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Editorial. Colombia y Brasil, un partido de fútbol

Que si Colombia juega su más importante partido en la historia del fútbol, que si los brasileros por primera vez le tienen miedo a Colombia. Todo eso se queda en palabras cuando el árbitro dé el pitazo final.

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El fútbol esta vez tiene aroma de café. Exquisito, vivo. Y tienen la alegría que venden las negras coloridas por las calles del Caribe. Ya con eso, Colombia le ha puesto al Mundial una cara feliz de la que habla el mundo entero.

De esa manera se espera el partido con Brasil, ni más ni menos que la selección anfitriona, que además ostenta la mayor cantidad de títulos mundiales y por tanto es la llamada a revalidar su condición de favorita y sacarse de paso la espina del «Maracanazo» de 1950.

Si Colombia no fuera esta Colombia de James Rodríguez (el goleador y ‘crack’ en lo que va del torneo), de Juan Guillermo Cuadrado, de David Ospina, de Armero, Yepes, Pékerman y compañía; si 48 millones de almas no hicieran sentir el himno nacional como un canto de la vida, para Brasil y para la FIFA (famosa por hacerse notar con sus hilos de poder dentro de la cancha) sería sencillo eliminar a un rival de poca historia mundialista en una fase en la que solo los encopetados tienen derecho a estar.

Sin embargo, los ojos del mundo están puestos en la alegría tricolor. Y eso lo saben la FIFA y los jugadores brasileros. Por eso, los once que saldrán a la cancha vestidos con la «verde amarela» se querrán comer a los once colombianos. No es para menos: ellos no quieren fantasmas del pasado ni sorpresas que les impida cumplir con una afición, con un país, que no espera menos que ver a su capitán Thiago Silva alzar la copa del mundo.

Justo por esa presión es que se ha especulado que los brasileros llegan temerosos a la cancha, no porque Colombia llegue con mayor despliegue de calidad futbolística, que la ha tenido y de sobra. Sino porque por segunda vez se juega el Mundial en casa de los mejores de la historia y eso no se puede traicionar.

Pero a Colombia y a Brasil, es decir, a los 22 jugadores que salten a la cancha, esos miedos se les quedarán guardados en los camerinos cuando el árbitro suelte el pitazo inicial. Y al resto, a los que solo miramos, nos quedará, así lo queremos, el gusto de ver un espectáculo de filigrana deportiva, donde se enfrentan dos equipos que saben jugar con el balón, que tienen la magia suramericana y están ambos llenos de ambición de gloria.

Nosotros, los aficionados al fútbol, tenemos la responsabilidad y la oportunidad de poner también nuestra alegría. Animar a nuestros equipos.

La paz, lo principal, es lo que debe reinar en un espectáculo como este. Es solo un partido de fútbol. Y no sería justo con el fútbol ni con la humanidad que un momento de 90 minutos que está diseñado para la alegría y el entretenimiento, termine desbocado en violencia, ya sea en la frontera brasilera o en la colombiana.

La conclusión es sencilla: Que en el partido Colombia contra Brasil lo que ruede con el balón sea el buen fútbol y la expresión de alegría y paz.

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