Por: Isabella Ortega Bula
Desde Frankfurt, Alemania
Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:
-No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.
Así empieza el cuento de Gabriel García Márquez. Ya quisiera yo que fuera mío, pero lo que sí me pertenece, son los pensamientos que me hicieron acordarme de él.
Para no alargarles el cuento, cada habitante del pueblo se deja influenciar por la superstición de la señora, hasta tal punto de tensión que uno a uno va abandonando el pueblo, con todos su motetes, animales y familia. Uno de los últimos en abandonarlo, dice “Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa -y entonces la incendia y otros incendian también sus casas”.
A lo que la señora del presagio señala: “Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca”.
Bueno, aunque yo de señora (eso digo yo) y de vieja no tengo nada, también ando en los últimos días con un presentimiento: Algo muy BUENO va a suceder en este pueblo, en MI pueblo, en Betulia.
Y me parece válida la comparación, porque es que hace falta sólo un presagio, en este caso, sólo una idea, una acción, la de Oscar Ortega, el creador de la Ruta del Color, y gente que le siga el cuento: los amigos del parque, para ver arder un pueblo, ya sea en llamas o en ganas de verlo progresar. Estoy convencida de que estos colores que hoy vemos por las calles han encendido esas ganas, esa llama, para querer-y hacer- que la primavera llegue (por fin) a nuestro pueblo.
La Ruta del color, me ha hecho creer que algo muy bueno va a suceder en este pueblo. ¿Seré la única?













