quizá el último 10 del mundo. Muchos me tratarán de sátiro cuando no vean a Messi en estas páginas, pero es que Messi al igual que las nuevas figuras como Ronaldinho o Neymar, no son 10 clásicos. Son punteros con habilidades extremas, pero no cumplen la función del 10, del pasador, de la aduana, el hombre por el que pasan todos los balones, el patrón, el armador, el hombre que hace jugar a los demás y, como decíamos en la cancha, el que nos ponía a vivir.
Ellos ahora necesitan ser alimentados, no he visto a Messi con la selección ganar partidos por el mismo, se pierde con férreas marcas. En ocasiones quizá lo posee un espíritu de magia y desparrama jugadores y hace un gol salvador. Es quizá los más parecido al verdadero 10. Pero le falta liderazgo. Eso es lo que veo hoy en la Copa América, o quisiera decir la Uefa America’s Cup. Me cansa ver este fútbol tan predecible, tan repetitivo, ahora nos causa sorpresa un empate, o los partidos se deciden por el que más aguante o caiga más rápido, son batallas, los jugadores son atletas, corren, corren como perros detrás del auto que los asusta, pero, como dice el Guasón, no saben qué hacer cuando alcanzan el objetivo.
A algunos se les revienta el corazón y caen en las canchas muertos, a otros se les daña la estructura y como enseres son desechados por todos. Este fútbol mató al 10, no hay cabida de un talentoso en él. Macnelly estaba viendo los partidos por televisión y medio mundo se preguntaba quién podría pasar el balón a Falcao o a Teo. Nadie se atreve a llevar la 10, porque saben que es para elegidos. Quizá Valdivia de Chile es el que más se aproxima, pero para poder jugar esta Copa, tuvo que recibir un entrenamiento especial durante meses para poder correr como los demás. Estamos próximos a la final, pero quede quien quede no será recordado por su juego de conjunto, por sus pases certeros, por los goles de lujo, ya nadie tira un caño, ni un taco, quien lo hace es castigado por los enemigos. Dizque “rompen códigos”, de cuando acá el potrero tiene reglas o normas y hasta los técnicos regañan, “¡no te hagas partir las piernas!”. Si es así, que venga rápido el futuro y el fútbol lo jueguen humanoides y androides.
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