Cuando joven, la música la cantaba por hobbie. Por ironías de la vida, a los 75 años de edad es su herramienta de subsistencia.
Por Francisco Figueroa Turcios
El desprevenido transeúnte que recorre las calles del Centro de Barranquilla y de repente escucha cantar a Rodolfo Puche Contreras los boleros de Nelson Pinedo, Alberto Beltrán, Celio González, Daniel Santos y Carlos Argentino Torres, en silla de rueda o sentado en sitios estratégicos, al rompe reconoce que está al frente de un buen artista: imita a la perfección y con todo el sentimientos a sus artistas preferidos.
Su nombre artístico es «Rodolfo Rey». Es un cantante profesional. Tuvo la oportunidad de cantar con la orquesta La Protesta durante tres años. Luego Luis Nuñez, director de la orquesta Los Caribe, lo convenció para que fuera su voz líder. Pero Rodolfo Puche no tomó en serio su cuarto de hora.
Antes de ingresar al mundo musical fue latonero y tenía su propio taller en Barranquilla. Lo dejó para ingresar al mundo de la música, cuando descubrió que era su pasión. «A mí me iba muy bien, trabajé en Bogotá y Venezuela, tuve de todo. Pero la música era solo un hobbie. No sé, creo que la mala cabeza para los negocios me fregó y perdí el taller, mi esposa se murió y quedé sin nada. Tuve cuatro hijos, les di educación pero no cuento con ellos», reconoce dentro de la franqueza que lo caracteriza.
Discapacidad
A sus 75 años, viudo y solitario, vive en una humilde pieza en el barrio Abajo, con problemas de discapacidad física debido a un accidente automovilístico que le ocurrió hace 30 años en Puerto Ordaz,Venezuela. «Soy amante del fútbol, hincha del Junior, pero estando radicado en Puerto Ordaz se presentó el Atlético Bucaramanga y como colombiano fui a ver el partido. Al día siguiente, amanecido, me fui en mi carro en caravana para el aeropuerto a despedir al equipo «Leopardo» y cuando regresaba, como venía todavía con la borrachera viva, perdí los reflejos y me estrellé contra un árbol. Tuve problemas de columna y el fémur que me impedían caminar. Gracias a Dios hoy puedo sostenerme a través de las muletas y la silla rueda para ganarme el pan de cada día», relata.
Hoy canta sentado en los corredores. «Donde pueda hacerlo lo hago». Se acompaña de un modesto amplificador de voz, un micrófono inalámbrico, una memoria USB donde tiene 50 pistas de las canciones que interpreta, las muletas que lo sostienen cuando está de pie y un viejo sombrero que coloca a su lado para que las personas depositen una monedas.
Tiene una modesta silla de ruedas, fabricada rudimentariamente con dos sillas rimax. No ha tenido la fuerza económica para comprar una de mejor calidad, espera la mano del Estado, pero jamás le ha llegado.
«Después que me accidenté no me quedó de otra que explotar mi talento para el canto. Y de eso vivo hoy, sino me hubiera tocado vivir de la caridad publica. Cantando estoy alimentando mi espíritu y de paso me gano el día a día». Su discapacidad no ha sido óbice para luchar por la vida. Es un hombre libre del consumo de droga, tampoco ha sido presa fácil del alcoholismo que lo sentó en la silla de ruedas. No le afrenta cantar entre los restaurantes ubicados en la plazoleta de Fedecafé, la esquina del viejo San Andresito, o en la plaza del edificio de la antigua alcaldía.
Nació en el barrio Abajo y allí vive, es un «mamador de gallo», se siente un hombre feliz pese a la adversidad de la vida.











