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Los metro subterráneos, una cárcel sobre rieles

Tomar este medio de transporte es perderse de la realidad, es entrar en un pasadizo de concreto infinito. Hay personas que tienen que tomarlo toda su vida.

Por Jorge Arango C.

En algún momento de la vida leí una historia que hoy más que nunca la traigo a colación. Es una de esas cosas fascinantes de cómo actúa nuestro cerebro, pues puedo jurar que por años nunca había recordado esta historia, pero que unos acontecimientos vividos recientemente la trajeron a mis recuerdos, como si la hubiera leído ayer.

Hombre manejando carroLa historia trata de un prestigioso empresario, que durante 10 años, de manera casi inalterable, transitaba diariamente por el mismo camino hacia su oficina, y de su oficina a su casa. Todos los días se quejaba del mismo trancón, de los imprudentes peatones, de la inclemencia del clima. Fueron 10 años de la misma historia. Un día cualquiera su auto se averió, y tuvo que dejarlo en el taller, cómo era natural. Al día siguiente por primera vez en 10 años tomó un taxi para dirigirse a su habitual lugar de trabajo, pero esta vez él no era el conductor, era un pasajero más. El camino era el mismo, había el mismo trancón, el clima seguía inclemente, los peatones imprudentes, en fin, pero por primera vez en 10 años pudo notar algo más, pudo notar que existían cosas que en su día a día, por la monotonía de conducir hacia su lugar de trabajo, él jamás había notado. Se dio cuenta que después de 10 años la panadería que él recordaba en determinada calle, ahora era una lavandería. Se podría jurar a él mismo que en algunas ocasiones envió a alguien a disfrutar de dichos panes, y ahora sentía vergüenza al pensar que dichas personas nunca llegaron porque ahora era una lavandería, y él no sabría desde cuándo. Y así en el trayecto cotidiano se dio cuenta de cientos de cosas más que habían cambiado, tanto para bien como para mal, pero que simplemente él nunca había lo notado.

La travesía en taxi hasta su oficina duró una semana, tiempo en el cual todos los días descubría cosas nuevas: niños jugando en los parques, cientos de personas esperando en los paraderos de los buses por sus transportes, la demolición de algún determinado inmueble para darle paso a una nueva construcción, ver aviones volando, o simplemente apreciar el cambio repentino del clima. Hombre manejando carro 1Pasada la semana y una vez le devolvieron su carro, se prometió así mismo no volver a quejarse del tráfico, pues era algo que él no podría controlar, y decidió más bien aprovechar cada segundo en que su vehículo se tenía que detener por alguna circunstancia, para apreciar el mundo que había más allá de su parabrisas, un mundo que él se había perdido durante 10 años.

Me acuerdo que días antes de yo comprar mi vehículo tuve varios episodios que sentí que extrañaría cuando me entregaran el carro. Por fortuna soy una persona que estoy casi siempre muy alerta a todo lo que pasa en mi alrededor, y tal vez por conocimiento previo de la historia anterior, o por mi forma de ver la vida, o por la mezcla de los dos, nunca he tenido la sensación de haberme perdido del mundo por estar conduciendo un auto. Sin embargo, sí conozco de numerosas personas a las que dicha situación les ocurre.

Pero realmente mi verdadera impresión la viví hace unos días, donde sentí altos niveles de frustración, casi comparados con claustrofobia y mezclados con altas dosis de lástima y compasión hacia miles y miles y miles de personas de todo el mundo que viven un día a día en lo que desde ahora considero una cárcel sobre rieles. Para mí, claramente, una de las grandes catástrofes en contra de la humanidad.

Acabo de finalizar unas excelentes vacaciones familiares entre Sao Paulo y Rio de Janeiro, Brasil. Todo fue excelente y sin ninguna queja, ni siquiera lo narrado en estas líneas, pues para mí esto representa un alto grado de aprendizaje en mi afán por comprender los comportamientos humanos. Durante la instancia en ambas ciudades ya mencionadas, nuestro método de transporte fue el metro, algo que en mi imaginario solo conocía por el único metro que tiene Colombia, y que más adelante me referiré a él, y un fugaz paso de un día por el metro de Buenos Aires hace algunos años, que hasta ahora hago clic (o como dirían mis colegas Insight). Metro subterráneoTanto en las películas como en relatos de otros viajeros, era conocido por mí la existencia de los metros subterráneos. De hecho, para escribir esta entrada hice una búsqueda rápida y el 88% de los metros que existen en el mundo son subterráneos. Sin embargo hasta ahora vengo a comprender el gran daño que estos le hacen al libre desarrollo de la humanidad.

