Por Jorge Mario Sarmiento Figueroa
Abrí el libro, es la segunda edición, tiene una delicadeza que las manos, la mirada y el olfato agradecen. La solapa me muestra una foto en blanco y negro del rostro de la autora, Johanna Barraza Tafur. Solo su rostro. Luce seria, no sé si tiene una mirada de tristeza, su gesto parece impávido, me transmite algo que va más allá de una profunda seriedad.
Leo su breve reseña biográfica, indica que nació en Barranquilla, Colombia, hace menos de treinta años y que reside en Buenos Aires, Argentina. Esas dos ciudades se abrirán como espacios comunicantes desde el primer poema.
Acabo de leer la dedicatoria y el epígrafe, anticipación de que todo en este libro ha sido constelado. Sembré nísperos en la tumba de mi padre es una sola historia, sólida, imágenes que sobrepasan la evocación emocional porque el alma de la poeta no solo necesita expresar; tiene necesidad de narrarse, contarse, darle trama al drama. Crear la película por la que nos mostrará su desgarro.
El primer poema es en efecto la primera escena desde la cual se abre un abanico de flashback, de retrospección. La poeta en el presente pasea por Liniers, Buenos Aires, pero entre las frutas y verduras de esas tierras su mente está en otro lado, en su pasado en el trópico colombiano, en donde está su raíz, que la sostiene, la hala, la sujeta, la vacía. Empieza con ese nudo en el espacio, corte al segundo poema, donde aparece el protagonista, el padre, de inmediato el anuncio de su muerte.
La historia ya es en sí un poema total del desarraigo, pero antes de que haya sangre, muerte, tumba, irá entre jaulas junto a los canarios del padre con la amorosa voz de la hija. Presenta a sus hermanas, la raza, contará de la mirla que se fue, de los huevos de iguana en su vientre, de los silbidos de los hombres del barrio, del abuelo del mar que en sus sueños la visita en Buenos Aires.
Por esa visita y un par de temores intermedios ahora en el relato ella está de nuevo en las arterias bonaerenses. “Soy greñas y harapos vagando por Callao”, dice, mientras su alma, la que cuenta, la que se limpia con el sudor de palabras que sangran fuego, está en su centro volcánico, allí habita “un ser con garras afiladas (…) Si alguien quisiera matarlo sabe en dónde y a qué hora encontrarle”. Bastó que lo dijera, la muerte llegó, la esquina, la puerta, la mirada, el sicario, los ojos cerrados, los ojos que se abren, una cuna de brazos… padre. No papá; padre.
El resto del libro podría ser una llaga dolorosa, una tierra de nadie, pero sucede lo innombrable: la hija convertida en madre de su semilla, la vida que pone a la muerte de patas a la calle. Nadie sabe qué viene después de esa partida, la poeta sí y lo pone en epitafio, lo recorre con la memoria hacia muchas soledades, lo pone a andar entre lobas hacia anhelos y otras compañías, lo vuelve a recibir en sus brazos, se mantiene en pie “sin importar los disparos”.











