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Darío Pavajeau, el escudero de Consuelo Araujo que ayudó a convertir el Festival vallenato en leyenda

Por: Francisco Figueroa Turcios

Hay hombres que llegan a la historia por la puerta grande..(Serie: Las memorias de Darío Pavajeau (final))

Otros entran por una puerta lateral, casi inadvertidos, sin reclamar para sí los reflectores ni las coronas. Y hay unos pocos como Darío Pavajeau que terminan descubriendo que no necesitan una estatua para ser inmortales, porque la música se encarga de construirles un monumento que nunca se derrumba.

El nombre de Darío Pavajeau está ligado para siempre a una de las aventuras culturales más extraordinarias del Caribe colombiano: la transformación del vallenato en una expresión capaz de abandonar los patios de las casas, las galleras, las parrandas y los caminos polvorientos para conquistar un escenario nacional.

Antes de que Valledupar se convirtiera en la capital mundial del acordeón, antes de las coronas, de los reyes vallenatos, de las grandes tarimas y de las multitudes que cada año llegan a la ciudad para celebrar el Festival de la Leyenda Vallenata, hubo hombres que tuvieron que imaginar que todo aquello era posible. Darío Pavajeau fue uno de ellos.

Pero la historia tiene una particularidad. Dario Pavajeau no fue solamente uno de los hombres que ayudaron a construir el Festival. Terminó convertido en personaje del propio vallenato. Primero ayudó a que la música tuviera una fiesta. Después la música le regaló una eternidad.

El telegrama de Macondo

Foto: El telegrama que le envió García Márquez a Dario Pavajeau

Para entender la historia hay que regresar al tiempo en que el Festival todavía no existía. Hay que viajar a Aracataca.

Por aquellos años el vallenato comenzaba a cruzar las fronteras naturales de su territorio. Todavía era música de juglares, de caminantes, de compositores que contaban en sus canciones lo que veían y lo que vivían. Pero ya empezaba a llamar la atención de escritores, periodistas e intelectuales que descubrían en aquellas melodías una manera extraordinaria de narrar el Caribe.

En ese tránsito aparece una escena que parece escrita por Gabriel García Márquez. Un telegrama. El documento, conservado como uno de los tesoros de la familia Pavajeau, fue enviado desde Barranquilla y dirigido a Darío Pavajeau y al pintor Jaime Molina. En él, García Márquez los invitaba, a través de Rafael Escalona, a encontrarse con Colacho Mendoza en un festival vallenato en Aracataca. El diario El Tiempo lo fecha en 1966.

La escena parece salida de Macondo. Gabo. Rafa Escalona. Jaime Molina. Colacho Mendoza y Dario Pavajeau. Y un festival de acordeones en la tierra donde años después el mundo conocería la historia de los Buendía. Todavía no era Valledupar. Todavía no existía el Festival de la Leyenda Vallenata. Pero la semilla estaba allí. El vallenato comenzaba a comprender que podía convertirse en algo más que una música regional. Podía ser memoria. Podía ser identidad. Podía ser cultura. Y Dario Pavajeau estaba en medio de aquella transformación.

La Cacica y el sueño de Valledupar…

Foto: Consuelo Araújo Noguera y Darío Pavajeau Molina

Después de Aracataca vendría Valledupar. Y con la capital del Cesar aparecería una mujer que terminaría convirtiéndose en uno de los grandes nombres de la historia del vallenato: Consuelo Araújo Noguera.

Entre Consuelo Araújo Noguera y Dario Pavajeau nació una amistad que terminaría siendo mucho más que una relación personal. Fue una complicidad. Una sociedad espiritual alrededor de una idea. Había que darle al vallenato una casa. Había que reunir a los acordeoneros. Había que rescatar a los juglares. Había que impedir que aquella música se quedara encerrada en las fronteras de los pueblos donde había nacido.

El Festival comenzó a tomar forma alrededor de varios protagonistas. Consuelo Araújo Noguera, Rafael Escalona, Alfonso López Michelsen y otros gestores entendieron que Valledupar necesitaba una fiesta capaz de mostrarle al país su riqueza cultural. Y Darío Pavajeau estaba allí. No necesariamente en el centro de la fotografía. Pero sí empujando la historia.

La primera edición del Festival de la Leyenda Vallenata se realizó en 1968. Aquella primera fiesta tendría como protagonista al hombre que terminaría convertido en el primer rey vallenato: Alejandro Durán. Pero detrás de aquella corona también hubo una historia de amistad, persuasión y parranda.

El hombre que fue a buscar a Alejo…

Foto : Alfredo Gutiérrez, Darío Pavajeau, Rafael Escalona y Alejo Durán.

A Darío Pavajeau se le atribuye haber ayudado a llevar a Alejandro Durán hasta Valledupar para competir en aquel primer Festival. La versión se ha contado de distintas maneras, pero todas conducen al mismo lugar: Alejo estaba lejos de la solemnidad que después tendría su nombre.

Estaba en una gallera. Y había que convencerlo. Dario Pavajeau fue parte de esa operación casi clandestina de rescate del juglar. El hombre que terminaría siendo el primer Rey Vallenato no parecía todavía consciente de que estaba a punto de entrar en la historia. Pero Dario Pavajeau sí parecía entenderlo.

Porque esa era una de sus virtudes: reconocer el talento antes de que los demás lo descubrieran. Así llegó Alejo.Y el 29 de abril de 1968, el hombre del acordeón y del grito de “¡Upa, ja!” se convirtió en el primer rey de una dinastía que con el tiempo llegaría a ser una de las instituciones culturales más importantes de Colombia.