El primer día inmediatamente lo noté, y no pude evitar en el acto ponerme en los zapatos de los miles de usuarios que lo utilizan a diario para dirigirse a sus lugares de trabajo, y me resistía a creer que me esperaban cuatro días más de lo mismo. Encerrado en un tren en cuyas ventanas solo podría ver concreto a la velocidad del mismo y de vez en cuando una que otra publicidad cuyo único fin es lavarnos el cerebro y hacernos cada vez más consumidores. ¿Dónde quedaron las vistas a los edificios, parques, trafico, aviones, y en sí todo lo bueno y malo que pueda ofrecer una ciudad día a día?

El segundo día, ya con mis sentidos claustrofóbicos alertas, me dediqué a observar el comportamiento de la gente. Intenté distinguir quiénes serían los usuarios habituales del sistema y que se habían subido conmigo en la estación subterránea, y que además se bajaron en otra estación, que también fuera subterránea y que no tuviera conexión con otras líneas (Es importante aclarar que el recorrido que nosotros teníamos que hacer era bastante considerable, lo suficiente para analizar esta situación). Metro subterráneo 1El panorama fue desolador. Y pensar que hay miles de personas en todo el mundo (porque la misma situación se repitió con el metro de Rio de Janeiro) que día a día se transportan a sus lugares de trabajo sin saber qué pasa en la realidad y que son bombardeados con publicidad que les lavan el cerebro, sin tener ninguna oportunidad de escoger nada. Y todavía creemos que la esclavitud fue abolida, y la realidad es que esta mutó.

En nuestro país estamos viviendo ahora la construcción del tal mencionado Metro de Bogotá, aquel que está en mora desde los años 50, y que la discusión actual es si se hace subterráneo o aéreo. El metro de Medellín es totalmente abierto, gran parte de este es a ras del piso y el resto aéreo, pero desde la estación de Sabaneta, hasta la de Niquía o hasta San Javier, el usuario de a pie, del día a día, que sólo tiene esta opción de transporte, al menos puede saber qué ocurre en su ciudad a diario, qué cambios hay, si ocurren cosas buenas o malas. Pero pasarse la mayor parte de su tiempo de vida encerrado entre concreto y publicidades es sumamente cruel para cualquier ser humano, que lo único que hace es acrecentar la brecha de desigualdad social sin mencionar los efectos psicológicos que el encerramiento trae para cualquier sujeto.

Casi me atrevería asegurar que tiene más libertades un preso que los usuarios de este tipo de sistema, con el agravante de que no tiene solución, pues claramente los metros del mundo no van a cambiar sus sistemas.

Metro subterráneo 2Ni qué hablar de los que somos turistas. El recorrido que tuvimos que hacer durante cuatro días, en la que tal vez es la ciudad más grande de Latinoamérica, sería un aproximado de 27 Km de distancia solo la ida; en carro una duración de casi 1 hora y 30 minutos mientras que en metro fueron unos 25 minutos. Sin duda el metro la mejor opción, pero ¿pudimos conocer a Sao Paulo?, solo pudimos conocer mucho concreto y avisos publicitarios. La experiencia en Rio de Janeiro no fue tan distinta. Salvo que por un recorrido que debió ser de unos 15 minutos en bus, por error nos montamos en el que iba en dirección contraria y dimos un paseo de casi hora y media por interesantes sectores de Rio de Janeiro, una experiencia totalmente diferente y donde pudimos apreciar más de la ciudad.

Guardo la esperanza que los responsables de la construcción del Metro de Bogotá puedan leer este escrito, y que lo tengan en cuenta a la hora de tomar la decisión final, la cual obviamente espero, deseo y hago el llamado para que sea en la superficie. Y aunque los demás metros del mundo no van a cambiar sus sistemas, ojalá puedan hacer algo para remediarlo, aunque sea con pantallas que muestres lo que ocurre en la realidad, que al menos le permita al usuario tener opciones entre toneladas de concreto y bombardeos de publicidad.

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