Reconozco que tuvo que llegar a Barranquilla el evento universal de la música que organiza Francia, para conocer y disfrutar de lo más costeño que tengo: La cumbia.
Por Melissa Ochoa
Que vainas jodidas tiene la vida para enseñarnos a comprender sus paradojas, conocer las tetas de las bailarinas del “Can Can” del molino rojo de parís, pero no conocer la rueda de cumbia del barrio Abajo de mi ciudad natal, Barranquilla. Dicen que eso suele pasar…
Es que a veces nos preocupamos más por acortar distancias entre lo que está lejos y que ni siquiera nos pertenece por el simple hecho de no conocer, ni valorar lo que poseemos en nuestra propia identidad y por eso terminamos recibiendo espejos y regalando joyas (claro, que si se regalan con gusto, uno es feliz cuando los otros lucen nuestros obsequios).
Dentro de un tesoro intangible de la humanidad y la naturaleza misma existe un fenómeno que no conoce de barreras culturales, limitaciones físicas, ni fronteras: La música. Y en torno a ella, en el mundo se dedica una fiesta anual, entre artistas, melómanos y simples curiosos, a cargo de Francia. Se trata de ‘La Fiesta de la Música’ o, en su idioma original, ‘La Fête de la Musique’.
En Barranquilla, en donde se celebra uno de los carnavales más famosos del mundo, también se celebra ‘La Fiesta de la Música’. Y es que aquí no tendremos barrio rojo, pero tenemos ¡Barrio Abajo! Eso sí, que cualquier francés puede darse por barranquillero bien servido si ha bailado alrededor del millo en la cuchilla que queda debajo de la casa del Carnaval, en ese barrio de casas de colores y esquineros jugando dominó las veinticuatro horas en todo el año.
Como lo venía diciendo, aunque mi padre es de Bolívar y crecí escuchando porros y asistiendo a todos los carnavales disfrazada de cumbiambera (Tenían que pelear conmigo para que me quitara el disfraz una semana después del Carnaval), crecí también con todo aquello de la globalización, el evangelio norteamericano, y un deseo de viajar por todo el mundo a descubrir caminos de independencia desde temprana a edad, así que a los nueve años decidí que para los quince no quería fiesta de princesa, si no viajar a Europa, que igual para mí las princesas venían de allá, y mis padres cumplieron un sueño que hoy por hoy me ha valido más que la propia carrera profesional y que antepongo antes de pagar una universidad privada, una experiencia que cambió mi vida.
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Es la mejor selfie que me he podido tomar. No fue frente a castillos ni torres de cristal, sino en la Rueda de Cumbia.[/caption]
Al llegar a Europa ingresamos por España, de ella me queda el recuerdo de Madrid, Barcelona y Toledo, pero no sentí que había llegado al Viejo Continente hasta que estuve en Francia. El golpe cultural no lo sentí hasta cuando no comprendí una papa de lo que me hablaban en Francia, o al descubrir que los baguettes eran el mejor truco para arrancar una muela, que en efecto los perfumes allá salen más baratos que el agua y que en Francia también atracan, como me venía pasando en la base de la torre infiel, digo, Eiffel.
Me cayó una nostalgia de esas que te jalan el alma y maletas para que te tengo me regreso para Colombia, yo no sentí nada cuando vi la famosa torre, pero si cuando me perdí en el metro, aunque no todos los días uno se pierde en el metro de París escuchando un acordeón, no para vallenatos, sino para interpretar las canciones de Edith Piaf.
La noche parisina fue la que se encargó del consuelo, un poco más calmada y luego de ver a la torre engalanada en sus luces nocturnas el asombro llegó y me dispuse a disfrutar mi lujoso tour de ensueños, el grupo completo nos dispusimos a ir con nuestra chaperona, claro está, hasta el barrio rojo de parís epicentro del popular Mouling Rouge o Molino Rojo, y como sabias inexpertas de los tragos pusimos a sufrir a la chaperona con nuestra sutil primera borrachera colectiva, resulta que las primeras tres copas de champaña son exquisitas pero si las tomas muy aprisa puedes confundirlas con agua, hoy en día con toda autoridad sostengo que el licor es muy buena ayuda para aprender nuevos idiomas, ahí, en una mesa llena de mexicanos, argentinos, italianos, ingleses y no sé que más, hasta un cura había en el combo, nos embriagamos hasta que entendía perfectamente el francés como el más claro castellano, solo que con acento paisa.
Acá en mi Colombia querida, la tierra que aprendí a amar en ese viaje, los papeles se invirtieron. La Alianza Francesa de la ciudad, un instituto en donde muchos jóvenes por estos días le apuestan por aprender el idioma francés como segundo o tercera lengua y en general aprender de la más universal y polifacética de las culturas, como lo es la perspectiva de la vida según los franceses en la ciudad luz, con cine, música y derechos humanos al aire libre y al alcance de todos, son ellos mismos los que se han dado a la tarea de enseñar a quienes les han acogido con cariño el valor de sus propias joyas intangibles, como el baile alrededor de una rueda de cumbia o los cómicos pases de la más callejeras de las champetas, y que todo por más criollo que parezca en un escenario bien armado es un show exótico digno de ser admirado, al final en el molino rojo, igual eran tetas, pero acá en “Curramba la bella” la cosa se vuelve abrazos, se prende la vela, se vuelve cumbiamba y un carnaval nace en donde menos te lo esperas, sin importar la época del año, rueda de cumbia en pleno junio, y ni pre carnavales a la vista.
Yo me vine a sentir en casa apenas ahora a los veintisiete, eso fue para mí la rueda, en medio de casas antiguas, también entre extranjeros y locales, aunque esta vez no vi ningún cura, aunque yo si me he sentido como un “amish” en plena rumspringa (Época en la que deciden qué es lo que van a hacer con sus vidas) como si fuera un Déjà vu ya vivido mil veces, la colombiana foránea de otros mundo se sintió en su hogar, en medio de lo mío, de las velas y su calor abrazador, y una que otra pollera que vi bailar con los sombreros vueltiaos en esa noche de inicio de verano, ahí se nos olvidó el calor, y se nos prendió la fiesta que la música nos enciende muy adentro.
Alegra ver a público de todas las edades disfrutando la Rueda de Cumbia.[/caption]
Esta vez no sentí nostalgia, o a lo mejor sí, durante la rueda me imaginaba en otras partes del globo terráqueo, terrícola es mi verdadera ciudadanía, y me decía a mi misma que podría ver ocasos a la media noche en Noruega, y comprar en las ofertas de verano en las calles de Madrid, o manejar bicicleta entre los pasillos que unen los molinos suizos o el molino rojo de parís, pero no vería una cumbia como esta de calle, de pueblo, en ninguna de esas partes y por eso me la quiero llevar bien adentro del corazón, que se sienta cuando hablan conmigo que me llamo cumbia, y que soy feliz sabiendo que conozco de dónde soy.
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