El primer Festival fue, como diría años después Roberto ‘El Turco’ Pavajeau, “un parrandón”. Y quizá esa palabra explique mejor que cualquier discurso lo que estaba ocurriendo. El Festival no nació como una ceremonia fría. Nació desde la parranda. Desde la amistad. Desde el acordeón. Desde el deseo de reunirse.

Colacho y el acordeón que comenzó la historia..

Foto: Darío Pavajeau, Colacho Mendoza, Consuelo Araujo, Adolfo Pacheco y Gustavo Gutiérrez

Pero si Alejo fue el primer rey, Nicolás Elías Colacho Mendoza fue otro de los grandes personajes de aquella historia. Y aquí vuelve a aparecer Darío Pavajeau. Antes del Festival, cuando Colacho todavía no tenía el reconocimiento que alcanzaría después, Pavajeau había decidido ayudarlo.

En 1958 viajó a Medellín y consiguió para Colacho Mendoza un acordeón en Casa Conti. Algunas versiones sitúan el precio en 200 pesos y otras en 240. Lo importante no es la diferencia de la cifra. Lo verdaderamente importante es el gesto. Un hombre que creyó en otro hombre. Un amigo que decidió invertir en un talento que todavía no tenía escenario.

Dario Pavajeau se convirtió así en uno de los grandes benefactores de Colacho y de otros músicos. Colacho llegaría después a ser rey vallenato en 1969 y, muchos años más tarde, el primer Rey de Reyes. Pero antes de la corona estuvo aquel acordeón. Y antes del acordeón estuvo Darío Pavajeau.

La casa donde el Festival continuaba después del Festival

Foto: Consuelo Araújo, Darío Pavajeau, Poncho , Emilianito Zuleta, Gabo y Rafa Escalona

Pero quizá el verdadero Festival de Dario Pavajeau no terminaba cuando se apagaban las luces. Continuaba en su casa. Allí llegaban los músicos. Los compositores. Los acordeoneros. Los periodistas. Los amigos. Los personajes de la política. Los escritores. Las parrandas se extendían durante horas.

Y el acordeón parecía no tener permiso para guardar silencio. Gustavo Gutiérrez Cabello recordó a Pavajeau como un hombre empeñado en hacer escuchar la música vallenata del viejo Valledupar y como benefactor de numerosos músicos.

Esa casa terminó funcionando como una especie de embajada. Una embajada sin pasaporte. Sin protocolo. Sin funcionarios. Su única visa era la amistad. Por allí pasaban quienes llegaban a Valledupar buscando entender aquel universo en el que una canción podía contener una biografía y un acordeón podía convertirse en cronista. Dario Pavajeau era el anfitrión. Y también el puente.

El defensor de la música que no quería desaparecer..

Foto: Pangue Maestre, Alfredo Gutiérrez, Israel Romero, Dario Pavajeau y Rafael Orozco

El papel de Dario Pavajeau tampoco puede reducirse al de anfitrión. Había una preocupación más profunda. La defensa del vallenato tradicional. El viejo Valledupar comenzaba a cambiar. Los tiempos cambiaban. Los gustos cambiaban. La música comenzaba a transformarse. Y Dario Pavajeau entendía que el progreso no podía significar el entierro de la memoria.

Por eso insistió en que se escucharan los viejos sones, los merengues, los paseos, las puyas y las voces de los juglares. Su preocupación era que el vallenato no perdiera su alma mientras ganaba popularidad. Quizá allí esté una de las razones más profundas de su importancia. Dario Pavajeau no ayudó simplemente a promover una música. Ayudó a defender una identidad.

Darío Pavajeau, el nombre que debe sonar en el 60 Festival vallenato

Cuando en el 28 de abril de 2027 el acordeón vuelva a abrir sus alas sobre Valledupar y miles de personas lleguen a celebrar sesenta años de una fiesta que nació pequeña y terminó convirtiéndose en gigante, habrá que mirar hacia atrás.

No solamente hacia los reyes. No solamente hacia las coronas. No solamente hacia los grandes cantantes y compositores. También hacia aquellos hombres que estuvieron antes de que existieran las luces del escenario. Allí estará Darío Pavajeau Molina .

Quizá su mejor monumento no sea una estatua. Quizá sea algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más poderoso: que el nombre de Darío Pavajeau vuelva a sonar en la edición 60 del Festival Vallenato.. Porque hay hombres que no solamente hacen historia: ayudan a que la historia pueda comenzar.

Que su historia sea contada. Que las nuevas generaciones sepan que antes de que existiera el Festival que hoy conocen, hubo un sueño. Y que en aquel sueño caminaron juntos Consuelo Araújo Noguera, Alfonso López Michelsen y Darío Pavajeau Molina.

Porque sesenta festivales después, cuando la caja marque el compás y el acordeón vuelva a llorar, reír y cantar en Valledupar, la memoria tendrá que hacer justicia.Hay hombres que llegan a la historia después de que todo ha sucedido. Y hay otros, como Darío Pavajeau, que estuvieron allí cuando la historia apenas estaba aprendiendo a dar sus primeros paso

Sobre el autor

Comunicador y Periodista. Editor deportivo de Lachachara.co, tiene experiencia en radio, prensa y televisión. Se ha desempeñado en medios como Diario del Caribe, Satel TV (Telecaribe), RCN, Caracol radio, Emisora Atlántico, Revista Junior. Fue Director deportivo de la Escuela de fútbol Pibe Valderrama y dirigió la estrategia de mercadeo y deportes de Coolechera. Para contactarlo: Email: figueroaturcios@yahoo.es
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