Una crónica afectuosa y testimonial sobre la trayectoria de la fotógrafa Josefina Villarreal, reconocida con el galardón “Vida y Obra” del Premio de Periodismo Ernesto McCausland Sojo, y sobre el legado heredado de su padre, Miguel Villarreal.
Así lo demuestra su trayectoria, que incluye el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en la modalidad Mejor Reportaje Gráfico, recibido en 2021.
Por Wilber Fábregas
Por el equipaje se conoce al pasajero, se dice popularmente para expresar que basta analizar a una persona en su devenir y en su accionar para comprobar que está destinada a cosas grandes. Así ocurrió con Josefina Villarreal, merecida ganadora del galardón “Vida y Obra” que otorga Carnaval de Barranquilla en la XIII edición del Premio Nacional de Crónicas Ernesto McCausland Sojo.
Y no es por nada. Es que “hijo de tigre nace pintado”. Esta comunicadora social y periodista fue mi alumna de redacción periodística en la Universidad Autónoma del Caribe. Hija de otro grande de la fotografía, Miguel Villarreal, todo un maestro de este arte, quien mantenía siempre una sonrisa a flor de labios y una caballerosidad, amistad y camaradería inconfundibles.
La distinción que hoy recibe es producto de la sagacidad con la que Josefina acciona su lente y capta el mensaje sensorial que se propone obtener, para presentarlo a un público ávido de descubrir aquello que esta talentosa fotógrafa logra visualizar.
Cumplidora de su deber
De ella puedo dar fe como cumplidora de su deber, demostrado no solo en la fotografía, sino también como redactora en distintas áreas de la comunicación social, en la inolvidable sala de redacción del cuarto piso de la Universidad Autónoma, en una época en la que la tecnología todavía no se asomaba por allí.
A muchos estudiantes de redacción, como ella, les tocaba cargar máquinas de escribir manuales: Olivetti, Remington o de cualquier otra marca. Había que hacerlo para responder al deber como era debido.
Josefina encaró los diferentes trabajos encomendados en mi clase de redacción periodística, midiéndosele sin titubeos a cada reto planteado.
Siendo mi discípula me percaté aún más de sus capacidades a través de su padre Miguel, quien un día me preguntó por ella.
—La morenita —me dijo.
—¿Ella? —le señalé.
—¡Josefina! Sí, la misma que viste y calza —respondió con su habitual sonrisa y ese modo tan caribeño de hablar.
Le sostuve que era una gran promesa del periodismo, y así resultó ser. Lo demostró en su trabajo como redactora del Diario La Libertad y de la Cadena Radial La Libertad, donde comenzó a los 18 años.
Y resalto esas dos empresas porque la mayoría de quienes trabajaron allí, pertenecientes a la familia Esper, aportaron un estilo propio a lo cotidiano y lo social en la región Caribe. Posteriormente, Josefina incursionó en Tiempo Caribe.
Miguel Villarreal, padre de la ganadora del galardón Vida y Obra, fue un gran luchador. Se desplazaba diariamente desde su residencia al sur de la ciudad hasta el periódico El Heraldo en su caballito de acero: un Volkswagen blanco. Allí marcó un hito por su forma de trabajar, en un mundo donde ejercer el oficio era casi una proeza, sin tecnología de avanzada, casi con las uñas, pero con corazón y amor por lo que hacía.
“Migue”, como le llamábamos cariñosamente, formó parte de ese legado de maestros de la cámara que le ponían sabor y responsabilidad a su trabajo. Cada uno tenía su propio estilo, y él se destacaba por entregar únicamente las fotografías necesarias, de acuerdo con lo proyectado por el autor de la noticia, reportaje o crónica.
Los dones de su padre
—Josefina, tú eres de tal palo, tal astilla —le dije una vez.
—¿Por qué, profe? —me preguntó.
Le respondí que gozaba de los mismos dones de su padre Miguel, por ser hija de ese veterano fotógrafo.
Le conté entonces la gran amistad que mantenía con él y le confesé que estaba convencido de que el talento que tenía para plasmar cada imagen lo había heredado de su progenitor, su gran maestro, directa o indirectamente. Ella observaba con atención todos los movimientos de aquel experto personaje para adquirir esas habilidades artísticas.
Hija de tigre nace pintada
Era evidente la herencia de Josefina en las gráficas que presentaba como soporte de los trabajos asignados en la cátedra de redacción periodística. Su escritura también era exquisita y acompañaba sus fotografías con un matiz muy personal.
A Josefina se le puede aplicar perfectamente el proverbio “hijo de tigre nace pintado”, porque no le perdió nada a su padre: cumplidora de su deber, responsable y perseverante. Cuando las cosas no le salían como deseaba, guapeaba hasta lograrlo.
Esa titánica labor de la alumna y posterior colega le permitió asumir como editora de fotografía de la Casa Editorial El Heraldo en 2015, hasta recibir en 2021 el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en la modalidad Mejor Reportaje Gráfico.
Hoy, el Premio Ernesto McCausland Sojo destaca a una gran profesional: Josefina Villarreal, reconocida con el galardón Vida y Obra por su trayectoria ejemplar en el periodismo y por esa dedicación de sol a sol a visualizar, narrar y compartir, con la pasión que le imprime a su lente, las maravillas del Carnaval de Barranquilla.
A la caza de los hacedores del Carnaval
Allí está Josefina, observando a los hacedores del Carnaval en todas sus manifestaciones, buscando capturar lo más vistoso no solo de la fiesta, sino también del espíritu caribe que representan: cultura, empuje, desarrollo y convivencia.
Ella espera el instante preciso para disparar su cámara y dejar impreso el accionar del artista, para luego divulgarlo.
Y no puedo dejar de expresar algo que siempre siento cuando colegas como ella son distinguidos: me llena de orgullo. Porque reconocer su trabajo también es reconocer el esfuerzo de quienes se dedican a narrar y socializar el desarrollo de nuestra ciudad, nuestro departamento y nuestra región.
Josefina Villarreal, además de haber sido mi alumna, fue mi compañera de trabajo en los medios donde inició su carrera siendo muy joven. En distintas épocas, sí, pero siempre con el mismo propósito: llevar mensajes agradables y exaltar lo nuestro. Eso, sin duda, me llena de orgullo.












